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[ZINEBI 2020] ‘Zersu lua’: el cine como generador de deseos

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Paula Arantzazu Ruiz NOTICIA20.11.2020 - 15:49h

El Gran Premio al mejor cortometraje de la competencia nacional reconoce el trabajo de Lur Olaizola, que indaga con elegancia en la capacidad proteica de las imágenes.

Con 22 años, Mamaddi Jaunarena viajó hasta Le Havre, en Francia, para tomar un barco que la llevaría hasta el Nueva York de la década de 1950. De ese recuerdo brotan las memorias y las imágenes de Zersu lua, el segundo cortometraje de Lur Olaizola, merecedor del Gran Premio de la competencia nacional del 62º Zinebi, aunque la obra, por otra parte, indaga también en el primer deseo que motivó ese viaje tan determinante.

De Mamaddi, ya anciana, vemos su jardín, nada más comenzar la pieza. Su espalda, su cuerpo esquivo mientras coloca las flores recogidas en varios jarrones y jarras, sus manos mientras nos enseñan un viejo mapa de Manhattan y señala la calle en la que vivió como criada de una actriz. La experiencia como migrante y sus pormenores, como tal, quedan en off, reservados a la memoria personal de la protagonista. 

Contra el olvido de esa etapa de su vida, Olaizola filma esos recuerdos que toman la forma de objetos, la materialidad de lo rememorado, y también los no materiales, las evocaciones y reflexiones formuladas como un diálogo entre la protagonista y una chica joven, Tereixa.

Como ya sucedía en Xulia (2019), el anterior cortometraje de la cineasta, Zersu lua explora el cine como repositorio de la memoria personal, como el registro de la microhistoria que el gran relato oficial relega a lo anecdótico. En su primer trabajo seguíamos a la Xulia del título regresar al lugar donde años ha se encontraba un centro de desintoxicación en el que estuvo interna. Aquí, el lugar del pasado al que se regresa es etéreo, aunque también sabemos que existió en un momento determinado.

A esa decisión voluntaria por el pequeño detalle, por captar un recuerdo sin exhibir sus imágenes, se opone una manera de narrar que enseña el artificio de la puesta en escena. El diálogo entre Mamaddi y Tereixa lo efectúa la propia Tereixa, y un par tomas nos enseñan a la joven sentada frente a un micrófono, leyendo la conversación ya escrita de antemano.

Sin duda, la gran virtud de Zersu lua está localizada en la delicadeza con la que Olaizola modula esta historia de migración, choque cultural e identidad hacia el espacio que se cuestiona por el estatuto de las imágenes. Porque el motivo por el cual Mamaddi pensó en una vida en Estados Unidos nace en una sala de cine, con la imagen de una chica de la zona en una película que, en otras circunstancias, tal vez podría haber sido ella. 

“Vine de París aquí en 1951 […] Durante esos días, Charles Iriarte pasó una película en la sala de cine. Aparecía la vida de algunas personas de aquí que se habían ido a las Américas. Una de ellas era de Ortzaize, Germaine Minaberri [...] La vi en la película en un Cadillac precioso, el cielo azul, ella joven y preciosa”, se le escucha contar con la misma aparente inocencia con la que se enfrentó aquel día a esa imagen. 

Su voz nos traslada a una sala de cine, desvencijada, que señala que esa manera colectiva de entender y sentir las imágenes está desapareciendo. O transformándose, más bien.

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