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Una democracia no potable

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La historia de los pueblos modernos nos cuenta que una democracia potable, apta para el consumo humano, debe tener siempre bien depuradas cuatro, cinco, seis instituciones, cuyo buen funcionamiento es clave para evitar diarreas sociales: la jefatura del Estado, el Gobierno, las Cortes, los jueces, el ejército y la prensa. Con sus libertades, sus competencias y sus obediencias bien definidas y consolidadas, la vida de un país es mucho más sencilla, la vida es mejor. Lo sabemos bien en España, donde últimamente no paramos de ir al baño.

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Les sorprendería –o no– la cantidad de gente que piensa que en unas elecciones generales se vota a un presidente y no a un parlamento que luego elige a un presidente. Les sorprendería también –o tampoco– la de gente que piensa que la justicia en España es una máquina aséptica e independiente, sin porosidades políticas ni tejemanejes. O que debe gobernar el partido que tenga un voto más que el segundo sin tener en cuenta esa estupidez de formar mayorías. O que el papel constitucional del rey es el de alegre cervatillo que debe corretear a su antojo por el cortijo. O que la prensa hace bien tapando escándalos por la estabilidad del país. No hay que culpar a los confundidos. Al fin y al cabo, llegamos los últimos de Europa a esto, son tan solo cuatro décadas de democracia de las que tres y media nos las hemos pasado llamándonos ejemplares mientras jugábamos en modo amateur –mira, hemos votado sin matarnos. O, peor aún, llamando demócrata ejemplar a un monarca nombrado a dedo por un dictador. Con estos mimbres, pues imagínate qué cesto.

En los últimos años la democracia española ha pasado de tener dudosa potabilidad a terminar apestando a lodo estancado. Un rey a la fuga que deja al cargo a otro rey al que le ha dado por jugar a hacer política y crearle problemas a un gobierno al que debe obediencia. Partidos que piden desde el Parlamento que el ejército –infectado de mandos ultraderechistas– destituya a un gobierno elegido por esas mismas cortes. Políticos que manejan la justicia como una marioneta o jueces que pretenden hacer política desde los juzgados. Prensa que, día sí día también, asegura que aquí no pasa nada, que el emérito tiene sus cosillas, pero que es un gran tipo, que los okupas, menudo problemón, que la justicia es ciega como Stevie Wonder o que los grupos neonazis que ponen sus nidos dentro de los cuerpos de seguridad del Estado no son más que “nostálgicos”. Como quienes se ponen en el tocadiscos el disco blanco de los Beatles un domingo por la tarde.

Cambiar la norma que bloquea el PP por otra en la que solo haga falta mayoría será pan para hoy, pero mucha, mucha hambre para un posible mañana

En los últimos años, la batalla en el barro se centra en torno a lo poco que, tiempo atrás, se salvaba del lodo por su lejanía del día a día político: la jefatura del Estado y la justicia. A base de hacer suya la monarquía a grito pelado de ¡Viva el rey! –hay que ser hortera–, los representantes de la derecha echada al monte y sin más programa que el folclore han colocado en el centro de la pugna política lo que la ineficaz izquierda no había conseguido colocar: el debate monarquía-república. Según una encuesta publicada por CTXT y otros 15 medios, hoy, en España, hay más gente que prefiere vivir en una república que la que está a gusto con la actual jefatura del Estado. Un 41% contra un 35%. Que la lógica democrática le saque solo seis puntos a lo arcaico, con un rey a la fuga y otro entregado a ser el referente de la derecha folclórica, no deja de ser un gran éxito de la monarquía.

De todas las peleas en el barro que hacen de España una democracia no potable, quizá la que más hedor desprenda últimamente sea la lucha por controlar el poder judicial, esa cosa teóricamente Stevie. A los tres partidos de la derecha, sin más horizonte que pelear entre ellos agitando una bandera –privatizada como la monarquía o la sanidad– con la que señalan y denuncian a la mitad del país por anti país, las cuentas no les salen. Cuando las cuentas en política no te salen, la tradición democrática dice que debes irte a la oposición y contribuir desde ahí hasta que el pueblo vuelva a hablar. Eso dice la tradición democrática. La tradición de la derecha española, ya lo sabemos, dice otra cosa. Después de dos años fuera del poder político, el PP bloquea la renovación del Poder Judicial sin importar el desprestigio que eso suponga. Sin importar que el lodo caiga sobre el lodo. Sin importar que desde Europa nos pidan un poquito de porfavor y sin importar que el descaro sea ya más que evidente. La respuesta del Gobierno de coalición, cambiar la norma que bloquea el PP –la que exige un gran consenso para nombrar a los jueces Stevie– por otra en la que solo haga falta mayoría absoluta, será pan para hoy, pero mucha, mucha hambre para un posible mañana. Si con nombramientos que necesitan grandes mayorías los grupos de whatsapp del PP presumen de maniobrar con soltura controlando los tribunales, ¿qué pasará si el día de mañana España sufre un gobierno de coalición de derechas con Vox dentro? La democracia solo sana con más dosis de democracia, nunca con recetas de estercolero.

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eva