Algo grave sucede cuando dices gobierno de Catalunya varias veces seguidas y se te aparece el difunto Chiquito de la Calzada saltando a pie juntillas y exclamando su conocido ¡jarl!

Un poco de humor, que falta nos hace. Prueben, prueben. Así, arrastrando mucho la a: ¡jaaaaaarl!

El esquinazo dado a los autónomos ha hecho emerger una decepción estructural

De un tiempo a esta parte, que cada uno ponga la fecha de inicio que considere, Catalunya linda a los cuatro vientos con la imprevisión, la deslealtad interna, la impericia comunicativa o directamente con la torpeza en la gestión de sus gobernantes. Se entiende pues que sea fieramente humano y necesario reclamar a las puertas de la autoridad, no ya soluciones, que sí, sino responsabilidades si uno se siente en el desamparo.

Todo este artículo empieza con Alejandro, el chaval que ha cogido el bar que antes regentaba su padre y que ocupa una parte de la planta calle del edificio donde está La Vanguardia . Se gastó un buen dinero reformándolo con la esperanza de un futuro. Su futuro. Contrató, renovó el menú, el local y las ganas. Y vino la pandemia.

Joven, veintitantos, suele hacerte señas con la mano cuando te ve pasar para que te acerques a saludarle tras la barra. Es un tipo informadísimo y aún así pregunta mucho: que cuándo me cerrarán, que cuándo me abrirán, que qué sabes, que mira lo que dice mi gestor que me cobra una pasta, que por qué Madrid sí y Barcelona no, que no llego a final de mes, que cómo pagaré el alquiler, que qué hago yo ahora. Dime, dime, por favor.

Su cara de agobio conmueve. Tanto es así, que sales de su local con un café, una Coca-Cola y un bocadillo de tortilla de patata del tamaño de tu antebrazo a las diez de la mañana y sin hambre. Qué rabia que solo puedas dar malas noticias. Intentas animarle contándole que todo esto pasará y que en algún momento habrá algo por lo que alegrarse. Algo por lo que dejar de renegar de este año de mil demonios. Algún día llegará ese momento, largo nos lo fían. La desescalada a la catalana empieza el día 23. Ay, no corramos al filo, que no hay más Kílian Jornet que uno y el castañazo para el resto está asegurado.

Me cuenta Alejandro con un cabreo mayúsculo que su gestor fue uno de los miles que se estrellaron contra el muro de la página web a la que la Generalitat envió a pelearse a los autónomos. Hubo algo indecente en hacer que 500.000 autónomos compitieran para ver a qué 10.000 les tocaba en suerte optar a la ayuda de 2.000 euros. Una miseria, por cierto, que los afortunados se fundirán con solo pagar cinco cuotas mensuales (si es que eligen el tramo más bajo). Tras el fiasco, aseguran ahora en Palau, caerá otra lluvia de migajas.

“Escribid en tu diario que no se nos puede tratar así”, me pide Alejandro. Nos despedimos hasta otro día. En el ascensor, pienso en el drama de tantos como él que no recibirán el auxilio de una administración que se ha quedado sin blanca mientras daba vueltas al rompecabezas político. Más allá del hecho concreto, el esquinazo dado a los autónomos ha hecho emerger una decepción estructural. La desafección se está elevando hacia la estratosfera, como los dos nanosatélites por los que la Generalitat invertirá 18 millones y que han de cubrir a Catalunya de oro. ¡Jarl!