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Shakespeare in Vox

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Hoy llego un poco antes por si hay cola, aunque eso me haya supuesto quemarme la lengua con el primer café al querer bebérmelo entero antes de salir de casa, porque el día promete ser intenso. Desde el momento en el que empiezo a bajar por la carrera de San Jerónimo, escucho los berridos mañaneros de un grupo de gente con banderas de España –y un paragüas con la bandera, el único del grupo que ha mirado el tiempo–.  Si es que ya lo dice Almeida: el botellón tiene la culpa de la covid. Entro rápidamente y voy a coger sitio, que ahora con esto del coronavirus no puedes ocupar el asiento que te plazca; hay algunos en los que no te puedes sentar, sillones solitarios porque así lo exige el cordel color dorado que los atraviesa. Afortunadamente, hoy tengo sitio en el palco, así que vengo dispuesta a disfrutar. [email protected], que empieza.

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Se abre el telón y aparece Ignacio Garriga. “¿Garrida o Garriga?” Se escucha de fondo. En el palco de enfrente, varios invitados con mascarilla verde y banderas de España –cual equipo de voleibol– ocupan algunos asientos normalmente vacíos, reservados para esas ocasiones en las que necesitas que tus amigos te arropen en tu función. 

Garriga hace un monólogo de hora y media, excesivo para mi gusto. Tiene la misma voz que el cura de mi pueblo y que, juraría, algunos de esos niños de San Ildefonso que tantas veces nos han cantado los premios de la Lotería de Navidad. En ocasiones, él mismo parece darse cuenta del letargo en el que está cayendo el público, y ahí decide realizar algunos movimientos desacompasados de manos e impostar algo más la voz.

Los aplausos de los asistentes son cada vez más tenues, hasta que sale el protagonista de esta historia y, por ende, el personaje que más nos interesa hoy: Santiago Abascal. Para cuando aparece en escena ya hay algunas que llevamos un rato queriendo ir a hacer pis, pero nos quedamos, no vaya a ser que nos perdamos un momento clave de esta historia. Curioso personaje. Durante otro monólogo soporífero –aunque algo menos que el anterior– el protagonista, un hombre de barba oscura y corbata granate, líder de un partido de extrema derecha, nos va exponiendo un sinfín de temas y de subtemas presentados con poca gracia y con una estructura dudosa. Entran en juego algunas cuestiones recurrentes y clásicas de la cultura popular como China o los chamanes y algunas más actuales como el negacionismo climático e incluso un tema bastante rupturista como es el de los derechos sexuales de las gallinas. La verdad es que estoy poco puesta en obras sobre zoofilia, supongo que en los microteatros de Madrid es tendencia.

De repente, Santiago Abascal rompe la cuarta pared y ataca a Irene Montero, una de las mujeres que está sentada en la primera fila –más bien repantingada, llamando a la acción a un personaje que, a priori, no debería intervenir. De hecho, la mujer ni siquiera le mira, no le ha mirado en ningún momento del monólogo y, mientras el protagonista le habla, ella teclea a toda velocidad en el móvil que tiene entre las manos. Quién sabe si, tal vez, mandándole a un amigo o amiga el típico mensaje de Telegram de “Tía, hoy he conocido a un imbécil”.

Abascal hace pausas que le indican al público cuándo tiene que aplaudir, pero hay veces que hasta sus fans se despistan, probablemente aún exasperados por el monólogo del telonero, y tardan unos segundos en arrancar el aplauso, en los que el gesto de Abascal se vuelve bastante tenso, quizás temiendo que la recompensa no llegue.

Como diría un gran actor catalán, ahora retirado pero del que guardo un buen recuerdo:

“¿Lo escuchan? Es el silencio”.

Porque, si algo hay que apreciar en esta representación que dura ya más de lo esperado es que, después de llevar casi cuatro horas ya de un mal teatro del absurdo, no hemos escuchado la mínima interrupción o queja de los asistentes.

Parece que este monólogo ya acaba. “España resistirá, España saldrá adelante. Viva Esp”. Vaya, suena un móvil. No puedo asegurar de quién, pero viene de cerca del lado en el que se sientan los amigos del protagonista. Termina la representación de este segundo acto sin que sepamos aún muy bien cuál es el arco del personaje o cuáles son las razones que le han llevado hasta ahí. Sin embargo, a intentar resolver dudas sale otro personaje protagonista: Pedro Sánchez.

Aquí se nos ha acabado el silencio. Este último acto es mucho más ruidoso que los dos anteriores, pero también mucho más clarificador. Llama la atención la participación del público, que se dedica en varias ocasiones a desaprobar lo que está diciendo el orador o directamente a gritarle “¡Mentiroso!”, como si formaran parte del elenco, pero al menos ya vamos entendiendo el conflicto.

Es esta una obra bastante compleja y mal ejecutada pero cuya intención se entiende con los gestos. Cuando Pedro Sánchez habla de Garriga (el telonero soporífero) y dice: “Con Cataluña hay un problema que ustedes pretenden solventar intentando que gane allí su candidato Garriga y por eso este primer acto de precampaña”, Ortega Smith le golpea dos veces a Garriga en el pecho–si eso no hace de vacuna contra el coronavirus, yo ya no sé– y enseña el pulgar hacia arriba cual jefe que felicita a su becario después de que le lleve el café, como si dijera “bien chaval, el presidente ha dicho tu nombre”.

Shakespeare in love es una película que narra una relación amorosa entre Viola de Lesseps y un joven William Shakespeare durante la época en la que el dramaturgo estaba escribiendo Romeo y Julieta. Aunque los personajes están basados en personas reales, lo que se cuenta en la película es en su mayor parte ficción. Como ficticia es, en esencia, una moción de censura que nunca ha contado con los apoyos, que jamás ha pretendido ser una alternativa al actual gobierno y que únicamente intenta imponer su estrategia de oposición al PP y a Ciudadanos. No tan ficticios son la multitud de medios que hoy se han dedicado a transcribir y difundir sin ningún tipo de análisis ni contraste previo casi punto por punto el discurso de una ultraderecha que precisamente aboga por hacer callar a la prensa. Y lo que es peor; ni siquiera han sido capaces de hacer una buena obra de teatro.

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eva