Rubén Romero Santos NOTICIA13.11.2020 - 18:34h

¿A qué juegan Ilya Khrzhanovskiy y Jekaterina Oertel? La polémica del festival corre a cargo de un objeto filmado no identificado.

DAU. Natasha es una de esas películas para valientes. Hay que compartir nacionalidad con Sérgei Eisenstein para tener el valor de embarcarse en un proyecto tan megalomaníaco como el que nos ocupa. Hay que ser un espectador sin miedo a nada para enfrentarse a su proyección en salas. Son más de dos horas… y no es ni siquiera el prólogo. 

Ilya Khrzhanovskiy y Jekaterina Oertel tienen entre manos una película rodada durante dos años, 200 actores compartiendo día y noche para llegar a las 700 horas de metraje que pretenden (eso dicen), contarnos la URSS bajo el mandato de Stalin. Nada que no se haya hecho antes, aunque con alguna pausita para descansar el cuerpo y la mente y calentarse un tecito en el samovar, como la monumental serie y película alemana Heimat. Pero en el caso germano se trataba de la clásica saga que retrata un periodo histórico a través de unos ciudadanos llevados por el vaivén de los acontecimientos. En el ruso, todavía no sabemos de qué se trata. 

El argumento es bastante sencillo: Olga y Natasha son las cantineras de un Instituto en el que el ejército soviético realiza misteriosos experimentos. Natasha se acuesta con uno de los científicos, francés para más señas y con una retirada a Foucault (si a Foucault le hubieran gustado alguna vez las mujeres). Un oficial se dedica a torturarla. Eso es todo y es mucho. La producción es absolutamente atípica, no solo por las condiciones de rodaje, sino porque está más cerca de una performance de Marina Abramovic que del cine tal y como lo entendemos. No hay guion y casi todo se basa en la improvisación. 

Para que el interés del espectador no decaiga, se incluye una escena de sexo explícito (felación, quién sabe si penetración, porque con esto del CGI ya no nos aclaramos) y un plano de lo más sádico con la introducción de una botella de cognac por la vagina de la protagonista. 

Natalia Berezhnaya, sin experiencia previa, ha sido nominada a un premio EFA a la mejor protagonista como recompensa a soportar tantas perrerías. Porque al final, DAU. Natasha, es un ejercicio físico: de llevar al límite de lo tolerable la exhibición y humillación del cuerpo de los protagonistas y de llevar al límite de lo tolerable nuestra capacidad de verlo representado en una pantalla. 

Putin lo ha considerado pornográfico y lo ha vetado, para alegría de Ilya Khrzhanovskiy y Jekaterina Oertel, que han alcanzado así una repercusión que de otro modo se les hubiera negado fuera de los circuitos museísticos. Ahora es el turno para que los espectadores acepten el provocativo juego de los directores o lo consideren una tontería supina. Unos y otros deberán armarse de coraje: ¿queda algún valiente en la sala?