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Miguel Algarín, padre del movimiento de poetas Nuyoricans, muere a los 79 años

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Miguel Algarín, el padre de la poesía Nuyorican, ha muerto en Nueva York a los 79 años de edad.

Un poeta extraordinario él mismo, dio a conocer la poesía puertorriqueña escrita en Estados Unidos por todo el mundo.

Fue él quien acuñó la palabra “Nuyorican” para caracterizar aquella poesía innovadora de los años sesenta y setenta utilizando un término despreciativo que oyó en una ocasión al llegar al aeropuerto de San Juan junto con Miguel Piñero.

“Esos no son sino unos ‘new yoricans’,” decía una gente que los miraba por encima del hombro.

El insulto velado dio en el blanco y dolió: “¿Cómo es que unos puertorriqueños que están bajo el dominio de un amo que habla inglés nos miran mal por hablar inglés? Nosotros somos tan puertorriqueños como ellos, hemos tenido un éxito allá que pocos puertorriqueños han alcanzado: estamos presentando una obra en Broadway (”Short Eyes”, de Piñero), escribimos guiones para la televisión, publicamos libros, nos conocen en Europa y aquí nos desprecian por no hablar un español perfecto”.

Algarín tomó la palabra despreciativa y la reconfiguró en una afirmación. Ya no era carencia, sino contenido significativo. La puso en el título de la antología que estaba preparando: “Nuyorican Poetry: An Anthology of Puerto Rican Words and Feelings” (1975). La palabra le dio también el nombre a su icónico café: el Nuyorican Poets Café, fundado en 1975 y ahora localizado en el número 236 de la calle 3 en el este de Manhattan.

Allí los “Nuyorican” se han abierto a la poesía de todo el mundo. Pionero en la práctica de los “poetry slams” (o competencias de poesía en que el público pasa juicio sobre lo que se lee en el escenario), en el Café se lee, se comenta y se juzga la poesía. Es un lugar de encuentro y de inspiración. Y aunque Algarín apenas aparecía en estos últimos años, su personalidad seguía dominando el ambiente.

Este sitio (el Nuyorican Poet’s Cafe) de momento dejó de ser puramente puertorriqueño del norte y se convirtió en un sitio internacional, donde el enfoque ha sido puramente la poesía. Aquí no se vende una buena hamburguesa ni una buena taza de café, lo que se vende es la cultura. Y esa cultura puertorriqueña que tiene la nobleza de incluir toda otra cultura que quiere arrimarse”,

Miguel Algarín era un hombre cordial, cálido, abierto a todos, consciente de que la común humanidad que compartimos sobrepasa las divisiones raciales y sociales de las que tanto él- como sus compatriotas- fueron víctimas en los Estados Unidos.

Estudioso de Shakespeare, enseñó cursos sobre él y aprendió -leyéndolo- a conocer el espíritu humano que se manifiesta en todo tiempo y lugar con sus miserias, pero también con sus grandezas. “Shakespeare era un Nuyorican”, dijo en una ocasión, refiriéndose a la apertura que alcanza el puertorriqueño de los Estados Unidos -especialmente en Nueva York- al convivir con gentes tan diversas en una sociedad global.

Quienes emigraron de la Isla a esa urbe en los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo se encontraron proyectados, efectivamente, desde un lugar social y culturalmente atrasado a lo que podía considerarse entonces el centro del mundo, la ciudad más poderosa y avanzada de todas.

Oriundo de Barrio Obrero, Algarín llegó con su familia en 1951, a los 9 años de edad, como un emigrante más. En Nueva York sufrió, batalló y se adaptó, pero nunca olvidó ni de dónde venía ni adónde podía llegar. Y llegó lejos: además de convertirse en una figura clave de la literatura puertorriqueña de los Estados Unidos, de proyectarla internacionalmente con sus antologías, de insertarla en la consciencia literaria estadounidense mediante su cercanía a los escritores de la generación “Beat” (Allen Ginsberg era su amigo y asiduo del Café), de acoger en su Café a poetas de todos lugares y todos estilos, transmitiendo los “slams” no solo a ciudades estadounidenses como Chicago o Los Angeles, sino también a Tokío, Algarín estudió un doctorado en literatura, especializándose en Shakespeare, y enseñó la obra del gran dramaturgo a nivel universitario.

En el Café no se oirá ya su voz resonante, su risa contagiosa; no encontraremos la mirada de sus ojos escrutadores que analizaban … y solían aceptar. Quedará, sin embargo, su poesía inolvidable, consignada en media docena de sus libros y en varias antologías, quedarán sus obras de teatro y sus traducciones de Pablo Neruda. Y quedará su gran legado: saber vaciar las palabras de un contenido dañino y una carga negativa convirtiéndolas en poesía.

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