La vida será siempre digna de ser vivida, pero hoy afrontamos los jóvenes, indudablemente, una encrucijada humana y espiritual en la que el espíritu débil nos invita a no vivir dignamente. Será siempre digna la vida vivida en peregrinación hacia la conquista del motivo por el que soy y estoy llamado a vivir. Y es aquí donde, de manera más o menos latente, nacen en el corazón del joven las inquietudes de quién soy, para qué soy y para quién soy. Esto, en términos bíblicos, podría traducirse en la retórica pregunta de “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” (Hb. 2, 6).

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”

Sin saber el autor, a día de hoy, dar respuesta a esta pregunta, e implorando recibir la luz suficiente para encontrarla, sí se atreve a afrontar lacónica y categóricamente un problema estructural que nos impide avanzar hacia el encuentro con una verdad tan esencial y enraizada en la propia naturaleza del hombre. Los jóvenes, hoy en día, tememos vivir la vida dignamente, pues no sabemos reconocer, por todo lo imperante que nos rodea, qué es y qué compone verdaderamente la vida.

La concepción vital hoy reinante entre nosotros podríamos identificarla con la vida de superficie, donde sólo entendemos como vida aquello que es tangible, sobresaliente –no en el sentido extraordinario de la palabra- y deslumbrante a unos ojos y un corazón que buscan estando ciegos. La vida no es sólo aquello que vemos a simple vista sino también, y de manera muy especial, aquello que desde el silencio o el ocultamiento apela a lo más profundo de nuestro corazón. No es sólo el ave que vuela sino también aquello aparentemente oculto a nuestros ojos que le permite volar. Carecemos los jóvenes de una mirada que trascienda lo efímero y finito de lo observable y nos conduzca a la contemplación y el recto deseo de lo infinito y espiritual. El aprecio de lo bello, lo cotidiano y lo sencillo se encuentra en un momento crítico, trayendo causa de esta enfermedad degenerativa la cultura de lo superficial.

Cultura de lo superficial

Los jóvenes estamos llamados a despertar, primero en nosotros y después en los demás corazones, el anhelo de lo bueno, lo bello y lo verdadero; a vivir de manera proactiva una vida cimentada sobre el estado contemplativo de lo bello, donde lo corporal carecerá de todo sentido si no alcanza su significado espiritual. Tenemos una vocación innata a nuestra condición juvenil de descubrir, para nosotros y el prójimo, la verdadera belleza de vivir, la cual, aunque parezca que a veces está oculta, se manifiesta continuamente en lo ordinario. Es el corazón del joven magnánimo el que debe ver, siendo sus ojos un sencillo canal para la contemplación. Es el corazón del joven valiente y desprendido el que debe actuar, siendo su boca y sus manos medios para la acción caritativa.

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El mundo está aparentemente en decadencia, pero es el joven quien, ardorosamente, debe ser testigo de esperanza y elemento necesario para transmitir el verdadero sentido de la vida y de nuestra existencia a quien la ha perdido.

Ayer, hoy y siempre, compele Cristo a nuestros corazones, como ya lo hizo con sus discípulos, replicándonos “Dadles vosotros de comer” (Mc. 6, 37). Y, ¿qué respondo yo, joven, a este grito desesperado de un mundo mendicante, hambriento y moribundo que necesita encontrar su verdadero sentido? Si no soy yo, ¿quién?; si no es ahora, ¿cuándo? Tenemos los jóvenes en nuestras manos la honrosa misión de alimentar, con el vivo testimonio de la alegría, un mundo famélico que cavila de manera apesadumbrada con una clara duda y una ausente respuesta:

quién soy, para qué soy y para quién soy.

Es este un paso difícil y exigente, destinado a los más valientes y fervorosos corazones; pero, sin duda, un paso de gigante.  Cuando nos aventuremos a ello, este mundo recuperará la luz entre la tiniebla, su verdadero sentido y cierta jovialidad, aunque sin duda, y por encima de todo, será el inicio de la peregrinación espiritual del hombre hacia la respuesta a la eterna pregunta de “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”.

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