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La ├║ltima escritura de este sexo

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En un plazo de tiempo muy breve Eva Baltasar ha pasado de ser una autora casi desconocida a una novelista muy leída. Publicadas primero en catalán (Club editor) y después en un número creciente de lenguas (en castellano: Penguin Random House), las dos primeras partes de su proyectada trilogía, ‘Permagel’ y ‘Boulder’, han animado la discusión crítica. Convocamos a dos escritoras, Luna Miguel y Elizabeth Duval, para que confronten sus visiones sobre algunos aspectos de esta trilogía en marcha: cuerpo, deseo, sexo, género, estilo... el ministerio.

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Durante una jornada del festival Letraheridas, celebrada en Pamplona el pasado 10 de octubre, Cristina Morales arremetió contra la palabra cuerpo, o más bien contra el uso mercantilista que se le ha dado a esta desde la industria editorial. “Ya veré cómo y con qué aliadas”, rezó la autora de Lectura fácil, “pero mi gran deseo es superar la referencia a la palabra cuerpo, para hablar de lo que no es sino un ser”. 

Probablemente Morales no estuviera refiriéndose solo a la interpretación que buena parte de la crítica ha hecho de sus obras, donde el dolor y la sexualidad son, en sus propias palabras, motores para la escritura. De hecho, es posible que cualquier lectora interesada en la narrativa contemporánea percibiera en su intervención la voluntad de hermanarse con muchas de las poéticas que hoy atraviesan las obras de nuestras más célebres escritoras: Marta Sanz, Elvira Navarro, Aixa de la Cruz, Eva Baltasar. 

¿A quién de todas ellas no se le ha dicho alguna vez que “escribe con el cuerpo”? 

¿De dónde viene esa manía por separar la imaginación de quien teclea, de los huesos y los músculos que dan movimiento a sus dedos? 

“Mi cuerpo no está escalando una montaña mientras yo escribo”, rememora Morales que contó una vez Elvira Navarro cuando en alguna entrevista le preguntaron por el trabajo “de su cerebro” durante el proceso creativo. Con esa anécdota, el deseo de la granaína cobró más sentido: que el cuerpo deje de ser cuerpo, y sea a su vez intelecto, y sea en su totalidad aquello que merece: “un ser”; pues sólo así podremos dar otra vuelta de tuerca, o tal vez carpetazo, al eterno debate infantilizador sobre si acaso existe una escritura puramente femenina y por qué.

La poética de Baltasar podría revelarse como una sublimación de la escritura corporal, y hasta un salto mortal para salir airosa de lo que se nos ha dicho que debe ser la misma

En la misma mesa de debate de Letraheridas, junto a Cristina Morales, se encontraba la cronista Gabriela Wiener, quien no contradijo la propuesta de su compañera, pero sí precisó que, ante esos peligros de ser etiquetadas, lo que no debe hacerse nunca es dejar de escribir sobre lo que a una le obsesiona, sobre lo que de otro modo nadie narraría jamás. En su caso, dijo, la prisa le venía por exponer la experiencia de un cuerpo “feo”, uno fuera de la norma, o del conflicto de su deseo plural, o de su sexualidad apenas reflejada, investigada o debatida en los tomos de la literatura canónica. 

Escritura y cuerpo como algo inseparable, sí, pero también escritura y cuerpo como el síntoma de un tiempo, de una época que, idealmente, también se superará. 

Reflejo de todas estas tiranteces es, sin duda, la obra de otra de las escritoras mencionadas más arriba, la narradora y poeta Eva Baltasar. No hace falta rascar mucho en la hemeroteca digital para encontrar entrevistas promocionales en las que los periodistas incidan una y otra vez en la cuestión del cuerpo. Como en un gesto de hartazgo, la autora de las exitosas novelas Permafrost y Boulder responde: “No concibo una historia sin que el cuerpo tenga protagonismo”. Tal vez en un camino diferente, pero paralelo, al de las ideas de Wiener y Morales, la poética de Baltasar podría revelarse como un más allá, una explosión, una sublimación de la escritura corporal, y hasta un salto mortal para salir airosa de lo que se nos ha dicho que debe ser la misma. Porque, además, quien haya leído atentamente Permafrost, Boulder, o incluso poemarios de la autora, aún inéditos en castellano, como Poemes d’una embarassada, se habrá dado cuenta de que cuando Baltasar escribe “con todo su ser”, lo que quiere decir es que lo hace con todo su intelecto, sí, y con todo su cuerpo, también, pero especialmente y aquí es donde su caso importa: con todo su sexo. 

“La follo con un afán que parece acumular algo más que la necesidad de sexo”, se detalla en un momento de Boulder, “me precipito, la inhibo. Le quito la ropa a dentelladas, la husmeo con las aletas de la nariz dilatadas al máximo, despiadada, como si quisiera desenterrar secretos”. Si para Roberto Bolaño literatura + enfermedad era = a enfermedad, en la obra de Eva Baltasar literatura + sexo es = a sexo. 

Pero más allá de la reformulación de esta manida cita, la referencia al escritor chileno no es casual, y sirve para englobar a Eva Baltasar en otra corriente: la de la visceralidad descarnada. Con el sexo expuesto sobre el papel, Baltasar es otra escritora impúdica, cuyos personajes femeninos, especialmente la voz narradora y adolescente de Permafrost, no se diferencian tanto de aquellos que investigaban su sexualidad machunamente en Los detectives salvajes, o en todas aquellas obras que a nosotras nos llegaron en los míticos formatos de bolsillo coloreados de Anagrama. Novelitas en las que chavales –ya se apellidaran Bandini o Chinaski– de entre once y diecipocos años estrenaban sus genitales en situaciones más bien descorazonadoras. El descubrimiento de la sexualidad lésbica de la protagonista de Permafrost engancha, enamora, desagrada y abruma precisamente por su des-corazón. En su sexo no hay amores, no hay exploración del deseo, no hay posicionamiento político, no hay una genealogía sáfica visible. Podría decirse que hasta el cuerpo queda opacado en su narración, pues el sexo lo eclipsa todo, empujándolo sin delicadeza hacia los márgenes.

Permafrost y Boulder, entonces, son las novelas del anti-deseo. Las certezas de un sexo irrepetible. Las de un tiempo que termina. Otra y otra vuelca de tuerca más, otro carpetazo a lo que la literatura de mujeres debería ser, o a lo que la literatura de mujeres algunos quisieron que fuera. Con Baltasar la escritura del cuerpo tiene algo de broma, algo de conjuro. Como si ella escribiera sobre la sexualidad lésbica pensando no ya en lo que quiere reivindicar, sino en todos los lugares comunes sobre la misma que han de ser pulverizados.

Sentada en un sillón de cuero verde en el escenario del último encuentro de Letraheridas –sillón, por cierto, en el que Eva Baltasar se sentaría un año antes durante el mismo festival de escritura y feminismo–, Gabriela Wiener recordó que a veces escribir el cuerpo solo es dar cuenta de la diferencia de percepción entre quien lo toca y quien lo mira, entre quien desde dentro lo viste y desde fuera lo acaricia. 

La gracia de la literatura, entonces, estaría en que, a través de la narración de un cuerpo, nosotras, sus lectoras, podemos convertirnos a la vez en quien lo viste y en quien lo espía, en quien lo piensa y en quien lo estimula. Ya veremos cómo y con qué aliadas seremos capaces de meter este dolor impuesto y consensuado en una cápsula del tiempo, enterrarlo en un trocito de tierra, y desenterrarlo después de algunas décadas. Con los años, llegarán otras voces, con otros prejuicios, y bien alertadas de nuestra vieja experiencia. Escarbarán con las uñas el suelo y abrirán nuestras cajitas doradas. Algunas estarán vacías. Otras conservarán un legítimo olor a sexo.

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eva