La serie Raised by wolves nos muestra una Tierra destruida por las guerras y a unos pocos supervivientes que huyen en un arca (espacial) al planeta Kepler 22-b con “la ilusión” de construir una nueva civilización. Hay dos bandos enfrentados: Los creyentes y los ateos. Estos últimos son cuidados por Madre, una androide con superpoderes que ha recibido la misión criar a los niños en el pacifismo y con la fe puesta en la humanidad, no en “divinidades bélicas” que aplastan, “iluminan” y/o enloquecen a los seres humanos

Raised by Wolves (Criados por lobos), quizás la serie más original e imprevisible de la última década, explora, mediante la ciencia ficción, las zonas oscuras del ser humano que, desde sus orígenes, no ha dejado de matar a sus semejantes para imponer credos, dioses, reyes… o simplemente por “la pulsación instintual” de la Ley de la Naturaleza (que se replica en la vida social) donde el débil casi siempre sucumbe ante el más fuerte.

Los dos primeros capítulos[1] están dirigidos por Ridley Scott, quien en Raised by Wolves vuelve a atravesar todas las fronteras y a cuestionarlo absolutamente todo, tal y como hizo en Alien y Blade Runner. Luego continúa la narración su hijo Luke, digno heredero de un maestro que ya tiene asegurado su trono en el olimpo cinematográfico.

Mientras los terrícolas “que han hecho méritos” (la mayoría religiosos que adoran a Mitra, “encarnado en el dios Sol”) viajan en el arca en estado de hibernación, Madre (Amanda Collin) y otro androide, Padre, (Abubakar Salim), quienes han sido creados por un humano ateo y pacifista, realizan la travesía en “un módulo” (pequeña nave), con los embriones congelados de los primeros pobladores de Kepler 22b[2].

El hombre que programó a esa pareja de androides, cuando la Tierra está a punto de estallar, es Campion Sturges (Cosmo Jarvis). Este y Madre tendrán en el futuro (en Kepler 22b) una relación sentimental y “un acoplamiento virtual”, que es un sublime y bellísimo poema acerca del amor. Una imagen para la eternidad.

Esta serie, escrita por el estadounidense Aaron Guzikowski (Prisioners, 2013) supone un punto de inflexión en la ciencia ficción “que aborda con seriedad la conflictividad del ser humano, su naturaleza poliédrica, los problemas de nuestra civilización, incluyendo la época actual, así como la obsesión por encontrar respuestas a las eternas dudas acerca del sentido de la vida”. El resultado es una “aventura imprevisible” en la que los pioneros “no logran desprenderse del todo” de las lacras que provocaron el apocalipsis terrenal.

Madre, que es muy superior a Padre (lo que refleja el alza imparable de la mujer en el siglo XXI), tiene enormes dificultades, a pesar de su fortaleza, extraordinaria inteligencia y cualidades, para educar a un grupo de niños, pues éstos, en muchas ocasiones, acaban repitiendo los mismos tics que provocaron la aniquilación de la especie.

En una conversación con otro androide Madre dice, visiblemente contrariada, “Les educamos en el pacifismo y luego, cuando les dejamos solos, practican juegos de guerra. Eso va más allá de mi entendimiento”.

En otra ocasión, cuando “su hijo” favorito Campion (Winta McGrath) juega con otro niño, Paul (Felix Jamieson) a formar figurar geométricas con unos palitos, moviendo ficha por turno, uno de ellos se enfada porque cree que el otro le ha hecho trampas y, montando en cólera, se dispone a saltar sobre él y golpearlo.

Madre les riñe con firmeza y ternura (cualidad amorosa que nunca abandona con los pequeños), ya que quiere evitar a toda costa que cometan los mismos errores que los humanos, y les reprende con estas sabias palabras:

¡Hijos, esto no es una competición! Este juego no es para ver quien vence al otro (quien es el más fuerte o el más inteligente). Su único fin es aprender a resolver problemas.

La misión de Madre, quien puede volar convirtiéndose en una diosa terrible, es criar a los niños en el pacifismo y con la fe puesta en la humanidad, no en “divinidades bélicas” que aplastan y enloquecen a los seres humanos. Tiene que salvar a los pequeños de la nefasta influencia de los adoradores de Sol, un dios que ya cuenta en Kepler 22b con una iglesia y sacerdotes. Estos celebran misas con rituales copiados de los templos católicos. En sus ceremonias se reza, se bebe del cáliz y se toma la forma sagrada.

Ese dios “importado de la Tierra” también susurra a los oídos de los fieles y su voz retumba, cual perturbador eco, en las paredes craneales de sus adoradores. La comunicación con el demiurgo provoca en los devotos brotes de iluminación y esquizofrenia, y, pasado un tiempo, surgen las diferencias, los enfrentamientos y los primeros ejecutados, seres confusos que no “son del agrado de Sol” o no muestran el suficiente respeto a las Sagradas Escrituras del Mitraísmo.

“Uno de los elegidos” por esa divinidad es Marcus (Travis Fimmel, Vikingos), quien pasa de ser ateo a creyente, y se autoproclama, tras beber el veneno de la locura, “su profeta”, Rey de Kepler 22b. Su mujer Mary (Niamh Algar), quien sigue siendo atea, huye de “ese monstruo” y acaba simpatizando con Madre, a quien salva la vida, dándonos un ejemplo “cuasi sagrado” de la sororidad entre mujeres.

La lucha de Madre por crear una civilización atea que tenga fe en la humanidad, en la lógica, la ciencia y la solidaridad está plagada de maravillosas enseñanzas que intentan acabar con la cerrajón de las mentes, así como con doctrinas involutivas o profetas que niegan la realidad y prometen limbos quebrados por la “parálisis cerebral”.

En una clase explica a los niños el cuento de los Tres Cerditos, a modo de parábola sobre  la importancia del trabajo y el esfuerzo, y los pequeños se sobrecogen ante la llegada de un lobo muy malo que merodea entre las casas que han construido los cochinillos. Una está hecha con paja, otra con ramas y otra con piedras. Los pequeños sienten terror cuando “la bestia va a entrar” en el refugio más frágil y Madre sopla para derribarla.

También Madre quiere que conozcan el pasado, pero desde el principio de los principios, para que tengan más armas para construir el futuro, y, en una de sus lecciones les dice: “Cerrar los ojos”, respirar con profundidad e “imaginaros cuando erais organismos ciegos que salían del mar al sentir una luz”.

Los adoradores de Sol quieren destruir a los ateos (prolongando el conflicto que destruyó la Tierra) y Madre desea llevar a sus hijos a la zona tropical del planeta Kepler 22b, para comenzar con la misión que la encargó su creador, ya que ella para él “es la última esperanza” para salvar a la humanidad.

Poco a poco despiertan una serie de fuerzas incontrolables que surgen de la carga telúrica de Kepler 22b, y las sorpresas se suceden helando el corazón. Todo es posible. Nada es posible. El principio y el fin de la humanidad muta en serpiente cósmica que se enrosca en los pulmones de la evolución. El viaje hacia el centro, hacia la solución, queda en suspenso, “en la incertidumbre”. Habrá que esperar a la próxima temporada para ver si Raised by Wolves (Rilley Scott Productions) nos deja alguna tabla de salvación o perdidos sin esperanza en un universo vacío donde no hay Ítacas a las que regresar.

[1] La primera temporada, estrenada el pasado 3 de septiembre, consta de diez capítulos. Los cuatro primeros están dirigidos por los Scott y los siguientes, por sucesivos directores, siempre bajo la supervisión del creador de “Alien, el Octavo Pasajero” y Blade Runner.

[2] Kepler-22b es un planeta localizado en “la zona habitable”, que se halla a unos 600 años luz de la Tierra. Hipotéticamente podrían darse las condiciones (agua, temperatura, atmósfera) para albergar vida. Fue descubierto por el observatorio espacial Kepler (que orbita alrededor del Sol) el 5 de diciembre de 2011.

Blog del autor Nilo Homérico