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La generación que entendió que las grietas de la memoria eran también las suyas

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“A mí lo que más me impactó fue ver a una niña llorando porque decía que le habían robado la historia. Tendría 17 o 18 años. Sentía rabia porque no entendía que pasaran tan por encima en un tema así en clase”. Lo cuenta Ana García, portavoz de CeAQUA, la Coordinadora estatal de Apoyo a la Querella Argentina contra los crímenes del franquismo. Esa fue la reacción de una chica después de proyectar El Silencio de Otros en un centro social de barrio. Cuenta García que a los chavales con los que debaten en estas sesiones después de ver el documental “sí les interesa” la memoria histórica “y entienden que no es una venganza, que lo que se busca es justicia”, porque “se acercan desde la perspectiva de hoy, no la del pasado”. 

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Eso es bueno para tener una memoria saneada porque la renueva todo el tiempo. Ángeles Fernández (@anhele_yeah) lo explica siempre en TikTok, la plataforma de vídeos cortos usada por miles de jóvenes en el mundo. Ella cree que es “beneficioso” que incorporemos esa “perspectiva tal vez más objetiva” porque estamos cada vez más lejos de las consecuencias de aquella guerra y eso nos permite verlo de otra forma. Esos ojos nuevos lo enfocan desde otro punto. Son capaces de abstraerse para analizar la historia con crítica, pero se implican lo suficiente como para sentir que esas grietas de la democracia son también las suyas. 

¿Cómo evitamos que los chavales asuman el discurso de Vox? 

El peligro del negacionismo o la manipulación de la historia es que, a nada que te despistes, se te cuela. Y en este sistema nuestro hay ya muchos surcos. Las burradas de Ortega Smith sobre las Trece Rosas evidencian su “puro fascismo”, según García. Y son tan obvios, que lo realmente alarmante no es “esa falta de sutileza”, sino que el mensaje se cuele más arriba: “Nos preocupa más que en Andalucía recorten fondos que había para memoria o que no cumplan la normativa”. Les queda confiar en las sanciones y “que no sea tan peligroso”. García ya reconoce que no se pasan por los centros escolares de derechas: “Ya ni nos llaman”. 

¿Estamos explicando lo suficiente la memoria histórica a los chavales? 

Aún es un discurso residual (relativo a los residuos, se entiende), pero en cualquier cimiento pueden aparecer humedades que lo pudran, y hay que estar alerta. Lo más importante es que no se filtren por el sistema educativo. Un estudio reciente de la Universidad de León concluyó que estamos contando la historia al alumnado de una forma demasiado neutral y aséptica, lo que propicia que se les oculten partes importantes de la historia. Alejandra Hernández es profesora de Geografía e Historia en el CEIPS Santo Domingo de Algete. Para ella, la responsabilidad no está ahí porque el problema es mucho más genérico: “En parte, [Historia] les aburre, les parece tediosa y sin sentido, y creo que, además de buscar culpables en el propio contexto educativo, hay que buscarlos en la sociedad en general” porque “las carreras de humanidades se infravaloran y no son interesantes para ellos”. Aunque sí reconoce que “la memoria histórica no es algo que haya entrado de lleno en las aulas”, cree que el profesor no debe ser un activista que se posicione: “Nuestra labor es transmitir la información desde una posición coherente y neutral”. Es su forma de darles “las herramientas necesarias para que ellos construyan su propio pensamiento crítico”.

Un estudio de la Universidad de León concluyó que se cuenta historia al alumnado de una forma demasiado neutral y aséptica, lo que propicia que se les oculten partes importantes 

Hernández también percibe esa “carencia” en las aulas por las restricciones del sistema: “Estudiar Historia no se debe limitar a memorizar fechas. Quizá haya profesores que inculquen una curiosidad en ellos y les pueda recomendar bibliografía, pero que se ven limitados por el programa escolar”. Ella recopila las quejas que le dejan muchos chavales en los comentarios. Son siempre las mismas: “Esto no me lo enseñan en clase” o “¿por qué mis profesores nunca me hablaron de eso?”. Aunque los profesores les inyectan ese pensamiento crítico, el sistema educativo aún no habla demasiado de memoria histórica. ¿Cómo les contamos entonces esa parte de la historia para que les atraiga más y les ayude a recordar? 

Aquí hay una fisura importante. Hernández entiende que los chavales siguen viendo Historia como “una asignatura que hay que aprobar y a la que hay que dedicar mucho tiempo”, por eso se empeña en acercársela “con una didáctica diferente y adaptada a sus tiempos e intereses”. La clave es el formato. Y ahí ella (@tcuentounahistoria) ha descubierto una mina en TikTok porque se ha dado cuenta de que los chavales consumen historia en su tiempo libre. Les entra bien porque les entretiene. Y eso es increíble. Ella empezó en la plataforma para conectar más con sus alumnos durante el confinamiento y fue grabando vídeos en los que explicaba conceptos de clase de una forma más original. A los chavales les encantó la idea: “Lo que más me gusta es que los propios alumnos me proponen temas, veo que estoy alcanzando mi objetivo, que es despertar su interés por la historia y por la adquisición de conocimientos como entretenimiento”. 

Fernández también cuenta la historia en TikTok. Y lo hace bastante bien, porque desdramatiza todo haciendo humor incluso con la memoria histórica. En un vídeo propone cambiar los nombres franquistas de las calles por personajes de Harry Potter o hacer del Valle de los Caídos una protectora de animales (dice que aún sigue esperando que Carmen Calvo acepte sus propuestas). La clave es cómo lo cuenta: “Yo busco mis estrategias para que vean mi contenido como algo divertido que les apetezca consumir. Si mi intención es crear conciencia, tengo que hacerlo así. Si quieren desconectar después de clase en TikTok, entiendo que lo último que les apetece es que venga alguien como yo a seguir dándoles clase por la app”. También tiene sus trucos: “Yo intento contar los entresijos a través de biografías o concienciando de las masacres que hubo durante la guerra y la violencia de la represión. Parece que esto funciona porque empiezan a visualizarlo, empatizan y aprenden cómo se vivió desde la perspectiva de los que lo sufrieron”. Los detalles les hacen conectar con lo que les está contando y humanizan el relato. 

¿Qué hacemos con mensajes del tipo “para perdonar y llegar a la reconciliación hay que olvidar”? 

Los chavales saben que olvidar no es la vía, por mucho que lo dijese el Gobierno Rajoy. Hernández lo habla mucho con ellos en clase: “Tienen claro que no es la solución. La respuesta generalizada suele ser la necesidad de conocer para opinar. Una alumna me dijo una vez que ‘cómo vas a opinar de una película si no la has visto’; pues esto es algo similar”. Fernández también tiene claro que “no podemos superar un problema ignorándolo o evitando hablar de él. Si de verdad queremos que haya reconciliación, hay que poner todas las cartas sobre la mesa y comprender el dolor de las víctimas que aún sufren las consecuencias, como aquellos que aún no han podido dar una sepultura digna a algún familiar represaliado” porque “no podemos negarles su derecho a ese duelo”. 

El sistema educativo no está planteado para que entremos a saco en la memoria histórica. El peligro es que las generaciones que cada vez están más lejos de la guerra civil puedan relativizar o negar todo lo que pasó e integrar discursos que tergiversen explícitamente la historia. Hay que buscar formas más visuales de contarlo y hacerlo en un lenguaje que conecte con ellos, usando sus códigos para que lo integren mejor. Ellos tienen la posibilidad de hacer perdurar la memoria, pero la responsabilidad de que eso pase está en los que se la tienen que contar ahora.

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