Vaya pómulos y vaya expresión. La mujer parece una estatua comunista: una figura de bronce llamada a la acción y al sacrificio. Sus manos son como dos pulpos de piedra, y uno se la imagina subida a un tractor, inclinada sobre miles de espigas, construyendo el socialismo. Debería estar en un pedestal, y no ahí, comiendo pepinillos de un frasco, aburriéndose con la mirada en el paisaje. Es como si la mujer hubiera descascado el bronce, cual polluelo que sale del huevo, y se hubiera incorporado a la vida mundana”.

“El imperio ha muerto, pero su estela permanece...”.

“Debería estar en un pedestal, y no ahí, comiendo pepinillos de un frasco, aburriéndose con la mirada en el paisaje”

Así arranca Una historia de Rus. Crónica de la guerra en el este de Ucrania (La Huerta Grande, 2020). Su autor es Argemino Barro: los reporteros que mejor escriben no suelen ser los más conocidos, y pocos como él describen hoy tan bien en lengua castellana.

“Miles de jóvenes desfilaron en la plaza Roja de Moscú disparando sus piernas hacia delante”, escribe, casi filmando, en su crónica ucraniana.

“Las palabras de Hitler bambolean y peinan la muchedumbre en todas direcciones como el viento de la llanura inclina los trigos”, escribió en 1941 Jacinto Miquelarena en el diario Abc .

Decir que el Führer, en una arenga en el Sportpalast de Berlín a reventar, peina la muchedumbre como el viento de la llanura inclina las espigas, ¿es información o literatura?

¿Qué nos transmiten unas piernas que se disparan hoy en la plaza Roja ?

Miquelarena fue el primer periodista español en entrar en Rusia con las tropas del Tercer Reich. La ciudad de Smolensk, caída, “es una inmensa ruina ennegrecida que contempla, desde su escaparate roto y milagrosamente aislado, un maniquí de cera, desmayado y casi derretido por el calor de la hoguera”.

¿Qué intensidad informativa tiene un maniquí derretido en la batalla de Smolensk? ¿Qué intensidad literaria?, me pregunté un día leyendo las crónicas de Miquelarena en la línea nueve del metro de París. Sentado en la estación Michel-Ange-Molitor. Andén dirección Mairie de Montreuil.

GUILLERMO CERVERA GUILLERMO CERVERA

Los convoyes iban pasando. A mi lado, un mendigo negro vestido de negro estaba sentado de cara a la pared, inmóvil como el mármol, con su cabeza apoyada en los azulejos blancos y la curvatura que nos unía al otro andén.

Los pasajeros entraban y salían de los vagones, y algunos me miraban extrañados. ¿Qué hace alguien observando y tomando notas en el metro mientras van pasando los convoyes? ¿Es que no quiere ir a ninguna parte?, parecían preguntarse. Y ¿por qué nadie observa al hombre esculpido en el desconsuelo?, me preguntaba yo.

Dos décadas después de sus crónicas del frente ruso, viviendo en París como corresponsal, el reportero, ya cansado, recibió una carta del director de su diario. Con crudeza, le reprendía por entregarse más a las aficiones literarias que a las informativas.

En Smolensk describió el paso de los prisioneros rusos “abatidos, remando su paso con pértigas en las que apoyan el cuerpo. Avanzan como sombras hacia el campo de concentración, en un silencio de muertos que andan. Lo que quieren es llegar y caer sobre la hierba fresca y dormir durante años seguidos”.

También el reportero quiso caer un día sobre la hierba fresca y dormir durante mil años seguidos.

A las diez de la mañana del 10 de agosto de 1962, Jacinto Miquelarena se arrojó a las vías del metro al paso de un convoy. Ahí donde un día yo leería sus crónicas. En la línea nueve. Estación Michel-Ange-Molitor. Andén dirección Mairie de Montreuil.

En uno de sus bolsillos encontraron la carta del director.

En este instante impacta como un meteorito la definición que la Real Academia Española hace de la palabra literatura : el “arte de la expresión verbal”. ¿Puede ser un arte informar?

Informar de un campo de maletas, asientos y pasajeros caídos a plomo desde diez mil metros de altura sobre un pueblo ucraniano: un misil había desintegrado un avión lleno de turistas holandeses que volaban a Kuala Lumpur.

“En medio de unos girasoles, como colocados a propósito, hay unos vinilos de jazz y música clásica intactos”, escribe Argemino Barro mientras el vinilo de la guerra, “la tertulia del horror”, seguía sonando en el bosque.

El pueblo donde llovió el Airbus –así concluye este reportero su gran crónica– “vuelve a ser hoy, una vez más, como ese niño que el mar traga y que luego restituye a la arena. El niño se levanta, se quita las algas del pelo, y continúa jugando frente a las olas”.

Como otra estatua buscando un cuerpo en el que crecer.