En un artículo publicado en el periódico Magyar Nemzet (La Nación Húngara), Orbán dice refiriéndose a la etapa socialista de su país: “Nuestro horizonte estaba restringido y nuestra fuerza centrada en la labor de liberarnos de nuestros propios comunistas y, una vez desaparecieron las bayonetas de los ocupantes, enviarles al lugar que les corresponde: tan lejos como sea posible del poder político, a los manuales de crímenes históricos con los que podamos enseñar a nuestros hijos y nietos lo que sucede cuando se intenta construir un futuro sin el marco de ideales nacionales y principios cristianos”, escribe Orbán.

“No consideraban que la misión de Europa fuera repeler los ataques externos contra el cristianismo, o conservar nuestra diversidad interna”, lamenta. “Su nueva misión era ahora la apertura total: la eliminación de las fronteras -o su conservación como un mal necesario pero temporal-; el cambio a voluntad de los papeles de los sexos y la familia; y una visión política convencida de que la obligación de conservar nuestra herencia cultural debería reservarse a los museos”.

“En esta situación, los húngaros podemos ver claramente la esencia de nuestra vocación europea”, escribe. Esta misión no es otra que la de “aportar al núcleo de los valores europeos la tradición anticomunista sin concesiones, colocar los crímenes y consecuencias del socialismo internacional junto a los crímenes y consecuencias del nacionalsocialismo”.

“Negarse a la defensa propia es, en la práctica, rendirse, y el resultado será la transformación civilizacional completa”, dice.