Fin a una tregua de ocho años


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Fin a una tregua de ocho años

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Lo máximo que da de sí el teatro catalán en estos momentos queda reducido a pequeñas y ridículas escaramuzas entre Junts y ERC libradas en distintos frentes pero con el cuidado suficiente para que nada se desborde del todo.

Vale como ejemplo el intento del 'conseller' de Empresa i Innovació, Ramon Tremosa, de robarle la cartera a Pere Aragonès a cuenta de quién debe asistir a la conferencia de presidentes autonómicos del próximo día 26 con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, para tratar sobre los fondos de recuperación de la UE.

Letra menuda, batallitas mezquinas que sirven para que Tremosa sume puntos de visibilidad y gane altura en su hipotética carrera para provocar un arrebato pasional en Carles Puigdemont y ser ungido con la candidatura de Junts. La elección de candidato en este espacio político viene a ser una nueva versión del espectáculo televisivo 'Got Talent': un montón de gente dándolo todo en el escenario a la espera que el jurado de Waterloo repare en sus virtudes.

Los aburridos tiras y aflojas entre ERC y Junts prologan, eso sí, la gran novedad que van a propiciarnos las próximas elecciones catalanas: después de ocho años de tregua, los grandes partidos nacionalistas catalanes van a tocarse de nuevo la cara entre sí. Y no será para acariciarse.

En el 2012 se firmó un armisticio entre ambos partidos que ha durado casi ocho años. Aquellos lejanos comicios, que significaron el pistoletazo de salida del 'procés', fueron los últimos en los que ERC y la extinta CiU compitieron abiertamente. ERC buscó golpear el hígado del masismo a base de acusaciones de corrupción, neoliberalismo y afán recortador de los servicios públicos. Desde CiU se impuso la mesura del mejor desprecio es no hacer aprecio. Desde entonces, y a pesar de que la desconfianza entre unos y otros jamás dejó de arreciar, las campañas han sido balsas de aceite para el soberanismo, que ha disfrutado de un pacto de no agresión entre facciones si dejamos a un lado la CUP, que siempre ha comido en plato aparte.

En las elecciones del 2015, ambos partidos se embarcaron, previa clave de judo de Artur Mas forzando la claudicación de ERC, en la aventura de Junts pel Sí y en las del 2017, ya nuevamente por separado y convocadas por Mariano Rajoy, tampoco hubo batalla en el fango entre formaciones. Esto es lo que va a cambiar a medida que nos acerquemos a los turrones y por supuesto que acabará afectando al comportamiento de los votantes. Aunque no va a utilizarse la munición más gruesa -los gurús de campaña consideran que no conviene pasarse de frenada-, por vez primera después de tres elecciones, el soberanismo no va a lavar los trapos sucios en familia ni los tenderá en un patio interior a resguardo de los mirones.

A cara de perro

Agrandar las vergüenzas del adversario se convertirá en objetivo principal. El final de la unidad forzada va a provocar el primer acto de normalidad en casi un decenio: volver a pelearse a cara de perro por los votantes.

Para Junts todos los demás serán tibios cuando no traidores; para ERC -que será complaciente con el PDECat, puesto que le interesa verlo crecer a cuenta de Junts- el puigdemontismo pasará a ser una apuesta por la inmadurez y, además, de derechas; y para el PDECat ambos representarán una etapa de poca cordura que hay que dejar atrás cuanto antes. La CUP seguirá a lo suyo, dando estopa a todos e intentando disimular que se ha hecho mayor y que ya no es más que otro partido sistémico.

Está por ver cómo reaccionará el votante ante una campaña convencional después de tantos años de excepcionalidad en las ofertas electorales que eran presentadas, en el fondo, como la misma canción con diferentes arreglos. Ahora esa oferta va a diferenciarse claramente y las consecuencias aún no son del todo predecibles por las encuestas.

Excepcionalidad solo en la justicia

Donde sigue manteniéndose la excepcionalidad es en el terreno de la justicia. Tercer aniversario de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart en prisión. Pronto se sumarán a la triste efeméride el resto de condenados. El gobierno de Pedro Sánchez mantiene a la vista, pero todavía lejanas, las hermosas zanahorias en forma de indulto y reforma del delito de sedición. Sabemos pues que las elecciones van a desarrollarse sin novedades en este ámbito. Aún así, la influencia de esta variable será en esta ocasión mucho menor. Parafraseando a Oriol Junqueras, cuando se refería al 1-O, está vez sí va a votarse "como siempre". Entre otras cosas porque la campaña también se hará de nuevo, y tras un paréntesis de ocho años, como siempre: todos contra todos.

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