Hace algunos meses, cuando surgió la polémica por los derechos de la poeta Premio Nobel Louise Glück y su editorial en España, en no pocos artículos o crónicas se hablaba de Pre-textos como de una editorial “pequeña” o “independiente”, afirmación que hizo que algunos levantaran la ceja. Vale que Pre-textos no es el Madrid-Barça de la edición (un tándem cuya lectura en términos editoriales se corresponde con los conglomerados que encabezan Planeta y Penguin Random House), pero con más de cuatro décadas de experiencia, un catálogo de más de 1.500 títulos, distribución fuerte y entre 50 y 100 títulos lanzados al mercado cada año de los últimos cinco (46 el pasado) la posición de Pre-textos está en la parte alta de la tabla, disputándose los puestos Europa League de la edición junto con las otras editoriales medianas, por lo menos, o medianas tirando a grandes.

La realidad paralela de los datos

¿Qué es, entonces, una editorial pequeña? Aquella reducida a la mínima expresión, la que lleva una sola persona, que es la que figura en el registro y la que recoge los paquetes (en su casa muchas veces); la que envía los libros, hace facturas y lidia con los pormenores de la distribución, asumiéndola en los casos más extremos. Apurando aún más, una editorial pequeña es aquella cuyo único responsable se hace cargo de tareas que en la mayoría de las demás editoriales realizan colaboradores como traductores o maquetadores.

Una editorial así, una editorial de uno-para-todo, dista mucho del perfil que se desprende del informe Datos de Comercio Interior del Libro de la Federación de Gremios de Editores de España. Según este, en 2019 el número medio de empleados de las empresas editoriales pequeñas era de siete. En el caso de las empresas medianas, el número medio de empleados era de 30. Las muy grandes cuentan con más de 250 personas trabajando para ellas. Hay que tener en cuenta, según precisan oportunamente desde el Gremio de Editores, que en este informe no están todas las empresas editoriales y que las pequeñas y/o unipersonales no siempre se agremian. Pero, siguiendo con los datos de dicho informe, una editorial pequeña, desde el punto de vista económico, factura hasta 2.400.000 euros, mientras que una muy grande lo hace por más de 60 millones. Cuatrocientas editoriales de las más pequeñas facturan menos de 600.000 euros.

Con todo, estas cifras seguirán pareciendo de otro mundo, de otra liga, a este tipo de editoriales en las que todo el trabajo pasa por una sola persona. En ellas se centra esta revisión, personalizada en la labor de Marta Martínez, de ContraEscritura; Javier García, de Volcano; Cecilia Dreymüller, de Tres Molins; Víctor Gomollón, de Jekyll&Jill, y Susana Romanos de greylock.

“Todo lo que pueda hacer yo…”

Es el lema habitual de quienes están detrás de este tipo de editoriales unipersonales. Para ahorrar costes, todo lo que uno pueda hacer, lo hace, y lo que no sepa hacer, lo aprende. Y luego vienen matices, sensaciones, bondades inesperadas que traen de la mano las nuevas funciones, pero en el principio —hablando en solemnes términos bíblicos— era el presupuesto; ajustar presupuesto, mejor dicho. Así es como han llegado a maquetar sus propios libros Marta Martínez, de ContraEscritura, desde el comienzo de su actividad, o Javier García, de Volcano, incorporado este mismo año a las labores de maquetista. Víctor Gomollón ya lo hacía para otras editoriales y de tanto hacerlo quería hacerlo exactamente a su gusto, por lo que se embarcó en Jekyll&Jill. Susana Romanos, de greylock, matiza la diferencia entre diseño editorial y maquetación, pero al final sí, ella hace ambos trabajos tanto en las colecciones de narrativas, poesía e ideas como en Imprint [#] que concibe cada libro como una obra única. Cecilia Dreymüller, de Tres Molins, no maqueta pero traduce: firma las traducciones del 80% de su catálogo.

Una forma de contarse

Rumiando, amasando, tocando los propios libros desde antes de poder llamarse así es como los hombres y mujeres orquesta que hay detrás de las editoriales unipersonales se van haciendo uña y carne con sus catálogos y se van presentando al mundo, se van pariendo, si se quiere, pues los procesos son largos y necesitan sus empujones.

“Cuando decido que algo se ha de publicar es porque confío mucho en ello. Eso no tiene que ver con la respuesta de los lectores”, dice Víctor Gomollón, de Jekyll&Jill

Gomollón explica la edición como “una forma de contarme” y se explaya en esa idea: “No quisiera que sonara egocéntrico, pero cuando publico una obra y no otra estoy escribiendo la mía, que es una obra como prescriptor; estoy mostrando mis gustos y quién soy en ese momento. Por ejemplo, en un libro publicado hace años puedo descubrir por qué lo hice, casi de una manera psicoanalítica. Porque, eso sí, soy muy sincero con lo que publico. Cuando decido que algo se ha de publicar es porque confío mucho en ello. Eso no tiene que ver con la respuesta de los lectores. Claro que mi intención es vender más, pero no por ello cambio a libros más fáciles o accesibles. Mi lector no es el que está presente ahora en la mente de las grandes editoriales. No hay una intención, por ejemplo, de publicar libros divulgativos y venderlos como ensayo, que es algo que está muy extendido. O de engañar al lector haciéndole creer que es un buen lector al leer lo que yo publico, que también se da mucho. Y en eso somos culpables tanto editores como libreros, haciendo creer a los lectores que son buenos lectores ofreciéndoles una serie de libros que no son más que entretenimiento. Para mí, lo siento, el libro es otra cosa y mi trabajo no es para esos lectores”.

En vez de ofrecerse a sí misma de una forma tan expresa, expresiva y carnal, Susana Romanos pone la literatura de por medio y hace de ella un punto de encuentro, un medio de ilustración que está en la génesis de su propia editorial, greylock: “Me di cuenta de la cantidad de libros extraordinarios de literaturas lejanas que no habían sido publicados en castellano y pensé ‘qué pena que esto no se conozca’; para acabar autoproponiéndome: ‘¿Y si los publico yo?’. Esto fue en 2012, pasaron seis años hasta que me decidí a presentar la editorial en los que, durante ese tiempo, ese germen, el de posibilitar a las y los amantes de la lectura el acceso a obras a las que de otra forma no llegarían por no ser trabajos muy populares, fue creciendo en volumen”.

“La especialización ayuda, pero tampoco es garantía de éxito por sí sola”, explica Javier García, de Volcano

Al final se aterriza, sí, en la especialización. No puede ser de otra manera en estas editoriales que más que el ADN lo que llevan es una libra del hígado de sus responsables: “Enfocarte en una temática o género —en mi caso trabajar la fórmula literatura+naturaleza— es la forma de crear una personalidad propia y diferenciarte sobre el resto de propuestas editoriales. Creo que la especialización ayuda, pero tampoco es garantía de éxito por sí sola”, explica Javier García, de Volcano.

Libros para durar

El éxito…. A saber qué es y qué significa para cada persona. Pues lo mismo para estas editoriales hechas tan a imagen y semejanza de sus responsables. Los incondicionales de las cifras defenderán que él éxito consistirá en vender todos los ejemplares, o la mayoría, o muchos de tiradas de 200, 300 o 400 libros. Tan cierto como obvio. No lo es tanto recordar que estas editoriales tienen entre sus objetivos irrenunciables la creación de un catálogo intemporal, riguroso, impecable que no se permite experimentar ni decaer con ninguno de sus títulos: todos tienen que ser la maravilla.

“El lector va a preguntar por un libro tuyo una vez, pero no dos. No podemos defraudar nunca”, asegura Marta Martínez, de ContraEscritura

“Es lo que habla de ti de cara a los lectores —explica Marta Martínez, de ContraEscritura—. Por eso no podemos permitirnos hacer libros malos; el lector va a preguntar por un libro tuyo una vez, pero no dos. No podemos defraudar nunca. De ahí también que hagamos libros para durar, para romper con la dinámica  de producción del mundo editorial y los supuestos de caducidad y temporalidad que la sustentan. Los libros no deberían tenerla porque si son buenos… Yo hago libros de fondo: 300 ejemplares de tirada y voy viendo. Cuando se agota, reimprimo. Y, sí, sigo vendiendo libros de 2016”.

Es el año en el que publicó Goethe en Dachau, de Nico Rost, el libro sobre el que habla cuando recuerda algunos momentos que le reconfortan con la profesión en medio de todas las adversidades y el trabajo: “Presentábamos otro libro de la editorial en una librería de San Blas, en Madrid, y vino a mí un chico que sin conocerme de nada me abrazó. Tenía una lista de preguntas concretas que le habían surgido al leer Goethe en Dachau… ¡A sus 13 años! Y hay personas muy adultas y muy lectoras que vienen a decirme que este libro se les ha atragantado. O también cuando la nieta del propio Rost me dedicó el libro y escribió ‘qué lástima que no seas tú la verdadera nieta de Nico Rost’. Cosas como esas son las que verdaderamente te ayudan a salir adelante los domingos por la tarde. Son muy duros, muy largos esos domingos de soledad frente al texto, pensando si habrá alguien al otro lado”.

“Lo que me hace sentir el peso de estar sola en esto es todo lo referente a la conciliación: tengo que hacer verdadero encaje de bolillos”, reconoce Susana Romanos, editora en greylock

Pero, como recuerda Susana Romanos, lo de estar sola es un arma de doble filo: “Te permite tomar las decisiones sin consultar ni consensuar con nadie; pero esta autonomía también puede resultar perjudicial, hace del proyecto algo demasiado personal, no te permite una apertura que también puede ser beneficiosa. Si me preguntas por los momentos más duros, te diré que hay uno más general, casi se puede decir de corte existencial, que es el de sentir el peso de toda la responsabilidad sobre una. Ahora, en esta etapa de greylock, lo que me hace sentir el peso de estar sola en esto es todo lo referente a la conciliación: tengo que hacer verdadero encaje de bolillos”.

Al final, lo más reconfortante para ella, así como para los demás editores, es saber que su esfuerzo llega, salta la barrera de incertidumbre y soledad, y se encuentra con alguien al otro lado: “Que alguien se lea un libro de greylock y me diga: ‘Me encantó todo: la edición y la lectura’”.

Si eso se traduce en ventas, mejor, pues como recuerda Javier García, de Volcano, “los buenos momentos han coincidido, una sola vez en mi caso, cuando una primera edición (Viento Salvaje) se vendió en menos de dos semanas o cuando un libro consigue espacio destacados en los medios de comunicación: ambas cosas te hacen ver que lo que haces es importante y que le importa a más gente”.

Violencia distribuidora

Algo que también pone a todos de acuerdo es el perverso sistema de distribución que exige porcentajes de hasta un 60% por llevar los libros a las librerías, hinchando la burbuja de la novedad y la celeridad en la aparición de nuevos títulos. Por no hablar de las temidas liquidaciones negativas que a más de uno le han hecho pensar en tirar la toalla: “Te encuentras con que no solo no has facturado nada sino que, además, debes dinero —prosigue Javier García—. Esto pasa en muchos casos cuando las librerías devuelven los libros no vendidos al distribuidor o porque ese mes no has sacado una novedad y eso te penaliza en la rueda frenética que dice que si te paras, lo pagas”.

Inevitable la comparación con los tiempos de la burbuja inmobiliaria. “Es que es exactamente eso y no se dice. Es un tabú al igual que las tiradas o el número de ejemplares vendidos, de los que tampoco se habla, y no es así en otros países”, apunta Marta Martínez, que habla de “violencia distribuidora”. Y prosigue: “En España, la distribución había sido un asunto muy regional, pero ahora las grandes distribuidoras están comprando muchas empresas locales, lo que aumenta las dificultades para que las editoriales más pequeñas lleguemos a las librerías, copadas por las muchas novedades de las muchas editoriales que lleva la misma distribuidora. Esto no lo tiene por qué saber el librero ni el lector y justo por ello conviene hablar de ello y que se sepa”.

ContraEscritura y Tres Molins se autodistribuyen: ambas se basan en el contacto con redes de librerías afines que, a base de conocerse y tratarse, acaban por ser amigas. Romanos apunta a la suerte de haber encontrado una distribuidora porque la distribución era uno de los asuntos cita entre los aspectos que le hubiera hecho tirar la toalla: “Es un trabajo arduo que me quitaba muchísima energía y tiempo”.

Todos contra Amazon

Las editoriales mínimas necesitan de las librerías para sobrevivir, necesitan también que libreros y libreras las conozcan y elijan sus títulos si de verdad quieren y apuestan por la deseable diversidad editorial. De lo contrario, Amazon no tendrá rival a la hora de llevar los títulos rápida y cómodamente a las casas, saltándose el engorroso paso de las librerías… y triturándolas. ¿Qué se puede hacer? Negarse a vender allí. ¿Se puede?

A finales de 2020, un grupo de editores en Francia hicieron un frente común frente contra e enemigo común. ¿Sería posible algo parecido en España? “Es un sistema complejo y difícil porque hay muchos caminos por los que un libro acaba en Amazon —explica Marta Martínez—. Muchas veces la decisión la toman las distribuidoras o las subdistribuidoras, pero no es imposible: al final los libros pertenecen a los editores y estos deciden quienes son sus distribuidoras. Otra cosa es que te interese”.

Martínez, junto con otros editores afines —como los responsables de Orciny o Piedra Papel— y diversas librerías comenzaron a sondear al sector para conocer las posibilidades reales de establecer esa especie de frente común contra Amazon. Las respuestas fueron desasosegantes: “La mayoría empezaban por ‘es-que-mi-distribuidora…’, que es una manera de excusarse porque el propietario del libro es el editor, y la distribuidora una intermediaria a quien le puedes decir —y prohibir— que tus libros acaben donde tú no quieres. Se ve claro si en vez de Amazon dices ‘librería neofascista’ y preguntas: ¿quieres que tus libros acaben en una librería fascista o neofascista? Ahí te dicen que no, claro, que no quieren estar. ¿Cuál es el problema? Que más de la mitad de la facturación, o la mitad, viene de Amazon. Y, con todo, no hay problema en esto: es legal y es legítimo. Es más; es razonable y natural. El problema que le veo es el doble discurso: posicionarse públicamente con la pequeña librería y los libreros independientes, pero, por otro lado, alimentar un sistema que te destruye, un sistema de David y Goliat en el que estás dando de comer a Goliat mientras a David le dices que le quieres mucho. Es un problema de honestidad”.

Editoriales ¿independientes?

Abundando en lo expuesto por la editora de ContraEscritura, cabe preguntarse por el significado del adjetivo “independiente” tan extendido en el mundo editorial. Independiente ¿de qué o de quién? Gomollón se hace pocos líos: “Soy independiente porque no pertenezco a ningún grupo y a otras editoriales”.

Susana Romanos, desde greylock, tiene dudas: “No tengo claro que no seamos dependientes, y no es un juego de palabras. Dicho de otro modo, es evidente que por el tipo de editorial que es greylock nunca participará en las ferias de los grandes grupos de edición y otras grandes editoriales pero eso no quita para que no esté sujeta igualmente a los vaivenes del entramado editorial, lo que hace que el proyecto de greylock apueste por editar con sensatez, sensatez dentro de su tamaño, esa es la máxima. Aunque mucha gente tiende a pensarlo: las editoriales llevadas por una sola persona (o por muy pocas) no somos una ONG, al menos no es el caso de greylock. Por todo ello creo que el apelativo de ‘editorial independiente’ no tiene mucho sentido; se podrá disfrutar de más o menos autonomía pero no creo que haya ninguna editorial que pueda calificarse de independiente. Por lo tanto, a falta de un término mejor, creo que el de ‘microeditorial’ puede servir, quizás para algunas y algunos sea excesivamente aséptico —es un parámetro cuantitativo, no de cualidad (no confundir con la calidad, otro tema, en este caso ajeno a la taxonomía, pienso)— pero a mi entender eso no tiene por qué ser necesariamente algo malo en este contexto. Lo que no podemos hacer es ir diciendo que no se nos puede clasificar, o nombrar, o ir de especie poco común; la realidad se hace con el lenguaje, si no pueden dirigirse a ti, desapareces, es triste, pero es así, y si queremos que nos tengan en cuentan en el mundo editorial, es necesario darse un nombre”.

El extraño caso de la traductora editora

Lo que hace particular al caso de Tres Molins es que la persona que está al frente de la editorial es la traductora de casi todo lo que lleva publicado desde que, a finales de 2017, viera la luz el primer título. Cecilia Dreymüller tiene un pasado como crítica literaria y toda una carrera como traductora. Pero la primera parte de ese currículum se truncó hace unos diez años cuando “se produjo un cambio en la crítica o más bien dejó de existir: los periódicos dejaron de practicarla como instrumento de ilustración, digamos, para convertirse en mera propaganda editorial. El hecho de rechazar las críticas negativas, simplemente invalidaba toda crítica”.

Ante esta situación y con algunos proyectos de traducción en el bolsillo, o en el cajón, Dreymüller se planteó “un viraje en mi actividad literaria y pasar a la edición. Conseguí unas condiciones excepcionales en cuanto a los derechos de algunas obras de Peter Handke —con quien mantengo una relación muy buena— y esto me permitió comenzar. Cuatro años después puedo decir que es una actividad mucho más absorbente de lo que me imaginaba”.

“Pensaba que la prosa iba ir bien y la poesía lo tendría difícil y es al revés. Toda una sorpresa”, comenta Cecilia Dreymüller desde Tres Molins

Junto con este autor, Ingeborg Bachmann tiene un lugar privilegiado en su catálogo. Su poesía completa, en edición bilingüe, se puede considerar su best seller: “Pensaba que la prosa iba ir bien y la poesía lo tendría difícil y es al revés. Toda una sorpresa”.

En el día a día de la edición, Dreymüller encuentra “gozoso reflexionar sobre un libro que conoces desde hace tiempo y presentarlo al lector español de la mejor manera posible. Es como hacerle un pasaporte”.

Respecto a las penalidades, hace suyo el “lo que pueda hacer yo…” en cuanto a la parte administrativa. La distribución la asume porque “para tiradas de 300 ejemplares, no es viable un porcentaje del 60% y, aparte, no tienen interés en una editorial como esta. Es imposible”.

La crisis de la Covid la puso contra las cuerdas, hasta llegar a pensar que hasta ahí había llegado su aventura editorial. “Hubo un par de meses de desconcierto. Las ventas no existían prácticamente y esta es una editorial que no trabaja por rentabilidad sino que un título soporta o financia el siguiente, de modo que mi plan es no entrar en números rojos. Pero de esa forma tampoco podía sacar más libros, aunque los tuviera preparados. Luego sobrevino una cierta normalidad y reaccioné: me dije ‘vamos’ y, sí, vamos a seguir libros sacando libros”.

A la pregunta sobre si cree que si se jubilará como editora, responde que justo esta actividad la concibe como garantía de no jubilarse nunca de la literatura: “Quiero seguir trabajando con ella, transmitiendo mis inquietudes a los lectores y editar me supone una segunda etapa profesional de la que no hay que jubilarse porque es una actividad que te estimula, te reta y con la que puedes seguir envejeciendo”.

Vivir de los libros, jubilarse haciendo libros

Lo comentaba Susana Romanos, pero quizá sea preciso repetirlo: las editoriales mínimas no son una ONG. Hacen libros, quieren venderlos y, a ser posible, vivir de ello. No es nada fácil: Romanos tiene otro trabajo que permite completar la labor editorial. Dreymüller es profesora de alemán en el Goethe Institut, García tampoco vive de la editorial y tampoco se resigna “a lo que se escucha tantas veces entre las editoriales pequeñas, aquello de que ‘nadie se mete a esto para hacer dinero’, como si antes de empezar ya tuvieras que resignarte a que lo normal es sufrir, que esto hay que hacerlo por amor al arte y que lo único que puedes hacer todos los días es pensar en la ‘salvación’”.

En su respuesta, Marta, de ContraEscritura, se apoya en Tamara, librera de Primera Página (Urueña) y sostiene, como ella, que “depende de cómo quieras vivir. Parece un eslogan, pero tiene que ver con qué haces y cómo afrontas las decisiones editoriales. Yo nunca, nunca voy a hacer más de seis libros al año porque no quiero fomentar esa burbuja y porque los estándares de tiempo y de cuidado de un libro no me permiten hacer más de dos libros al mes y esto es una decisión. Tú decides si entras en una dinámica o no. Mi gran suerte es tener la necesidad habitacional resuelta y eso es lo que me permite seguir con la editorial y seguir viviendo, pero para vivir de ella  necesitaría doblar las ventas. Así que o trabajas con pasión y paciencia, afianzando relaciones y puntos de venta hasta que se conozca tu trabajo o tienes otros trabajos”.

Víctor Gomollón tiene otros trabajos que le hacen “trabajar a todas horas, sin parar: mi forma de vida es eso, trabajar sin parar”. No vive de la editorial, pero reconoce que le encantaría y que mira cada día las ventas, aunque “llega un momento en que tampoco te lo planteas. Toda la industria está formada para que ganen los grandes grupos y las pequeñas se lleven las migajas. Hay una competencia atroz, pero no es con las grandes editoriales, que esas no me quitan ventas porque estamos a dos cosas distintas, muy separados. Pero sí hay competencia entre editoriales medias y pequeñas editoriales que sí son tremendamente competitivas, tienen intención de crecer y te van al cuello directamente”.

El día en el que responde a estas preguntas por teléfono viene de acostarse a las seis de la mañana trabajando en uno de sus libros, de modo que a la pregunta sobre si se ve jubilándose como editor responde: “No sé si voy a jubilarme haciendo libros, lo que sí sé es que me moriré trabajando en esto, porque no sé hacer otra cosa y, además, pronto”.

Pero no será del todo porque siempre quedarán los libros, catálogos personalísimos como los de estas cinco editoriales levantadas a pulso y a fuerza de robarle horas al sueño, a los amigos, a la comida, a los paseos y todo aquello que forma parte de la vida. Los libros exigen. Los libros roban. A menudo se envuelven con  palabras consoladoras o  llenas de épica. Pero esa épica no es de los libros, que hay por millones y muy malos. Esa épica es de quien la trabaja sirviendo a una idea de literatura que es transformadora, pura conmoción, porque si no, sencillamente, es que no es literatura. Es necesario saber que hay editoriales —más bien hay personas— sirviendo a esos objetivos y es necesario saber que hay lectores al otro lado de su esfuerzo. Porque los libros exigen y roban, pero los libros también llegan.