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Destitución de Carlos Manuel de Céspedes: “Por mí no se derramará sangre en Cuba”

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Para Céspedes la unidad de los cubanos era una cuestión fundamental para vencer. Foto: Archivo.

Hay que entrar a la historia con la cabeza descubierta.

Eusebio Leal Spengler.

El lunes 27 de octubre de 1873 Carlos Manuel de Céspedes despertó con la salida del Sol. Como casi siempre por aquellos días, el bullicio del campamento mambí, los mosquitos y un cada vez más recurrente dolor de cabeza lo sacaron temprano de la hamaca. Al mismo tiempo, a tres leguas de allí la Cámara de Representantes se alistaba para deponerlo de su función como Presidente de la República.

Era el cierre de un largo camino marcado por desencuentros e incomprensiones. Sería un golpe terrible para la Revolución. ¿Cómo se llegó hasta allí? ¿Dónde están las claves de esa historia? Casi un siglo y medio después, el drama de la destitución del primer Presidente de la República de Cuba en Armas aun provoca el estudio y la polémica

El camino hasta Bijagual

La emancipación de los esclavos redefinió el proyecto de nación. Foto: Radio Angulo.

“Presencié el espectáculo de la marea después de tres años y medio que dejé de verlo en La Demajagua. Él me trajo a la memoria entre otros recuerdos, mi antiguo estado de señor de esclavos, en que todo se me sobraba; lo compraré con este en que ahora me veo pobre, falto de todo, esclavo de innumerables señores, pero libre del yugo de la tiranía española, y eso me bastó: prefiero mi actual estado”.

(Carlos Manuel de Céspedes en carta a su esposa, año 1872)

Cinco años y 17 días antes de la fatídica reunión en Bijagual ocurrió la gloria del alzamiento en La Demajagua. Ese día Carlos Manuel vistió de campaña, mandó llamar a sus esclavos y ante ellos ondeó la bandera que hace apenas unas horas Cambula le había cosido con sus manos de mujer enamorada. Entonces proclamó la guerra contra España y los invitó a sumarse a la contienda como hombres libres. El suceso conmocionó la región.

Aquel grito realmente estaba previsto para la mañana del 14 de octubre, pero una delación obligó a Céspedes a adelantarlo. A fin de cuentas, el 4 de agosto de ese 1868 los conspiradores reunidos en la finca San Miguel de Rompe acordaron que ante la amenaza de prisión cualquiera de ellos podría para levantarse en armas y recibiría el apoyo de los otros.

Aunque el asunto halló posiciones opuestas en los encuentros siguientes, Céspedes intuía las complejidades del momento y le habló a Francisco Vicente Aguilera, líder de la Junta Revolucionaria de Oriente, sobre lo difícil de aguardar más tiempo. “Las conspiraciones que se preparan mucho —le dijo— siempre fracasan, porque nunca falta un traidor que las descubra”. Enseguida el tiempo le dio la razón.

El levantamiento del 10 de octubre provocó la admiración de muchos, pero también el rencor de otros. Para esos, Carlos Manuel había arrebatado la corona perteneciente a Aguilera, el terrateniente más rico de Oriente y “Venerable Maestro” de una de las logias masónicas que tanto hicieron por la libertad del país. No obstante, apenas conocer la noticia partió hacia Bayamo en apoyo a los alzados.

Ese supuesto oportunismo le ganó a Céspedes la primera de muchas acusaciones en su vida como líder de la Revolución. Una decena de días más tarde las tropas mambisas liberaron la ciudad de Bayamo. El 20 de octubre las calles escucharon aquello de que “la Patria os contempla orgullosa”, y una semana después vieron cómo el Carlos Manuel adoptó el título de Capitán General.

La distinción representaba la mayor jerarquía dentro del gobierno colonial español y levantó dudas entre los seguidores de la independencia. Conocedor de los temores provocados por su nombramiento, Carlos Manuel enseguida se apresuró a emitir un manifiesto para explicar que la decisión tenía un carácter puramente organizativo, mientras reafirmó la voluntad de no imponer su gobierno a los demás pueblos de la Isla.

Céspedes conservó el título por apenas cinco meses, porque el 10 de abril de 1869 llegó la Asamblea de Guáimaro y él se despojó de sus cargos. Aunque un día después la naciente Cámara de Representantes lo nombró Presidente de la República, las denuncias de dictador lo rondarían siempre. Unas veces las vio confundidas con la radicalidad necesaria para cualquier líder de una Revolución en pleno nacimiento; otras aparecieron bajo la sombra de la manipulación y la mentira de sus enemigos.

Guáimaro es clave para comprender la historia de la Guerra Grande. Cuna de la democracia mambisa, representó el intento fundacional por buscar la unidad de los cubanos, dotó al país de su primera Constitución y estableció libertades y derechos hasta entonces ausentes en la Isla. No obstante, también fue escenario de una disputa que marcaría la próxima década y de la cual Céspedes no saldría ileso.

Sobre el amplio salón que sirvió de sede flotaban dos grandes concepciones para enfrentar el futuro. De un lado, las aspiraciones a una separación entre los poderes civiles y militares; del otro, la búsqueda de un mando único enfocado a la independencia.

Bien lo valoró Martí: “Él [Céspedes] tenía un fin rápido, único: la independencia de la patria. La Cámara tenía otro: lo que será el país después de la independencia. Los dos tenían razón; pero en el momento de la lucha, la Cámara la tenía segundamente”.

Otra vez el temor a la tiranía, junto a un cierto espíritu romántico y a veces olvidadizo de las penurias de la guerra, confluyeron para dotar a la insurrección de la unidad posible, aunque no la necesaria. En su libro Desde Yara hasta el Zanjón, el patriota Enrique Collazo reflexiona sobre aquellas jornadas.

“Hicieron una República con una Constitución modelo, cuando aun no teníamos un palmo de tierra seguro en que clavar nuestra bandera; pusieron todo su empeño en resguardarse del fantasma de la dictadura, olvidando al enemigo que nos combatía; pensaron asegurar la libertad sin ver que aun no teníamos patria; hicieron ciudadanos cuando necesitábamos soldados; dieron, en fin, al recién nacido el régimen de vida de un hombre de edad madura”.

Aun así, Carlos Manuel “sacrificó su amor propio —lo que nadie sacrifica”, y aceptó la visión de Agramonte. También cedió cuando escuchó que el artículo 9 de la Carta Magna le permitía a la Cámara “deponer libremente a los funcionarios cuyo nombramiento le corresponde”, entre ellos al Presidente. Esa simple oración podría transformarse en un golpe mortal, pero él jamás se prestaría a la desunión. Es uno de los signos que marcarán el resto de su vida.

En la Asamblea de Guáimaro se evidenció la pugna entre las distintas formas de conducir la Revolución. Foto: Archivo.

En Guáimaro ocurrió otro suceso clave para el futuro del Padre de la Patria. Una vez concluidas las sesiones, el recién electo General en Jefe del Ejército Libertador, Manuel de Quesada, lo invitó a comer en su residencia. Allí el bayamés conoció a Ana de Quesada, hermana del anfitrión, y a los cinco meses la llevó al altar. Entonces la máxima figura militar del país se convirtió en cuñado del Presidente. Esa unión agregó fuego a otra polémica ya en curso.

El 6 de octubre de 1869 Quesada le había dicho a la Cámara que él no quería poder, “porque el poder abruma”. Luego prácticamente le implora: “Lo que pido, lo que quiero, lo que me hace falta, suma falta, es la confianza del Gobierno”. Sus reclamos encontraron oídos sordos, los camerales decidieron no enviar el texto al Presidente del Legislativo y mantuvieron un grupo de leyes que prácticamente hacían imposible la vida en campaña.

La situación empeoró y el 15 de diciembre el General convocó a una junta en el Horcón de Najasa donde solicitó mayor independencia para el mando militar. Allí expuso cómo “el ejército necesita reforzarse por medio del reclutamiento; y, al efecto, se promulga una ley, que no sólo no dará a la República un soldado más, sino que exime del servicio a la inmensa mayoría de los que tiene”.

Con esa misma lógica prosiguió su reclamo. “El Ejército necesita comer; las leyes colocan fuera de mis atribuciones el ocuparme de los medios de mantener al pueblo y al Ejército (…) El Ejército necesita calzarse; las leyes no me autorizan para procurarle calzado (…) El Ejército necesita pertrecharse; no hay municiones, ni la ley me autoriza para procurarlas; empero si no establezco fábricas de pólvora y de fulminantes, dentro de un mes habría que suspender las operaciones. ¿Qué hago? ¿Cumplo con la ley o no la cumplo?”.

La Cámara vio aquellos pedidos como un intento por implantar la temida dictadura y dos días más tarde destituyó al General en Jefe. Céspedes no estuvo de acuerdo con la decisión y en clara muestra de inconformidad el 4 de enero de 1870 lo nombró Agente Especial del Gobierno en Estados Unidos. La despedida de Quesada fue visionaria: “Tenga entendido, ciudadano Presidente, que desde hoy mismo comenzarán los trabajos para la deposición de usted”.

Manuel de Quesada fue el primer General en Jefe del Ejército Libertador y el causante de serias disputas cuando llegó al exterior comisionado por Céspedes. Foto: Archivo.

La nueva misión del jefe militar consistía en acopiar recursos y enviarlos a la Isla. Sin embargo, la llegada a Estados Unidos produjo una división entre sus seguidores y los de Miguel Aldama, el Agente General en aquel país. A mediados de 1871 la situación es tan crítica que este decide renunciar. Enfrascados en pugnas, corrillos y malversaciones, todos olvidaban a los mambises que peleaban en los campos.

El propio Céspedes sufre los pesares de la contienda. En agosto de ese año le cuenta a su esposa que está “muy delgado: la barba casi blanca y el pelo no le va en zaga. Aunque no fuertes, padezco frecuentes dolores de cabeza. En cambio estoy libre de llagas y calenturas”.

Ante el complejo panorama en la emigración designa al Vicepresidente de la República, Francisco Vicente Aguilera, como nuevo Agente General y lo envía al extranjero. Conocedor de su prestigio y espíritu conciliador, la decisión alberga la esperanza de unir a los criollos, pero pasan más de doce meses y a Cuba no llega ni una bala. Durante todo ese tiempo Carlos Manuel le escribe una y otra vez a su cuñado y lo conmina a enviar recursos. No tiene éxito.

En noviembre de ese año toma otra drástica decisión y suprime los cargos de Comisionado Diplomático y Agente General en Estados Unidos. A su vez, nuevamente prefiere a Quesada, lo nombra como uno de los tres Agentes Confidenciales en territorio norteamericano y destituye a Aguilera de su puesto en el exterior. Meses antes ya le había pedido a Francisco Vicente que regresara a la Isla, pero ahora la noticia indignó al veterano conspirador.

Dos estudiosos como Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo coinciden con otros historiadores en señalar la doble preferencia hacia Quesada como el mayor error de Céspedes en su política con la emigración. Para Carlos Manuel era la carta de mayor peso, pero a un precio excesivamente alto: o su cuñado tenía éxito o lo llevaba al caos. El antiguo General en Jefe no volvió jamás.

Ese terrible drama en la emigración se unió a otros existentes de forma simultánea al interior de Cuba para darle forma a la destitución. Entre ellos, los constantes roces del Presidente con algunos jefes militares le ganaron no pocos desafectos. Hombre de disciplina intachable, arrestó al General Carlos Roloff por desobediencia, mientras más de una vez llamó la atención a Modesto Díaz o Calixto y Vicente García cuando veía desorden en sus tropas.

La destitución de Agramonte le ganó a Céspedes varios enemigos. Foto: Radio Reloj.

Asimismo, en abril de 1870 destituyó a Ignacio Agramonte —en enero del año siguiente el propio Céspedes le ofrece el mando de las tropas de Camagüey—. A su vez, el 7 de junio Céspedes llegó hasta campamento de Peralejo y le pidió a Máximo Gómez un grupo de soldados para su comitiva. El General, áspero y cortante, le respondió que él también los necesitaba y no podría facilitárselos. Al día siguiente Carlos Manuel destituye al dominicano.

A todas luces el incidente es una cuestión menor tomada por Carlos Manuel como falta de obediencia. Y aunque el 11 de junio de 1873 él mismo llama de nuevo a Gómez, ha destituido al líder mambí de mayor prestigio en la manigua. Enrique Collazo no obvia este pasaje: “El hecho demuestra el carácter y condiciones de Céspedes para el puesto que desempeñaba; pero es dable creer que se dejó guiar más por su amor propio lastimado que por la conveniencia general de la Revolución.”

Mientras tanto, la Cámara no deja de mover sus fichas y a inicios de 1870 crea el cargo de Vicepresidente de la República y nombra a Aguilera para ocuparlo. No obstante, en enero del año siguiente la dureza de la guerra obliga a los representantes a entrar en un receso que se extenderá hasta mayo de 1872. Céspedes recibe poderes extraordinarios para enfrentar la ausencia del Legislativo, pero la pugna no ha terminado.

En medio de tantas avatares, Carlos Manuel es un hombre solo e incomprendido. El día del primer cumpleaños de sus hijos gemelos se lamenta de que tal vez no los conozca nunca. Unas jornadas después toma un compás y mide la distancia que lo separa de Jamaica, el refugio temporal de su familia. “¡33 leguas! ¡Qué fácil y brevemente las salvaría una paloma! ¡Ay! Si tuviera sus alas vería a mi hijita, la cubriría de besos, y en pocos minutos volvería a Cuba donde tengo reservada la muerte o la gloria”.

Apenas la Cámara retoma sus funciones y aprueba un acuerdo que reduce a cinco el número mínimo de personas para que sus sesiones tengan quórum válido. Un mes después le comunica a Carlos Manuel que mientras dure la presencia del Vicepresidente en el extranjero, y ante la posible falta del Presidente, el líder del legislativo asumirá esa función.

Céspedes protesta cada decisión cuando la considera alejada de la Carta Magna. “¿Cómo no avergonzarme de verme sometido a semejante entes? —escribe el 5 de julio de 1872— ¿Cómo fiar de ellos, sin zozobras, los destinos de Cuba? ¿Qué responsabilidad no contraigo al abjurar de mis propias convicciones por acatar tanto disparate, o tanta malicia?”.

Varias veces le reitera que “el Poder Legislativo, como los demás poderes, no tiene más atribuciones que las que señala la Constitución”. Más tarde vuelve a la carga y les recuerda “los inmensos males que traería a la Patria el que continuaran legislando por acuerdos (…) sin tener contrincante, sin que nadie hiciera oposición a sus deliberaciones”. Pero los hombres de la Cámara no quieren escuchar.

En otras ocasiones no da su aprobación a las disposiciones legislativas. Martí lo resume de forma magistral: “Se le acusaba de poner a cada instante su veto a las leyes de la Cámara. — Él decía: — «Yo no estoy frente a la Cámara, yo estoy frente a la historia, frente a mi país y frente a mí mismo. Cuando yo creo que debo poner mi veto a una ley, lo pongo, y dejo tranquila mi conciencia»”.

Un nuevo receso entre mayo de 1872 y septiembre de 1873 ofrece un respiro momentáneo. Sin embargo, en medio de esa aparente calma una bala derriba a Ignacio Agramonte en los potreros de Jimaguayú. Cuando la Cámara reanuda sus sesiones ya lo tiene todo para la deposición.

Nadie posee el prestigio de El Bayardo para oponérsele, cuenta con el apoyo de la mayoría de los líderes militares, la ayuda de la emigración apenas existe, Aguilera continua en el extranjero y desde allá ofreció su visto bueno, el propio Céspedes ya muestra en franca disputa con el Legislativo. No pierden tiempo y poco a poco comienza la estocada final.

El drama de la deposición

El Presidente de la Cámara de Representantes, Salvador Cisnero Betancourt, fue designado también Presidente interino de la República. Foto: Archivo.

“Te doy gracias por lo que me dices me tienes preparado; pero de aquí en adelante no quiero que me mandes nada (…) Guárdalo para ti y los chiquitos. Yo estoy satisfecho con lo que tengo. Vivo en una choza a la intemperie. Como lo que me dan, aunque sean los reptiles más inmundos. Ando vestido y calzado de una manera grotesca, pero honesta. No tengo necesidades”.

(Carlos Manuel de Céspedes en carta a su esposa, agosto de 1873)

Varios meses antes de su destitución, Carlos Manuel dejó en su diario un pasaje estremecedor. “Hoy hace un año que no veo a Cambula ni a mi hijita —escribe con una letra minúscula y compulsiva—. Desde ese día he gozado solo todas mis alegrías y solo he sufrido todos mis pesares. Ni una lágrima secreta para mezclarla con el raudal de mis ojos en las noches de insomnio y aflicción; ni una sonrisa cordial en un rostro entristecido para saludar mis venturas”.

Es una reflexión extensa y premonitoria. “Ni una voz simpática y suave —continúa— para consolarme en mis adversidades, o en las injusticias de los hombres”. Luego tiembla: “¿Y el porvenir? ¡El porvenir se me presenta sombrío! Yo expirando, abandonado en la roca de Prometeo; mi honor mancillado; mi patria pobre y esclava”.

Analítico y perspicaz, desde el reinicio de las sesiones Céspedes intuye los verdaderos motivos de la Cámara. Sentía el desenlace mucho más cerca. “Dícese que aquí estuvieron induciendo a Barreto —escribe el 9 de septiembre de 1873— para que no siguiera en la Secretaría de la Guerra, y a mis amigos para que me aconsejases que renunciara a la Presidencia; porque nadie me quería en Cuba. Ay, ¡pobre de mí y yo que a todos quiero!”

El 19 le informan que la Cámara está resuelta a deponerlo, porque así lo pide el ejército. Cinco días después asegura que solo presentará su renuncia cuando vea comprometidos su honor y su responsabilidad, mientras que el 27 las cosas suben de tono y descubre cómo “la Cámara trata de darse una escolta que obedezca solamente a sus órdenes”. En la quietud de su rancho se pregunta qué puede significar eso. “Fácil es responder. Preparan algún golpe de estado que pueda engendrar la guerra civil. ¡Qué horror!”.

El 10 de octubre se cumplen cinco años del grito de independencia y Carlos Manuel saluda a todos. En cambio, ni siquiera tiene descanso en esa jornada de fiesta: “Quizás hoy mismo la Cámara está tomando acuerdos en mi contra”. Ocho días después apela al sarcasmo: “la Cámara ha ido a Bijagual y manifiesta que va a desaprobar mis actos; pero sin meterse conmigo. Parece que mis actos son independientes de mí”.

Tres días antes de la deposición envía un manifiesto al pueblo y al ejército para conocer sus criterios sobre si debe dejar la Presidencia, pero la Cámara se le adelanta. Sobre ella, cuenta en su diario cómo “es evidente que evitan mi contacto, patentizando que están resueltos a llevar a cabo sus planes, y que no quieren oír razones, ni proposiciones”.

El día siguiente confirma que esperaba tranquilamente la deposición y que él, “obediente a la Constitución y a las Leyes, no sería la causa de que se derramara sangre cubana”.

Finalmente llegó el 27 de octubre de 1873: “Se me avisa que la Cámara, en sesiones secretas, está tratando de mi deposición y que se llevará a cabo. Me piden la renuncia; pero no debo hacerla, porque me echaría la responsabilidad. Daré las gracias a la Cámara por su resolución que me quite de encima el peso del Gobierno y ella responderá de las resultas que deseo sean felices para la Patria (…) Estoy tranquilo”.

Ciertamente, a solo tres leguas de Carlos Manuel la Cámara se reunía para quitarle la presidencia de la República. Alrededor de 1500 soldados comandado por el Mayor General Calixto García, interesado en la unificación del mando Oriental,  asistieron al lugar con el pretexto de realizar acciones militares, pero en la práctica funcionaron como apoyo a los legisladores. Otros jefes como Vicente García y Modesto Díaz también habían dado su apoyo. La conjura estaba hecha.

Con un quórum de solo ocho personas la Cámara decidió por unanimidad la destitución. Según el polémico acuerdo de sucesión, el Presidente del Legislativo, Salvador Cisneros, ocuparía el cargo de Céspedes y por tanto no participó en el voto alegando cuestiones de honor. En su ausencia la reunión la presidió Tomás Estrada Palma.

La principal acusación fue la de implantar la tiranía, aunque uno por uno los camerales hicieron otras. El investigador Rolando Rodríguez reflexiona sobre aquellas imputaciones.

“Céspedes había repartido grados y cargos a familiares, se había extralimitado en sus funciones, había cohibido el derecho al sufragio, había abandonado a las fuerzas de Las Villas, había violado el derecho de petición, se había inmiscuido en las cuestiones judiciales. ¿Hubo pruebas? Ninguna. Solo palabras y más palabras. Era como si recíprocamente trataran de convencerse de por qué debían cometer tamaña torpeza”.

Aunque existen discrepancias entre los historiadores sobre la legitimidad y validez de la decisión cameral, un punto sí queda bastante claro: si se miran exclusivamente los acuerdos vigentes en ese momento, fue una decisión legal. En cambio, si se analiza la forma en que esas disposiciones fueron dictadas, a partir de voluntades personales, con desconocimiento del veto presidencial e incluso violando la Constitución, entonces la injusticia es evidente.

¿Que Céspedes cometió errores? Cierto. Que alrededor de él se tejieron confabulaciones, bajezas personales y sobre todo muchas incomprensiones y carencias de espíritu, lo es más todavía. Luego de sondear a quienes lo conocieron, Martí llega a la mejor conclusión que hasta hoy se ha dado sobre el Padre de la Patria: Céspedes fue el hombre “en quien chocaron, como en una peña, despedazándola en su primer combate, las fuerzas rudas de un país nuevo”.

“Hombre de mármol”

En todo momento Céspedes mostró una dignidad que impresiona. Foto: Archivo.

“He hecho lo que debía hacer. Me he inmolado ante el altar de mi Patria en el templo de la ley. Por mí no se derramará sangre en Cuba. Mi conciencia está muy tranquila y espera el fallo de la historia”.

(Carlos Manuel de Céspedes en carta a su esposa, 21 de noviembre de 1873)

La madrugada del 28 de octubre de 1873 llovió mucho en La Somanta, el lugar donde Céspedes tenía su campamento. Apenas amaneció y Carlos Manuel encontró ante sí dos comunicaciones de la Cámara. La primera le informaba de su destitución; la segunda le presentaba a Salvador Cisneros Betancourt como su sustituto y le orientaba traspasarle los archivos y enseres del Gobierno.

Aunque para él ambas notas adolecían de nulidad, las contestó casi en el acto. Entonces agradeció la liberación del cargo, “sin que pueda decirse que he abandonado mi puesto ni atribuirse a cansancio o debilidad mía”. Dueño de sí, también le informó al órgano legislativo que en cuanto concluyera la organización y el inventario de su papelería daría el aviso para la entrega.

Aun sin saberlo comenzaba para Céspedes otra batalla. Una vez depuesto, su objetivo era salir de Cuba y reunirse con su familia en el extranjero. Desde allá podría ser más útil a la causa de la libertad y evitaría que su presencia en la Isla provocara mayores desuniones. Sin embargo, ahora tendría que enfrentar todo el odio contenido y las bajezas más crueles.

Apenas dos días después de la destitución, lo conminan a trasladarse a la sede del Gobierno mientras duran los trámites del traspaso de la papelería. A su vez, le retiran las escoltas y ayudantes, con el pretexto de incorporarlos al Ejército para suplir la carencia de personal. “Tengo órdenes de Calvar en que parece que estoy detenido —escribe ese día—. Parece que se trata de interceptar mi correspondencia. Creo que el Ejecutivo trata de coartar mi libertad”.

Esa misma jornada ya tiene listos y entrega los documentos que se le piden, pero apenas unas horas después anota en su diario un pasaje estremecedor.

“Todo el mundo está aterrorizado y temblando por su cabeza (…) Tengo escondidos los pliegos que debía mandar al extranjero. Nadie se atreve a tomarlos, ni yo me atrevo a entregárselos a nadie. Sin embargo no son más que copias de documentos y cartas simples. No obstante temo que crean (y no es así) que trato de organizar la reacción y «me asesinen», o hagan caer en poder de los españoles”.

A partir de este momento comenzará una larga serie de ofensas e intentos de humillaciones hacia el Padre de la Patria. Una y otra vez le llegan comunicaciones firmadas por el Secretario interino de la Guerra, Félix Figueredo, solicitándole nuevos documentos, pero también cuestiones menores. Es un intento para mantenerlo atado a los designios del Ejecutivo y la Cámara.

Un día le exigen la entrega de su colección del periódico «El Cubano Libre», aun cuando Céspedes asegura que el Gobierno también posee una. En otra ocasión le solicitan los planos de los lugares donde están ocultos los archivos y la correspondencia con los agentes mambises. La situación se vuelve risible cuando le exigen la devolución de una caja de pinturas y un estuche de matemáticas.  

“No tengo nada —le contesta a Figueredo—, absolutamente nada que pertenezca al Gobierno, que todo lo he entregado, que lo poco que poseo es exclusivamente mío; sin embargo, yo que todo lo he cedido a la Patria, haciendo un sacrificio más estoy pronto a entregar lo que me queda, si se me exige, deseando solamente que se me prevenga con rapidez para poder usar mi libertad, que es lo que más aprecio”.

Ante cada agravio Carlos Manuel reacciona lleno de dignidad, sabe que intentan vejarlo, herir su orgullo de libertador, pero sus respuestas son dagas cortantes. “Para oscurecerme o deshonrarme —había escrito en su diario— tendrán que arrancar más de una página de la historia”. La situación es tan crítica que el propio Cisneros le pide a la Cámara más respeto hacia el Padre de la Patria.

“Céspedes no es el hombre que ha dejado de ser Presidente, sino el que engendró la Revolución —les recuerda—. La personalidad del ciudadano Carlos Manuel de Céspedes está tan adherida a la Revolución de Cuba que abandonarlo, porque ha dejado de ser Presidente, a sus propios recursos, sería un desagradecimiento”. Sin embargo, el Legislativo no cede y le responde que Carlos Manuel es un asunto puramente administrativo, o sea, de la presidencia del país. Cisneros lee el mensaje y prefiere el silencio.

Otro mes aguarda Céspedes por su libertad. No está formalmente preso, pero el Gobierno lo mantiene frenado con sus reclamos y demoras. Por fin le informan que puede continuar la marcha con el Ejecutivo o ir a donde más le convenga, aunque le aclaran que quedan “negocios pendientes”. No le han entregado pasaporte para salir del país y él está resuelto a no marcharse como un fugitivo.

Junto con la comunicación viene un nuevo ultraje: no tendrá escoltas ni ayudantes. Solo su hijo Carlos Manuel y su hermano político José Ignacio Quesada lo acompañan. El Gobierno le sugiere un campamento cercano. Es el 27 de diciembre de 1873 y se cumplen dos meses de su deposición. Solo le restan otros dos de vida.

“Como un sol de llamas que se hunde en el abismo”

En San Lorenzo se le rinde tributo al Padre de la Patria. Bijagual está cubierto bajo las aguas de la presa Carlos Manuel de Céspedes. Foto: Internet.

“No tema Ud. acusarnos y pintarnos como fuimos, con nuestros grandes defectos y con nuestras pequeñas virtudes. La posteridad dispensará los primeros y solo recordará las segundas, teniendo en cuenta que hemos sufrido bastante para merecer el perdón”

(Calixto García en carta a Fernando Figueredo, 29 de mayo de 1883)

Luego de una pequeña estancia en la región de Cambute, el 23 de enero de 1874 Céspedes llegó a la Prefectura de Guaninao, dentro de la cual se encontraba el poblado de San Lorenzo. Era un pequeño caserío ubicado en las faldas de una de las montañas de la Sierra Maestra. Desde allí pretendía cumplir dos objetivos fundamentales: esperar el pasaporte del Gobierno y estar más cerca de la costa sur, por donde saldría hacia Jamaica.

Pero Carlos Manuel aun no es libre y llega a San Lorenzo en calidad de “residenciado”. Según su propia explicación a José Lacret, Prefecto del lugar, no podrá moverse de allí sin una autorización suya. El muchacho enseguida comprende la necesidad de proteger a su huésped e instala un sistema de guardias nocturnas. La medida se une a la vigilancia establecida en la cima de la montaña. Es un lujo que sus enemigos no le pueden permitir.

En un gesto cuando menos sospechoso, el Gobierno relevó de la jefatura de la zona al Brigadier José de Jesús Pérez, sincero partidario de Céspedes, y en su lugar colocó al Coronel Benjamín Ramírez, contrario al expresidente. El cambio enseguida se hizo sentir y de San Lorenzo salieron las armas disponibles para la defensa del lugar. Aun así, Céspedes tiene una dosis de tranquilidad.  

“Mi casita es bastante grande —le escribe a su esposa—: de guano pero bien cobijada y con buenas maderas. Tiene dos cuartos capaces forrados de tablas de palma y cedro. En uno vivo yo y en el otro Carlitos. La cocina es espaciosa y bien hecha. Inmediato y casi en derredor hay seis bohíos habitados; de suerte que estamos muy acompañados. En mi cuarto tengo la hamaca, una mesita escritorio, un banquito para ella (todo de cedro), mis maletas, armas y otros utensilios. No falta que comer y hay un buen baño en el riachuelo. Raro es el día que no hacemos o recibimos visitas a más o menos distancia. Todo el vecindario nos muestra mucho cariño”.

Su rutina se resume a jugar ajedrez, escribir y visitar a las familias del lugar. Almuerza temprano, toma su baño, duerme la siesta y en la tardes comparte el café en los bohíos de algunas señoras. Se ha empeñado en enseñar a leer y escribir a varios muchachos del lugar. Cada día espera noticias sobre su pasaporte, pero nada recibe. “En cuanto a mí —dice incluso antes de llegar a San Lorenzo— soy una sombra que vaga pesarosa por las tinieblas”.

El osario de Céspedes, durante la última exhumación de sus restos. Foto: Carlos Manuel Ponce.

El 23 de febrero el Gobierno decide no entregarle el permiso para viajar. Ya nada tiene que hacer en el caserío y decide partir el 28 a otro sitio más seguro, pero el día antes un batallón español llega hasta el lugar y descubre al “Presidente viejo”.

Como si tuviera una premonición, esa jornada escribe en su diario, “por lo que pueda importar en lo adelante”, una dura semblanza sobre los miembros de la Cámara que participaron en su deposición. Las últimas letras de su vida son a la vez su denuncia final: “Abrazando ahora en conjunto a todos estos Legisladores, concluiré asegurando que ninguno sabe lo que es la Ley”.

Ese 27 de febrero de 1874 Céspedes decide no asistir a un almuerzo en un caserío cercano y se queda en San Lorenzo. Mientras realiza su acostumbrada visita a los bohíos, una niña lo pone en alerta sobre la presencia del enemigo. Sale con su revólver en la mano y se interna en el monte. Trata de llegar a un despeñadero y por ahí escapar. Tiene 55 años y la visión borrosa. Corre entre los bejucos perseguido por los españoles. Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo recuerdan el momento final.

“Sus perseguidores ganaban terreno; ya cerca del abismo se volvió y disparó, prosiguió la huida, se volvió de nuevo, ya al borde de la sima, para dispararle al enemigo que tenía más cerca, el sargento Felipe González Ferrer. Disparó por segunda vez, pero el sargento también, y a boca de jarro. Herido de muerte, el mártir cae por el barranco en que busca su salvación”.

Los restos de Carlos Manuel de Céspedes, durante su última exhumación en Santa Ifigenia. Foto: Carlos Manuel Ponce.

Al final del precipicio está el cadáver del primer mambí, con una herida de bala encima de la tetilla izquierda, justo sobre el corazón, y un golpe encima del ojo derecho que le desfigura el cráneo. Sus perseguidores izan el cuerpo y lo arrastran hasta el centro del poblado. Su hijo, que oyó los disparos en la distancia, apenas pudo recoger del suelo fragmentos del pelo y sus ropas.

El cadáver fue expuesto en Santiago de Cuba y enterrado en una fosa común, pero el 28 de marzo de 1879 un pequeño grupo de hombres lo exhumó y escondió sus restos. Tras otras exhumaciones y entierros, hoy descansa en Santa Ifigenia. A su derecha tiene a Mariana; a la izquierda está Martí, como si recordara lo que Céspedes nunca ha dejado de ser: “un volcán, que viene, tremendo e imperfecto, de las entrañas de la tierra”.  

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eva