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Daniel Mella, el hombre que no podía escribir de manera luminosa

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Mientras leía Trilogía del dolor, recordé aquella tarde de enero de 2019 en que Mella me recibió en su casa de Parque del Plata (Uruguay) para tomar unas cervezas y charlar. Unos meses antes habíamos hecho una entrevista por videoconferencia para CTXT a propósito de la publicación en España de su libro de cuentos Lava y de su novela El hermano mayor, y nos pareció buena idea retomar aquella conversación en persona. Durante la entrevista, Mella había hablado larga e íntimamente sobre la muerte de varios de sus seres queridos y del peso de esa experiencia en su obra. Al terminar había dicho algo que me había conmovido: quienes mueren nos regalan un estado de claridad y nitidez, y al menos por unos días se nos aclaran las prioridades y nos aferramos a “no volver nunca del todo a la realidad pelotuda”. Curiosamente, aquella tarde de verano austral en que lo visité dejamos a la muerte en paz y el único dolor que cruzó la conversación fue el de su espalda.

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De hecho, nada más entrar en su casa, Daniel tiró sus 192 centímetros de exjugador de baloncesto al suelo y se puso a hacer estiramientos: el lumbago lo estaba matando. Se tendió entre la chimenea y una larga tabla de surf que, según explicó, hacía años que no utilizaba a pesar de tener el mar a 500 metros. Lo de hacer deporte había sido un pecado de juventud: a los 18 años atravesó una larga crisis personal de la que salió, entre otras cosas, fumador, exmormón y fenómeno literario. Esto último al menos tiene explicación: los azares editoriales quisieron que sus dos primeras novelas salieran en dos sellos distintos con un mes de diferencia; eso, unido a su edad, 21 años, resultó un bombazo para el pequeño y manso mundo cultural uruguayo de finales de los noventa. La mercadotecnia tardó poco en elevarlo a los altares de gran promesa literaria, algo que terminó siendo un estigma y una losa para él.

El dolor de espalda de Mella viene de lejos, incluso aparece mencionado en El hermano mayor (Comba, 2017), la novela donde revisa el vínculo que lo unía con su hermano Sebastián –fallecido en una tormenta eléctrica–, la paternidad o las relaciones de pareja. También es un libro interesante porque reflexiona sobre cómo se gestaron sus tres primeras novelas –Pogo, Derretimiento y Noviembre–, publicadas todas antes de que él cumpliera los 25 años. La editorial Comba las ha reunido en un solo volumen bajo el título de Trilogía del dolor, que salió a principios de 2020.

La tiranía de la oscuridad

Tiene sentido leer esta trilogía a la luz de lo que Mella cuenta sobre esas tres novelas en su catártico, bello y, por momentos, incómodo El hermano mayor. La interacción entre ambos libros es fructífera, pues ofrece no solo un retrato bastante acabado del autor, sino que nos acerca algunas reflexiones sobre cómo entiende la literatura. De hecho, hay una idea fija que aparece de manera recurrente en esa novela, y que parece explicar el título elegido para esta trilogía: el arte nace del dolor.

Ese es un concepto nuclear en la obra de Mella. El dolor y la muerte han sido el motor principal de su escritura, tildada con frecuencia de pesimista, oscura o depresiva, sobre todo en esa etapa inicial. Los protagonistas de esas tres novelas parecen querer romper a toda costa el mecanismo de identificación con el lector, y tienen un comportamiento sádico, violento o irritante que hace pensar en ellos como gente bastante insoportable. Puede que el lector llegue a entender que son personas con un elevado sufrimiento psíquico, pero difícilmente le caerán bien.

Mella ha intentado sacar su literatura varias veces de ahí y escribir algo más luminoso. Primero lo intentó en Noviembre y lo volvió a probar con El hermano mayor, pero ambos intentos resultaron un fracaso en ese aspecto, si bien en las dos novelas se aprecia un viraje desde la crueldad y la frialdad hacia la intimidad. A Mella le encantaría escribir a lo César Aira – un autor al que admira y lee con fruición–, pero no le sale. Su relación con la escritura es otra, y tiene que ver más con procesar las vivencias que con elaborar historias imaginativas.

“Uno en un punto se tiene que resignar a escribir lo que puede escribir”, declaró en CTXT. Por un momento, explicaba, había emparentado en su cabeza la cuestión de que “Pogo, Derretimiento y Noviembre fueron libros producto de una depresión”, y que por lo tanto no eran la literatura que él deseaba que lo representara. Entonces, pensó que, si se curaba de esa depresión y encontraba la paz consigo mismo, lo que escribiría sería distinto. Sin embargo, después de trece años de silencio entre esa trilogía del dolor y sus dos siguientes libros, Lava (Comba, 2017) y El hermano mayor, la conclusión es la misma: su escritura sigue reñida con la luminosidad. Y ahora no es una cuestión de si la vida es maravillosa o no –se siente razonablemente tranquilo y estable, y le van bien las cosas–, sino de temperamento, del tipo de imaginación, de algo que no sabe explicar, pero que está ahí y que funciona como un imperativo artístico: si no lo obedece, no hay escritura. En ese sentido, recuerda mucho a Felipe Polleri, quien suele decir que tiene la imaginación podrida y que debe luchar contra los sentimientos ambivalentes que le produce el material que emana de su inconsciente.

‘Pogo’: primera aproximación al dolor

Todo empieza con un coqueteo serio con el suicidio mientras la familia disfruta de la playa en un apacible balneario de la costa uruguaya. Sin esa experiencia no existiría Pogo (1997), la primera novela. Al menos eso se desprende de lo que cuenta Mella en El hermano mayor, donde relata así su nacimiento como escritor:

“Yo iba a ser el primero en querer morir. Iba a tener mi oportunidad a los 19. Iba a pasar toda una noche con el revólver de papá y tres gramos de merca en la casa vacía. Como es verano, el resto de la familia estará en La Paloma. Yo pensaba que mi muerte sería una especie de obsequio para mis padres. Pensaba que eso era justamente lo que ellos precisaban para sacudirse la modorra existencial: la muerte de un hijo. Pero me va a ganar la cobardía o la inteligencia. No me voy a pegar un tiro. Voy a disparar al cielo esa bala que lleva mi nombre y unos meses después, cuando me vuelva a dar la chiripiorca, me voy a convertir en escritor”.

Es una escritura cuyo objetivo es el exorcismo del monstruo interior: lo inmediato es sacarse la violencia acumulada y encerrarla en un papel

De ahí nace Pogo: de un chico desnortado que cambia la pistola por el bolígrafo y una cuaderno que lleva a Goofy en la portada –Tribilín en su versión uruguaya–, y escribe a todas horas y en todas partes. Aparece así una escritura asertiva, rápida, nerviosa, intensa, áspera y que salta de un asunto a otro, incapaz de hacer foco en algo durante mucho tiempo. Es una escritura cuyo objetivo es el exorcismo del monstruo interior: lo inmediato es sacarse la violencia acumulada y encerrarla en un papel; hay que escribir hasta vaciarse y expulsar el último temor. El protagonista de la novela lo hace al ritmo de Los Ramones, Superchunk, Motorhead, Pink Floyd o Yehuda Menuhin, y movido por un motor literario –no solo por la cocaína– formulado como un eslogan grunge: “Puedo decir lo que quiera. Voy a decir lo que quiera.  Me voy a escudar en mi edad”.

Pogo cuenta en primera persona la historia de un chaval que se queda a cargo de su madre enferma mientras su padre se marcha a un congreso religioso en Brasil. En esa semana en que el padre estará fuera, el hijo le suspenderá la medicación a la madre, la encerrará en su cuarto y dejará que agonice hasta morir. Si bien uno podría pensar que la novela es una mera catarsis, Mella ha explicado en varias ocasiones que el protagonista y él comparten cierto bagaje vital –una adolescencia marcada por la religión o el ambiente universitario, por ejemplo–, pero que todo lo demás está inventado. En El hermano mayor lo formula aún más taxativamente y dice que comparten, sobre todo, “la altura, la chuequera y la ansiedad sexual”.

Para escribir Pogo, Mella debe enfrentarse al típico momento en que la ficción colisiona con la realidad y la cabeza pide censurar una escena que seguramente será malinterpretada por la familia. En su caso se trata de que el protagonista no solo deja agonizar a su madre, sino que se la folla una vez que está muerta. Si bien la escena se lee simbólicamente como la necesidad vital de que la madre deje de ser el centro gravitatorio de la vida del personaje, a Mella le da por pensar que probablemente su madre se ofenderá, su padre querrá pegarle y los demás pensarán que es un pervertido. Más allá de lo morboso, dejar o quitar esa escena decidirá su futuro literario.

Se trata “de escribir o morir”, reflexiona en El hermano mayor. Y añade: “Si no puedo ser libre en mi literatura, no voy a poder serlo en ninguna parte”. Ahora bien, esa proclama en favor de la libertad no es un concepto vacío, sino que obedece a una necesidad concreta: “Al escribir voy descubriendo que puedo expulsar a mis padres de los territorios que conquistaron impunemente desde mi infancia más temprana”. Cuando se publica Pogo, la novela sale con la perturbadora escena del incesto necrológico materno. Mella tiene 21 años entonces, y ya ha descubierto aquello de Fogwill de que hay que escribir para evitar ser escrito por los demás.

‘Derretimiento’: segunda aproximación al dolor

Derretimiento se publica un mes después de Pogo, pero ya en 1998. Aunque había pasado algo más de un año entre la escritura de ambas, Mella sigue siendo un escritor novel y, como tal, está en pleno proceso de formación. Por aquel entonces, el rumbo parecen marcarlo una mezcla del Levrero de La ciudad, el Onetti de El pozo, Bret Easton Ellis y Salinger. En cualquier caso, lo que caracteriza a ese jovencísimo Mella es que escribe de manera compulsiva: cada vez que llega a casa, se encierra a escribir. A diario. Como si sus padres o hermanos no existiesen. Los sábados, después de recuperarse de la fiesta que se había dado la noche anterior, se queda en la cama o se va a la buhardilla, y allí fuma y escribe hasta el lunes, cuando se va a trabajar. Lo cuenta así en El hermano mayor:

“Cada vez que abran la puerta me verán escribiendo. Me preguntarán qué es eso que estoy escribiendo y les diré cuentos, novelas; no sabrán que estoy plantando bombas de tiempo en nuestra familia modelo. No sabrán que, al escribir aquella escena del incesto necrofílico sin importar las repercusiones, me habré inaugurado como escritor y que ya no hay límites para lo que pueda escribir”.

Una noche la madre de Mella está desvelada, se levanta de la cama, va a buscarlo y detona una de esas bombas de tiempo: ¿qué han hecho mal su padre y ella para que él “tenga algo tan monstruoso adentro”? ¿No podría haber escrito algo bonito, edificante y luminoso? ¿Qué clase de aberración son esos libros llenos de violencia, enojo y crueldad?

Mella decide que el camino de la perdición es, como mínimo, mucho más real que ese otro lleno de sentimientos de culpa, traición y fracaso en el que estaba viviendo

Mella era mormón y, como tal, sus padres confiaban en la salvación eterna de la familia en una hipotética vida en el más allá. Que renegara de la fe mormona implicaba una pérdida irreparable: no solo se condenaba él, sino que condenaba a toda la familia a quedarse sin la salvación. Pese a todo, Mella decide que el camino de la perdición es, como mínimo, mucho más real que ese otro lleno de sentimientos de culpa, traición y fracaso en el que estaba viviendo. Lejos de amilanarse, redobla la apuesta y encuentra un nuevo objetivo para su escritura: extirpar a sus hermanos “la ruina moral” que les había inoculado “aquella fábrica de monstruos”.

Quizá por eso en Derretimiento la familia aparece mencionada como “un monstruo gordísimo y ágil, de tres cabezas y seis manos, ojos de pájaro clavados en las profundidades de la cara de ratón, capaz de las más crueles demostraciones de rencor y también de fugaces raptos de ternura”. Un monstruo cuya función parece ser reducir a la inmovilidad absoluta al narrador, y tenerlo a su merced mientras este atraviesa un estado de postración derivado de una enfermedad psíquica que lo ha llevado a intentar suicidarse.

Sin embargo, un día el protagonista despierta de ese aletargamiento. Tras un periodo en que se siente sumamente vulnerable, tiene una epifanía cuando ve cómo un perro ovejero mata a dentelladas a otro perro de la calle: a los débiles los aniquilan. A partir de esa experiencia se desata en él un animal rabioso que transforma el dolor acumulado en violencia contra todo y contra todos. Es como si el personaje, al admitir su agonía, pudiera entonces entregarse a ella a fondo, y como si obedecerla al pie de la letra fuera la única manera de aplacarla.

‘Noviembre’: tercera aproximación al dolor

Entre la segunda y la tercera novela, Mella decide que es hora de escribir algo luminoso. En términos literarios, vive un momento dulce: Pogo lo ha convertido en un icono, Derretimiento se ha publicado en España, hay conversaciones para que salga en Francia y él reseña ficción en la revista Insomnia. Se siente un prodigio y quiere “expresar algo de todo eso a través de su escritura”.  Y ese algo tiene que ser luminoso.

Por desgracia, fracasa en el intento: no consigue escribir nada.  Vuelven entonces los nervios y las noches sin dormir. Mientras fuma un cigarro, acontece la revelación: Pogo y Derretimiento son oscuras porque las ha escrito en la casa familiar; en cuanto se emancipe y alquile un apartamento, dejará atrás esa frialdad y tono pesimista que envuelven lo que escribe. Dicho y hecho: se muda a vivir al barrio de Ciudad Vieja y allí, en soledad, empieza a escribir Noviembre. Aunque no es luminosa, al menos las primeras páginas evocan una melancólica historia de amor. La cosa va bien. Incluso abandona la primera persona y narra en tercera, algo que ve como un signo de madurez literaria.

Sin embargo, un día su mente lo traiciona y, de buenas a primeras, escribe una escena donde muere Maite, la hija del protagonista. A continuación, estalla la crisis creativa y, como explica en El hermano mayor, se bloquea al comprobar que su “mente agarra para el mismo lado tortuoso de siempre”. Es más: se aleja de la novela por un tiempo a la espera de que la historia “agarre por otros derroteros”. Cada vez que retoma la novela no ve la manera de salvar a Maite. De nuevo, una escena le plantea una encrucijada donde analizar su vínculo con la literatura.

El bloqueo se rompe de manera inesperada (y algo salvaje) debido a la muerte del hijo de una chica con la que tiene un romance. Si antes era la muerte propia, ahora es la ajena la que moviliza su escritura: Mella retoma la novela donde la había dejado, deja que muera el personaje de Maite y sigue escribiendo. De nuevo, la oscuridad se apodera de su literatura y, como opina su amigo y mentor Ricardo Henry, vuelve a escribir desde “una dureza de corazón, desde el frío”. O, como reconoce Mella, desde “las zonas más despiadadas” de su alma. El peaje a pagar será grande, y la luminosidad deberá esperar mejores tiempos.

Noviembre cuenta la separación de Guzmán y Ana, una pareja joven y bien avenida. De hecho, todo había ido bien entre ambos hasta que nació Maite y debieron ejercer como padres; entonces, la relación comenzó a desmoronarse. Uno de los motivos fue que la familia de Ana quería darles dinero y que así ella no trabajase, una injerencia que Guzmán consideró inaceptable. Noviembre es una novela sobre cómo pasamos de amarnos a convertirnos en extraños –y viceversa–, sea en la pareja o en la relación filial. También es una reflexión sobre la posibilidad o no de llegar hasta el centro mismo de la otra persona.

Mella me dijo que soñaba con escribir el libro más luminoso del mundo, con escribir el libro del canto a la esperanza

Aunque la novela tiene una acogida excelente, Mella se retira del circuito literario. De algún modo, le da miedo que la literatura lo fagocite y sea lo único que le dé sentido a su vida. También necesita un tiempo para atemperar la frialdad, el enojo, la ansiedad, la sensación de que todo es una gran mierda y no hay futuro. Tiene entonces 24 años, y recién está comenzando el siglo XXI.

Cuando lo entrevisté en 2018, Mella me dijo que soñaba “con escribir el libro más luminoso del mundo, con escribir el libro del canto a la esperanza” y que “sería muy lindo hacerlo, pero ya es solo sueño inofensivo a esta altura”. En su momento, me sonó a broma, a ironía cínica en alguien de quien se podía esperar cualquier cosa menos eso. Después de releer El hermano mayor y leer la Trilogía del dolor, sin embargo, me queda claro que nada le haría más ilusión a este exjugador de baloncesto y exsurfista con algo de lumbago existencial.

Quizá esté cerca de conseguirlo. Hace poco dejó la tranquilidad de la playa de Parque del Plata y regresó a vivir al trajín de Montevideo, donde practica yoga para mejorar de la espalda y, en breve, saldrá su último libro, Visiones de Emma. Todo apunta, como me ha escrito a vuelta de correo, a que acaso “lo luminoso esté en la puerta”. Veremos si se produce el encuentro o si continúa la espera.

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