El Madrid se quedó a medias y se trajo a Valdebebas medianamente viva una eliminatoria que a estas horas no debería estarlo. Cumplió con creces la primera parte del plan, la de no equivocarse atrás. Lo agradeció Courtois, al que sólo se le cansó la vista. Pero volvió a pinchar arriba, con una delantera inválida de salida y sin remedio en el banquillo, cuando todo le fue de cara. Ante un rival que jugó tres cuartas partes del partido con diez y que no tiene una defensa de la que presumir, se trajo una exigua ventaja con un derechazo lejano de Mendy. Rareza sobre rareza. Es Benzema o la nada. Poca cosa para aguantar con vida en esta jungla.

La Atalanta es un equipo tan insólito como insolente, un aventurero en el calcio, una palmera en la nieve. Su plan es resolverlo todo a tiros donde no hay costumbre y le ha ido estupendamente con ese descaro homicida o suicida, según se mire, del recién llegado. Un atrevimiento que alimenta un patrón de 63 años, Gasperini, con el optimismo de un cadete. "Ganamos o aprendemos", es su lema. El negacionismo de la derrota. Esa ola de entusiasmo topó con un Madrid con muletas, privado de sus más reputadas figuras, obligado a jugar con lo puesto, con tres grandes centrocampistas y un portero para hacerse cargo de todo el negocio mientras los médicos recomponen la plantilla para la vuelta.

Isco por Mariano

Y en Valdebebas pensó también Zidane metiendo a Isco como ariete simulado. Al francés le sirvieron 24 minutos potables del malagueño en Zorrilla para limpiarse a Mariano. Cualquier excusa le parece buena para sacar del once a un nueve que nunca fue de su gusto. En tres meses y medio Isco sólo había sido titular en el despiporre de Alcoy, pero para sortear esa primera presión-tenaza, casi individual, de la Atalanta se precisaban jugadores de buen pie y eso sí lo conserva.

Los italianos no cambiaron la partitura. Su primera ocasión fue un cabezazo en grado de tentativa de Gosens, su kilómetrico lateral izquierdo. Ese es su fuerte: estirar las bandas, robar alto y pronto, meterle marcha al asunto. La contramedida del Madrid tuvo lógica: pelota, pelota y pelota. El plan era alargar las posesiones para quitarle fuego a la Atalanta, que a la entrada al estadio fue recibido entre bengalas por un grupo de aficionados, soporte incompatible con la pandemia. Menos aquí, zona cero de la primera ola.

La expulsión de Freuler

Y fue un atracón del pases del Madrid lo que cambió el encuentro. Tocó y tocó el equipo blanco hasta que Vinicius encontró a Mendy y Freuler le derribó cuando enfilaba a Gollini. Vio el suizo una roja exagerada por una acción mucho menos punible que la que antes había pasado por alto el alemán Stieler en un planchazo del meta al propio Vinicius en una salida a todo o nada. Error por error, y la Atalanta con diez con casi hora y cuarto por delante. Y de inmediato, el segundo percance: la lesión muscular de Zapata, nueve de referencia. A Gasperini se le iba el partido del siglo por dos fugas inesperadas.

El Madrid, con este doble golpe de viento de cola, fue abandonando su visión académica del duelo. Progresivamente fue pasando de superviviente a dominante, consciente de que podía bajarle la persiana a la eliminatoria, pero Isco tiró por la organización en lugar de por la definición, Vinicius apenas prosperó y Asensio sabe a muy poco. Eso dejó un Madrid más recolector que cazador, aunque se encontró con algunas oportunidades notables: un disparo cruzado de Nacho tras incursión sorpresa, una media vuelta mordida de Isco, un disparo lejano de Modric y otro de Vinicius, un cabezazo blandengue de Asensio, otro de Casemiro que Gollini rechazó con el pecho... El Madrid se marchó al descanso con el partido en la palma de la mano y también con el recurrente reproche de no echarle el lazo por falta de pólvora.

La derecha de Mendy

La Atalanta se vio condenado a un papel que no se sabe, defender en su área, achicar agua, olvidarse del gol. No es su fuerte. El Madrid, convencido ya de que el blanco se había vuelto fácil, apretó arriba, recuperó pronto y llegó con frecuencia al área. Modric, Vinicius y Kroos tuvieron el gol muy a mano, pero sus disparos encontraron siempre un roce providencial en los zagueros de la Atalanta.

Con tanto tráfico en área neroazurra el cuerpo pedía a Mariano y con media hora por delante ZIdane decidió que era el único capaz de apretar el gatillo. Relevó a Vinicius aunque había comprado más papeletas Asensio. Gasperini se resignó a ese 0-0 que le espanta. Por eso cambio el olfato de Muriel por la zurda experta de Ilicic, pero sin doblar su ataque. No era el día.

Al Madrid empezó a hacérsele tarde. Con el físico de punta en blanco no se cobró la pieza y pasada la hora de partido comenzó a flaquear. La cadena de oportunidades de medio pelo se vio interrumpida. El partido seguía siendo monocolor, con Courtois de oyente, pero el Madrid había bajado ya el volumen ofensivo por falta de fuerzas. Demasiados partidos concentrados en las mismas piernas. Con el oxígeno llegaron Arribas y Hugo Duro, reclutas en el frente. La solución no llegó por ahí, sino en un derechazo colocado de Mendy desde el borde del área. Extraño, pero de platino.