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Con sentido

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“El problema es que la derecha no necesita ningún ideal para gobernar, 

mientras que la izquierda no puede gobernar sin ideales.”

José Saramago

La Historia no era tan solo esa consejera triste de Herodoto, que conocía tantas cosas y no podía cambiar nada, era también una pulsión de vida que nos devolvía a nosotros mismos, nos enraizaba nombrándonos, poniendo color a esa silueta improbable del espejo. 

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No somos lo que fuimos, somos lo que recordamos que fuimos mientras el día a día nos arrastra como una aspiradora loca que devora entre ruido todo nuestro pasado. 

Algunas personas pensamos, además, que la Historia es la historia de algo, que un viejo topo transita bajo ese ruido absurdo transportando al futuro lo que poco a poco vamos construyendo, en silencio, más allá de los titulares y los relatos, en cada escuela, en cada taller, en cada casa, en cada parlamento. 

Que no sólo nada es casual, sino que hay que elegir, que hay siempre un lado correcto de la historia, de la de antes, de la de ahora, un camino que trae el futuro y otro que lo detiene, la luz o la oscuridad, la libertad o la miseria.

Vale que la España salida de la transición –ahíta de raza, herrumbre y ropa vieja– decidiera dejar en la estación del franquismo todas sus pertenencias. 

Pero cosa distinta ha sido ver como el culto al futuro servía para intentar borrarnos la memoria, como si no hubiéramos sido, como si no hubiéramos luchado, como si no hubiéramos perdido, como si no hubiéramos ganado. Como si no hubiera un lado correcto de la Historia. Como si no hubiera historia. Como si nada. 

Decía Saramago que se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia. Han pasado ya diez años desde el derribo de la cárcel de Carabanchel y ahora el Ayuntamiento de Madrid ha decidido dedicar la parcela a la lucrativa construcción de viviendas y quizá de un hospital. (Las viviendas seguro, el hospital ya veremos). 

No quedará un vestigio del edificio derruido, ni siquiera un ahí, una delimitación del solar, del hueco, de la ausencia, no quedará nada de lo que fue, nada de nada, nada de tantas historias, nada de tanto trabajo, ninguna carta, ninguna conversación, nada de la última mirada de los fusilados, ni un eco de los gritos de los torturados, ni una sombra de las manos desconocidas que se agarran en la oscuridad. 

La cárcel de Carabanchel no era una cárcel más. Conservaba en cada esquina la esencia del franquismo. Desde su construcción en los terrenos bien pagados de una familia aristócrata hasta la forma de panóptico como anulación total de la persona presa, pasando por los centenares de trabajadores forzados a construir su propia cárcel para expiar el crimen de haber perdido una guerra defendiendo –ellos sí– la democracia y la Constitución. 

Los japoneses llaman wabi-sabi a la percepción profunda de los objetos no como elementos aislados, separados de su contexto y de su historia, sino envueltos en la verdad profunda de su devenir temporal, imperfectos, trabajados, gastados, vividos. Para una joven abogada, entrar en Carabanchel no era entrar en otra cárcel más. La misma fila de ingresos, las mismas cabinas de comunicación, presos viejos, presos nuevos, las mismas caras de miseria… pero el gris de las paredes era el gris de un tiempo que conectaba con el futuro. Todo el enorme conjunto arquitectónico era como un antiguo templo a unos dioses al fin vencidos por esa ilusión y esa constancia que cava en silencio en la oscuridad sabiendo que el tiempo más inutil, el que apenas pasa tras los muros del miedo y las rejas de la miseria, tiene sentido.

Paletadas de tierra sobre la memoria, excavadoras que horadan hasta lo más profundo de ese sentido. Que no quede nada. Nada siquiera de los restos de la batalla contra el olvido. Se empieza ahí, en el olvido. Se acaba en la indiferencia. 

Puede que haya una opción política capaz de gobernar sin ideales, sin historia, sin sentido. Pero el día que nosotros –como representantes, como representados, como proyecto político, como gobierno, como partido– abracemos esa opción, definitivamente, habremos perdido.

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eva