El presidente del gobierno, Pedro Sánchez (i), y el vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias. EFE

El Covid tiene un terrible efecto; las fábricas siguen en pie, pero los empresarios desaparecen.

Decía Steve Jobs que la mitad de lo que separa a los emprendedores exitosos de los no exitosos es la perseverancia. Pues está pandemia va a ser una exigente prueba de fuego para encontrar a esos auténticos galácticos que tan necesarios van a ser para volver a soñar. Si ya era una tarea ardua en este país ser empresario en condiciones normales, debido al prejuicio cultural injusto y mezquino que empapa nuestra sociedad y que la pone en contra de cualquiera que pueda crecer, más allá del deporte y la poesía, con ideas propias, imagínense ahora con una pandemia que funde los proyectos de toda una vida como si fuera chocolate al sol. Los emprendedores soportaban con estoicidad la mirada inquisitoria de la vieja del visillo, porque, al fin y al cabo, crear un proyecto, aunque sea pequeño, con tu propio esfuerzo, reafirma la confianza y la convicción de que el ser humano es algo más que un mero superviviente. Un amigo con carné oficial de optimista, a pesar de que maneja buena información, me decía hace unos meses que esta crisis no tiene la entidad de la que vivimos en 2008. Los sistemas productivos permanecen intactos, los bancos están mejor capitalizados (ya veremos cuando la mora empiece a rebosar), las autoridades y organismos no han escatimado esfuerzos, ningún tornado se ha llevado los hoteles, la gota fría no ha inundado los garajes y los ochenta y pico millones de turistas que visitaron en 2019 España volverán cuando hayamos sometido al animal.

Lamentablemente no comparto esa visión en color que se fija exclusivamente en el estado aparente del cuerpo e ignora el alma. Hace solo unas semanas, Josep Piqué ponía sobre el tapete la clave de una de las grandes amenazas que se esconde tras el drama sanitario y la fiscalización política de la movilidad y la actividad. Venía a decir Piqué que las fábricas siguen en pie pero que se está destruyendo tejido empresarial. El Covid está actuando como una verdadera bomba de neutrones, que deja intactas las estructuras, pero acaba con el músculo vivo que sostiene una sociedad. Con la moral de muchos de aquellos que decidieron arriesgar lo suyo para construir un proyecto dinamizador y que, en su conjunto, hacen posible todo lo demás, aunque los cortos de vista no se lo reconozcan porque carecen de la enzima que regula el conocimiento. Parafraseando al mosso no lobotomizado, "lo público no existe, idiota", porque es la iniciativa privada la que lo hace posible. Lo peor que le puede pasar a este país es que los emprendedores se acochinen deprimidos esperando la muerte civil, por las condiciones que imponen unos políticos para los que la solidaridad y el progreso son meros lemas de campaña. Me indigna oír a todos aquellos, desde tertulianos a científicos con nómina estatal, que prescriben el parón total y luego a media mañana abren el frigorífico y se preparan un sandwich de salmón y rúcula y un vermú sin reparar siquiera en el perfil de los demás; en el perfil de las familias que con el paso de las semanas tienen vacía la nevera y la cuenta corriente. Me recuerdan a aquella frase de Woody Allen: "Estaba en el salón; he oído que te ahogabas, he acabado mi té con pudding y he venido inmediatamente". Recuperar a ese tejido empresarial, en su vertiente humana, sería el camino más corto para hacer viable ese escudo social que no es posible de ninguna otra manera. La única forma real de que no paguen los más débiles. Lamentablemente, las cuentas públicas presentadas estos días no cumplen ese requisito. Empezando porque los ingresos no son creíbles y los gastos son increíbles. Porque penalizan al ahorrador y al inversor disparando munición pesada contra instrumentos de inversión colectiva como las Sicav o las Socimis. Instrumentos que sirven para atraer el capital exterior que va a ser imprescindible para atravesar el terrible desierto que tenemos por delante y que no se recorre solo con fondos europeos. Porque perciben a la empresa como el enemigo al que hay que ordeñar y al empresario como al enemigo al que hay que abatir.

Iñaki Garay, director adjunto de EXPANSIÓN

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