Stéphanie Pahud (Universidad de Lausana) se opone a la tendencia general de “aceptar su cuerpo verdadero”. El movimiento body positive “da a entender que existe un individuo fijo, definitivo, con quien identificarse y a quien adherirse. Sin embargo, nos inventamos y reinventamos constantemente”.

Además, es inútil querer cambiar los cánones de belleza bajo el pretexto de que no son realistas: el ideal de belleza es, como su propio nombre indica, un ideal. En  Chairissons-nous ! –recopilación de noticias eróticas, entrevistas y especulaciones sobre la relación con el cuerpo, a la que contribuyeron una docena de escritores e investigadores–, la lingüista propone una solución: para quererse no hay que destruir los ideales (tarea imposible, si no nefasta), sino destruir la influencia que los ideales tienen sobre nosotros.

Liberarse es posible, pero no “aceptándonos tal y como somos” (idea absurda porque nuestro cuerpo es una obra en construcción infinita), ni imponiendo a la mayoría los nuevos estándares de belleza copiados de la realidad (idea absurda porque la belleza, por su propia naturaleza, es perfección). Liberarse solo se puede hacer creando un cuerpo propio, sobre el modelo de Una habitación propia de Virginia Woolf.

Chairissons-nous, el título de su libro-manifiesto, descansa sobre un juego de palabras que dista mucho de ser gratuito. ¿A qué invita que piensen sus lectores y lectoras?

Chairissons-nous es una invitación a “gustarnos mucho”, por mencionar la fórmula de mi amigo periodista Fred Valet. ‘Chairir’ [chair: carne] comparte los valores de su homófono, chérir [apreciar]: la bondad, la atención, el respeto. El juego de palabras invita sobre todo a devolver la materialidad de los cuerpos a su lugar, en los vínculos que crean y cultivan estas aspiraciones y, de esta manera, a superar una visión dualista cuerpo/espíritu.

Usted sugiere, en un capítulo de su libro, que el movimiento body positive es peligroso, ya que propone “amarse tal como uno es”. Sin embargo, como usted ha dicho, nadie es “de una vez para siempre”. Para usted, ¿es el body positivism esencialista?

Desde mi punto de vista sí, ciertas inclinaciones del movimiento body positive son esencialistas. Para hacer llamamientos del tipo “sé tú misma” hay que basarse en una concepción fija de la identidad. “Aceptarse tal como uno es” es una consigna engañosa. Nuestra configuración corporal no está constituida de forma inmutable. Somos (nuestros cuerpos son) creaciones permeables y en movimiento, producto de la fricción del mundo (incidentes y accidentes) contra nuestras pieles. Y este movimiento no para de (re)dibujarnos a medida que vivimos experiencias, las recibimos y las digerimos. El verdadero yo, como las verdaderas mujeres o la verdadera felicidad no son más que ficciones.

Señala también que el movimiento body positive, en tanto que movimiento de orgullo, incita a los feos/as a pretender ser guapos/as, es decir, a adoptar una actitud. Para usted, ¿todo esto es un engaño?

Personalmente considero que se suele confundir quererse con sentirse valorado. Sentirse guapo o guapa significa sentir que se corresponde con determinadas normas socio-histórico-culturales. Me parece más constructivo, más positivo, sentirse importante, considerarse válido o válida, independientemente de cómo sea nuestra silueta, nuestro aspecto, nuestro estilo de carne. Debemos generar condiciones en las que nuestras debilidades sean soportables, y no dejarnos engañar por la ilusión de una infalibilidad o de una perfección quiméricas.

Citando a la filósofa Chantal Jaquet, usted teme que el body positivism, como si se tratase de un veneno, se convierta en “afirmación hegemónica del individuo en detrimento de los otros”. Usted dice que “ciertas tendencias del body positivism se acercan al activismo identitario”. ¿Cuáles? ¿Y cuáles son sus diferencias?

La intención positiva de este movimiento es la de expresar los cuerpos en su diversidad. Pero en realidad, me parece que divide más que aglutina. Querer y quererse suponen, desde mi punto de vista, un acto de humildad. Al contrario, el body positivism se basa en el orgullo, que a menudo se asocia con una forma de vergüenza inversa.

No obstante, suscribo plenamente lo que dice Chantal Jaquet en Les transclasses ou la non-reproduction [Las transclases o la no-reproducción]: “no hay gloria ni infamia intrínsecas que estén sujetas a una condición, a una raza o a una sexualidad más que a otra; no solo no hay nada más humano, como decía Nietzsche, que ahorrarle la vergüenza a alguien, sino también protegerle de nuestro orgullo”. Por eso, siento la misma aversión hacia ciertas manifestaciones del movimiento body positivism que hacia ciertos movimientos pro- como pro-mujeres, pro-sexo, pro-black, etcétera. Ciertas derivas en cualquiera de estas manifestaciones tienen un aire anti-.

Dice que “el movimiento body positivism no garantiza mayor autonomía porque, muy a su pesar, refuerza en algunos de sus elementos las normas dominantes”. ¿Qué entiende usted por esto?

El movimiento body positive no altera el sistema actual de evaluación/validación. No saca a los individuos del deseo (incluso la neurosis) de conformidad. Para mí, no induce más que a una extensión ilusoria de la normalidad que coquetea, a veces, con la autocomplacencia.

Me parece más fructífero estimular la reflexión. Todas y todos somos productos de sociedades en las que evolucionamos, pero esta determinación no es absoluta. Podemos proyectar nuestras voces contra las normas que hemos incorporado sin criticar y ganar así en autonomía mediante la extensión de nuestra libertad para interpretar el mundo, de nuestro anti-conformismo.

Es inevitable que los individuos estimen lo que son a través de los ojos de los demás. Usted dice que “es tan inútil pretender sustraerse a las miradas exteriores como poco realista esperar abolir las normas estético-corporales. ¿No cabe esperar introducir más diversidad en las representaciones que modelan nuestros estándares?

No solamente debemos esperarlo, sino trabajar por introducir más diversidad en nuestros modelos. Pero el cuerpo es un capital social heterodeterminado. La connotación jurídico-económica del eslogan “mi cuerpo me pertenece” revela su carácter ilusorio: el cuerpo es efectivamente un capital “en sí mismo”, pero su valor depende de factores externos, histórico-socio-culturales, y se nutre también de capitales relacionados.

Además, tal y como lo expone la ética de los cuidados, el individuo independiente y autónomo es una abstracción. No podemos sustraernos a la mirada de los otros. Podemos, en cambio, reeducar nuestra propia mirada, desarrollar nuestra atención, y salir de ciertas pseudoevidencias anquilosadas.

Si es imposible modificar los cánones de belleza, ¿cómo hacer para que a uno le guste su cuerpo cuando no se tiene el formato sílfide?

Hay que empezar por hacerse a la idea que, como los idiomas, el cuerpo es un repertorio de signos extremadamente rico y extensible del que disponemos para expresar nuestros sentidos de la manera más cercana posible. Entablar una relación de extraño a extraño con nuestro cuerpo, dudar de él y (re)expresarlo de una forma más consciente nos permite reducir la distancia entre quién somos y quién queremos ser. Podemos evitar tragarnos sin rechistar los discursos ideológicos. Podemos dar un nuevo enfoque a las imposiciones sociales ateniéndonos a la ética de los cuidados, y su matriz importancia/vanidad, y no agotarnos más queriendo aumentar nuestro capital-cuerpo. En lugar de adiestrar se puede deformar el cuerpo, para hacerlo más compatible con su propio ritmo de vida que con las exigencias del mercado.

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Agnès Giard es escritora, periodista y doctora en antropología. Es autora de varios trabajos sobre la cultura japonesa y en el blog Les 400 culs, integrado en el diario Libération, escribe sobre sexualidad y género.

Traducción de Javier Roma.

Original en Libération.