Es difícil, hasta inevitable, convivir con seres demonizados por las circunstancias que ellos mismos se crean, recreándose intencionadamente en ellas con una libertad adormecida y marchita, y adoptando torpemente (aunque se creen seres elegidos con habilidad suprema) conductas que son propias de los animales no racionales. Porque el hombre, queramos aceptarlo o no, por el mero hecho de ser animal racional (aunque a veces, ciertamente, a la vista del patio parezca mentira lo difícil que es atribuirle raciocinio) es un ser único desde el momento en que su personalidad viene marcada con una naturaleza físico-espiritual y determinada en sexo masculino o femenino, sin más. Esa particularidad le hace reconocerse a sí mismo como un “yo” que posee características exclusivas (tanto físicas, como psíquicas, como espirituales). Es único e irrepetible.

¿Hay propiedades irrepetibles en los animales no racionales? Dicen los especialistas que no al nivel del ser humano, si bien cada ser vivo adopta el hilo de su desarrollo en cuanto propio de su propia especie: no hay dos gallinas iguales. Pero en el ser humano es más: por eso, “el ser humano, a diferencia del resto de las especies vivas, constituye una irrepetible y compleja unidad bio-cultural y psico-orgánica, dotado de autoconciencia, autonomía, lenguaje, pensamiento complejo, libertad, capacidad ética, apertura a la pregunta por el sentido de su vida y del conjunto del cosmos, y, por eso mismo, en apertura a la pregunta por el fundamento de la realidad, es decir, al ámbito de lo Absoluto” (Carlos Beorlegui. Universidad de Deusto. “La singularidad del ser humano como animal bio-cultural”. Revista Realidad 129, 2011).

En consecuencia de lo apuntado, no extrañará que “la tendencia a la conservación sirve, como su nombre indica, para conservar […] la existencia del ser concreto”, la cual “es egocéntrica […], se concentra en la existencia del “yo” en cuanto tal (se trata, evidentemente, del “yo” humano, porque sería difícil hablar de un “yo” animal, ya que el “yo” es inseparable de la personalidad)” (Karol Wojtyla. Amor y Responsabilidad. Ed Palabra. Madrid, 2016. Pág. 82).

Así pues, no será muy difícil determinarnos a concluir que, dada su potencialidad por construir o destruir a favor o en contra de su propia naturaleza, si el ser humano (con el pansexualismo y el transhumanismo, por ejemplo) da rienda suelta a ideas peregrinas respecto a su identidad animal y no conserva su ser “bio-cultural” y “psico-orgánico”, especialmente el espiritual, como hombre-macho o mujer-hembra que es, se autoaniquilará como tal. Dará lugar a un ser cuya alma se sentirá progresivamente más arrastrada por el fango putrefacto de una existencia que no se ajustará a sus características primigenias. Y eso será (o sería) generador de un sufrimiento atroz, compartido a nivel social, puesto que el ser humano es también un ente psico-social. ¿Y la ecología integral de la que habla el Papa Francisco en la Laudato Si’, dónde para? ¿No quiere saber nadie de ella?

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Sin duda, como sabemos los cristianos que Jesucristo ha de volver a recoger y salvar al resto fiel, la unión con su Cuerpo Místico será efectiva como lo ha sido siempre, pero además tendrá (dado su Amor) un especial énfasis en el cuerpo-alma que tantos daban por perdido y que Él –que es Dios Misericordioso y Todopoderoso- pueda salvar de las periferias de la existencia y sus aledaños. Él sabrá cómo. Mientras, nosotros nos debemos a la acogida de todo ser humano caduco (por degenerado que esté, y en especial porque lo está) como nos pide la caridad evangélica. Será heroico hasta el martirio, pero ahí deberemos estar. Con denuedo y a contracorriente.

Se trata, evidentemente, del “yo” humano, porque sería difícil hablar de un “yo” animal, ya que el “yo” es inseparable de la personalidad Clic para tuitear

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