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Traducir a Graeber

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Hace exactamente ocho años se publicó el primer libro de David Graeber que traduje. Se trata de En deuda: una historia alternativa de la economía (Ariel, 2012). En aquella época yo era un traductor notablemente menos experimentado en ensayo, y sobre todo en ensayos políticos, económicos y antropológicos. Traducir la obra magna de Graeber me resultó un desafío. Todavía no sé si estuve a la altura.

El libro de Graeber es un tratado exhaustivo de la historia del dinero y de la deuda (que son una misma cosa) a lo largo de las distintas etapas de la humanidad: desde los primeros asentamientos entre los ríos Tigris y Éufrates hasta el actual capitalismo postindustrial, pasando por los grandes imperios de la era axial, la Edad Media, el Renacimiento, la Ilustración y la Revolución Industrial, y todo ello no centrado exclusivamente en Occidente, sino en coordenadas mucho más globales. Esto, así como la relación (íntima, a ratos perversa) entre economía y moral ocupan una parte importante de la obra.

Graeber desmontó la falacia del trueque como sistema preponderante antes de la invención del dinero físico, y con la misma facilidad atacó la famosa “mano invisible” de Adam Smith. Era su particular modo de devolver al tejado neoliberal la pelota de la acusación de “idealismo” que se solía lanzar hacia, en general, todos los movimientos de izquierdas o alterglobalistas.

Graeber ofrecía una solución al problema asfixiante de la deuda: una “limpieza de pizarra”, algo similar a la anulación de todas las deudas personales que tenía lugar en el Israel de tiempos bíblicos cada siete años. En este jubileo, pues, se levantaban las servidumbres en las que familias enteras incurrían por no poder hacer frente a sus obligaciones.

Recuerdo con claridad dos momentos de epifanía traduciendo el libro: el primero, la noción de que toda deuda económica no es sino una obligación moral, cuantificada. Una vez se comprende en toda su magnitud este hecho, la perspectiva entera de los conceptos de préstamo, interés y deuda queda irremediablemente trastocada.

El segundo momento es algo más personal.

No es casual, creo, que mi editor me encargara la traducción de Graeber. Yo había hecho, tonto de mí, alarde de mi condición de ácrata varias veces. Sin saber muy bien, todo sea dicho, qué significaba realmente ser ácrata, o anarquista, como se prefiera. Era, en realidad, libertario de un modo amplio, vago, poco definido. Y traducir a Graeber me obligó a enfrentarme a mi falta de conocimientos teóricos al respecto. Y a adquirirlos. Y a meditar seriamente si es posible o no (spoiler: no, no es posible) ser anarquista realmente en una sociedad capitalista como la actual. Y solo entonces comprendí por qué a Graeber no le gustaba que lo llamaran “el antropólogo anarquista”: porque el anarquismo se hace, no es.

Esta es la constante con respecto a traducir a Graeber: aprender. Aprender muchísimo. Aprender no solo acerca de los temas traducidos (y Graeber ofrecía toda una panorámica de la experiencia humana: tuve que enfrentarme a problemáticas tan dispares como las medidas de áridos de la antigüedad o los sistemas de microcrédito personal de tribus mozambiqueñas) sino también del oficio de traducir. Graeber, en esencia, me hizo mejorar en mi oficio, pero también en mis convicciones morales y políticas.

Mi segunda tanda traduciendo a Graeber llegó con su colección de ensayos La utopía de las normas (Ariel, 2015). Y aquí conocí a un Graeber más ágil y divertido, menos académico, pero con la carga de profundidad que lo caracterizaba.

Y, como anteriormente, me hizo enfrentarme a conceptos que tomaba por certezas, y darlos por finiquitados como tales. Me vi sumergido, por ejemplo, en una vibrante crítica de la burocracia… desde la izquierda. Y, en el camino, tuve que admitir que la burocracia no es una cualidad meramente estatal, sino que se ha extendido hasta formar parte de nuestra esencia misma: nos hemos convertido, gracias al advenimiento de la informática, en burócratas de nuestras vidas. Dedicamos más tiempo (tanto en nuestra esfera laboral como en la personal) a gestionar papeleo que a labores realmente creativas.

Graeber demuestra que esto no es un efecto, como se articulaba desde las gradas de la derecha, de la intervención estatal, sino una Ley de Hierro del liberalismo, que él enuncia más o menos así: “Cualquier reforma del mercado, cualquier iniciativa del gobierno destinada a reducir los trámites y promover las fuerzas de mercado tendrá como efecto final el aumento del número total de regulaciones, el incremento del papeleo y del número total de burócratas que el gobierno emplea”. Graeber demuestra que el discurso antiburocrático que se hace desde ciertos sectores ultraliberales no es sino una cortina de humo que oculta una burocracia cada vez mayor y en la que lo público y lo privado se confunden cada vez con mayor frecuencia.

La noticia del deceso de Graeber, no lo oculto, me ha pillado a traspié. Pero no es nuevo en la relación que he tenido con él: a lo largo de los años y de las traducciones, David Graeber tomó casi todas mis certezas y les dio la vuelta, me cogió de la muñeca, me señaló sus fallos y (eso es lo que hacen los buenos maestros) me dejó que pensara en la solución. Si a mí, que solo soy un humilde traductor, me enseñó tanto, no puedo sino estar agradecido por las numerosas incertidumbres que ha dejado sembradas para todos nosotros.

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