Ruth Klüger sigue viviendo


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Nacida en Viena en 1931, Ruth Klüger vivió la nazificación de la ciudad con ojos de niña, con curiosidad, extrañeza y algo de resignación: un colegio cada vez más despoblado de compañeros y de profesores, la calle convertida en amenaza, las conversaciones a media voz de los adultos y sus mentiras sin fin… La desconfianza creció con ella y tuvo su momento estelar con las idas y venidas del padre hasta la  desaparición final: “Las personas mayores me habían contado que papá estaba de viaje, pero aquello no era creíble, yo tenía oídos y le daba vueltas al asunto, inquieta. No se podía confiar en ellos”.

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Un día el viaje lo hizo ella misma con su madre, deportadas de Viena en septiembre de 1942. El periodo trascendental en la vida que es el final de la infancia y el comienzo de la adolescencia lo iba a experimentar Klüger a lo largo de su paso por tres campos de concentración: Theresienstadt, Auschwitz-Birkenau y Christianstadt (Gross-Rosen).

La mirada de una niña

Más allá del conocido relato de horrores, lo interesante del libro de Klüger, lo distinto, es la mirada que arroja sobre aquello alguien que entonces era una niña y que por esta condición siguió sufriendo el cuestionamientos de su experiencia  toda su vida. Lo vivió como una tortura adicional a todas las penalidades sufridas. “Pero usted era demasiado pequeña para que se acuerde de aquella época horrible”, es uno de los reproches habituales. Klüger piensa y escribe en el libro: “Quieren quitarme mi vida, pues la vida es solamente el tiempo que uno ha recorrido (…) y eso me lo niegan cuando ponen en duda mi derecho a recordar”. Reflexiona a continuación sobre el hecho de que se suprima el relato de niños que han sido parte de catástrofes universales, se dice que es por su bien o por su seguridad y ella denuncia este engaño. Sostiene que lo que se teme realmente es la ruptura de la visión generalizada, acomodada, que la sociedad (de los adultos) se ha elaborado de dicho acontecimiento. Así se sobresaltan ante afirmaciones como la de haber encontrado en Theresienstadt, mejor ambiente para una niña que la Viena que acaba de dejar atrás: “No quieren oírlo porque desplaza las líneas de demarcación de su pensamiento”. Pues bien, este libro es un continuo correr de esas rigurosas líneas que delimitan las ideas preconcebidas.

Un saludable olvido

Otra que salta por los aires es la conformidad reinante alrededor de la idea de  memoria y su conservación. Klüger reivindica el derecho a recordar de la niña que creció en los campos y el derecho a olvidarlos de quien salió con vida. Una empresa difícil puesto que la industria de la memoria se puso en marcha. “Conservar los lugares, ¿por qué si puede saberse?”. Ella alega razones personales y sociales. Las primeras, la imposibilidad de desembarazarse de los “fantasmas” y pasar página: “Quería que la vida continuase, no quería volver la cabeza para mirar la ciudad muerta y convertirme en estatua de piedra como la mujer de Lot”. A los 16 años cruzó el Atlántico junto con su madre intentando poner tierra de por medio frente a los recuerdos. Su historia se puede calificar como la historia de una huida perpetua –primero de la Viena de los nazis, luego de los campos, más tarde de los recuerdos– a la búsqueda de un “saludable olvido”. Siempre se resistió a ser presentada como alguien que pasó por Auschwitz, se negó a toda clasificación simplista, reduccionista, de aquella vivencia.

Las razones sociales de Klüger para combatir el culto a la memoria suponen una duda inquietante. Para ella, los monumentos erigidos, fijan los recuerdos y los neutralizan, desactivándolos, acomodándolos a visiones mayoritarias y a menudo superficiales. “Esperamos que lo no resuelto se resuelva con solo conservar tenazmente lo que quedó, el lugar, las piedras la ceniza. No honramos a los muertos con esos restos, ni bellos ni vistosos, de crímenes pasados, los coleccionamos y los guardamos porque en cierto modo los necesitamos: ¿no estarán destinados a conjurar nuestro malestar y después a mitigarlo?”.

Seguir viviendo es una obra que brota del malestar de no poder seguir viviendo. Una defensa del olvido liberador y terapéutico y una reivindicación airada de la individualidad de todos y cada uno de los supervivientes en su manera de afrontar el trauma. Una manera que nadie puede ni debe comparar o juzgar. ¿Quién tendría derecho moral cuando de lo que se trata es de seguir viviendo?

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Seguir viviendo acaba de ser publicado por la editorial Contraseña.

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