Queríamos (queremos) tanto a la Malala


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Queríamos (queremos) tanto a la Malala

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Escribo desde el nosotros. Escribo desde el nosotras. Porque de alguna manera estas palabras –que quieren ser un recuerdo y no una despedida– son escritas a partir de un tejido repentinamente roto. Algo falta. Algo nos falta. A nosotras y a nosotros. Y como algo nos falta, entonces nos miramos. Y surge la necesidad de hablar –y escribir– acerca de esa hebra del tejido que ya no está.

En el mundo del libro chileno hablar de Malala no requería de más palabras. Lectores y escritores, libreros y vendedores, críticos y periodistas, escuchaban ese nombre e inmediatamente aparecía su figura. Durante las tristes horas del 29 de agosto recién pasado, en un Santiago encerrado e improbable luego de meses de estallido social y las confusas medidas de confinamiento y “nueva normalidad” impartidas por el agónico gobierno de Sebastián Piñera, las redes sociales se llenaron de ese nombre –Malala– y de posteos contaminados por la tristeza, el estupor, la incredulidad e incluso la rebeldía. En medio de esos mensajes –escritos y difundidos como un reguero por el transversal tejido literario y librero chileno– amigos desde diversas partes del mundo preguntaban de qué Malala estábamos hablando. ¿Estábamos hablando acaso de Malala Yousafzia, la valiente niña pakistaní, Premio Nobel de la Paz 2017, atacada salvajemente por ejercer su derecho a estudiar y actual activista por los derechos de las mujeres en todo el mundo? 

No. No estábamos hablando de esa Malala. 

Una heroína en un país como Chile, donde el libro es poco menos que un bien suntuario y, a la vez, un arma arrojadiza

Estábamos hablando de nuestra Malala. Malala Ansieta, librera, periodista, relacionadora pública, amiga de escritores y escritoras, mujer incombustible, animadora cultural y promotora del libro en todas sus formas. Una heroína en un país como Chile, donde el libro es poco menos que un bien suntuario y, a la vez, un arma arrojadiza. ¿Y qué le había pasado a nuestra Malala para generar esa explosión de recuerdos y afectos? Pues todo, porque repentinamente, mientras dormía, a la Malala se le ocurrió morirse y, como suele suceder en estos casos, nos dejó a nosotros y a nosotras, los y las que quedamos en este lado del mundo, con un escalofrío en el espinazo y pensando que eso era imposible. Que una mujer tan llena de vida y energía como nuestra Malala no podía morirse.

Escribo desde el nosotros. Escribo desde el nosotras. La Malala –nuestra Malala– estuvo presente en nuestro medio desde los ochenta. La vimos, en tiempos complejos y difíciles, con su impronta física y su vozarrón grande, en los patios del Campus Oriente de la Universidad Católica, en plena dictadura, mientras tratábamos de estudiar en medio de las lácrimógenas que irrumpían de cuando en cuando la autonomía universitaria y nuestras precarias vidas. Nos topamos con ella, conseguimos libros y acatamos sus recomendaciones literarias cuando ejerció de vendedora de la clásica librería Altamira, la de Huérfanos, propiedad de Jorge Edwards, y donde, en sus visitas a Chile, caían casualmente (para sacarse la foto de rigor) Vargas Llosa, Carlos Fuentes o García Márquez. La vimos, ya en los noventa, en nuestra novísima e insípida democracia protegida, en lanzamientos, cócteles y fiestas, presentando a la gente que debía conocerse (“Ven, te tengo que presentar a alguien, huachito”, “Acompáñame, huachita, esta mina es seca, tenís que conocerla”), pelando, como decimos en chileno, a los estirados y a las siúticas que necesariamente teníamos que pelar, aunque después los y las saludáramos con la cara llena de risa. (La Malala nos enseñaba a ser diplomáticos y diplomáticas. Ya habría tiempo y formas para ejecutar nuestras rebeldías). Nos juntamos con ella en cafés y bares, a fumar y a emborracharnos, criticando o celebrando el presente, proyectando o celebrando el futuro. La vimos ascender, por su simpatía y sobre todo por su capacidad, hasta transformarse en la relacionadora-pública-productora-sicóloga-y-acogedora-de-egos de la sucursal chilena de Planeta, centro de la narrativa chilena en los últimos estertores del siglo. A los y las escritoras jóvenes de esa época nos ayudó a encontrar las portadas de nuestros libros. A espaldas de los gerentes nos ayudó a mejorar las condiciones de nuestros contratos. Escogió nuestros mejores perfiles para nuestras solapas o contraportadas. La acompañamos al aeropuerto a recoger con sus bártulos a escritoras y escritores de otras latitudes para observar de primera mano cómo ser una buena anfitriona. (Ella era la mejor.) La vimos esperar y criar a su hijo Domingo. Incluso la acompañamos a la cárcel –o tal vez no, tal vez nosotras y nosotros no nos atrevimos, pero la Malala sí, porque ella era más valiente–, cuando el corrupto poder judicial chileno procesó por un falso delito de injurias al editor y al gerente de Planeta Chile, debido a la publicación del valiente libro de Alejandra Matus El libro negro de la justicia chilena

Desde ahí –muchos y muchas la recordamos en su oficina frente al tradicional y oscuramente lúbrico cerro Santa Lucía– la divisamos como una protagonista en las sombras, testigo e instigadora del campo de batalla de nuestra literatura.

A los y las escritoras jóvenes de esa época nos ayudó a encontrar las portadas de nuestros libros. A espaldas de los gerentes nos ayudó a mejorar las condiciones de nuestros contratos. Escogió nuestros mejores perfiles para nuestras solapas

Informada e informante, parecía estar al tanto de todas las noticias que debían circular en nuestro pequeñísimo infierno o paraíso. Plagios y premios. Autoras nuevas y autores secretos. Ahora que no está, ahora que se le ocurrió morirse tan repentina y tempranamente (eso es algo que nos costará perdonarte, Malala), ¿quién nos mantendrá al día de lo que pasa en ese submundo que para nosotras y nosotros es ni más ni menos que nuestro mundo? ¿A qué autor o autora –novedoso o novedosa– nos perderemos? ¿A qué escritor o escritora le resultará más difícil insertarse en el hostil mundo editorial (ese nido de víboras en el que ella ejercía, a punta de pura buena onda, como un escudo o ante el cual tenía el antídoto) sin su presencia? ¿A qué talento le faltará su amabilidad, su energía y su audacia para instalarse en el mapa del libro?

Escribo desde el nosotras. Escribo desde el nosotros. Nos dijo –una vez, como en secreto–: “Parece que viene Bolaño a Chile”. Lo habíamos leído, primero casi subterráneamente, luego como un mito (todavía secreto) que no parecía de carne y hueso. La Malala nos confirmó que sí. Ella lo fue a buscar al aeropuerto y lo recibió –tal como escribió Roberto en una crónica recogida en Entre paréntesis– “como si nos conociéramos desde siempre”. Acompañamos a la Malala al lanzamiento de La pista de hielo, publicada por Planeta como una manera de recoger al hijo pródigo que desde 1973 no pisaba la patria. Y supimos que fue ella –eso cuenta la leyenda– la que presentó a ese chileno con acento catalán-mexicano, esa tarde-noche de la Plaza Mulato Gil de Castro, en pleno barrio Lastarria, con ese otro chileno del habla chileno-coliza, Pedro Lemebel, provocando que en ese encuentro la literatura chilena hiciera golpe del volante, como si de pronto enfrentara una curva cerrada o –mucho mejor– como si la literatura chilena, para su propio desorden y felicidad, se saliera del camino asfaltado y en línea recta, y se nos hiciera visible una ruta a campo traviesa, donde era posible explorar otras hablas, otros temas y otros territorios.

Tal vez se cansó (sin saber que estaba cansada) de este mundo patas para arriba. Un mundo con las librerías cerradas. Un mundo donde no es posible ver a los amigos. Un mundo donde uno o una no puede transitar libremente porque todo es un riesgo

Escribo desde el nosotras. Escribo desde el nosotros. Escribo incluso desde el nosotres. Cuento esta anécdota que es ya parte del mito nacional, y sé que interpreto a todos y todas –incluso a todes– cuando percibo la tristeza y la nostalgia de ese momento al darnos cuenta de golpe, por la repentina ausencia de la Malala, de todos los que ya no están. No está Carlos Orellana (antiguo editor de Planeta en Chile). No está Bolaño (aunque a veces pareciera que está vivo y riéndose y sonrojándose de su legado.). No está Pedro Lemebel. (¡Y lo echamos tanto de menos! Cuando veíamos frases arrancadas de sus crónicas en pancartas y rallados durante el estallido de octubre en Chile, cuando nos encontrábamos gritando y bailando, o huyendo de lacrimógenas o siendo heridos en nuestros globos oculares por los balines de las fuerzas especiales de carabineros, nos decíamos: Pedro estaría aquí. Qué maravillas de insultos escribiría en contra del nefasto gobierno de Piñera y sus violadores de derechos humanos). 

Y ahora, como una pesadilla, como uno de los hechos más irreales de este confinamiento cuasimedieval producto del virus infame –más irreal que las calles vacías, más irreal que la estupidez y el discurso de las autoridades chilenas, más irreal que los miles de muertos que no volverán a pisar las calles de la patria–, al corazón de la Malala –tan grande que lo tenía– se le ocurre fallar y a la Malala morirse y a nosotros nos deja el mundo patas para arriba.

Pero a lo mejor, pienso en nombre de nosotras y nosotros,  eso es lo que le pasó a la Malala. Tal vez se cansó (sin saber que estaba cansada) de este mundo patas para arriba. Un mundo con las librerías cerradas. Un mundo donde no es posible ver a los amigos. Un mundo donde uno o una no puede transitar libremente porque todo es un riesgo. Y la Malala, nuestra Malala, vivía en las librerías, en los amigos, en andar por el mundo a todo ritmo y sin medir tanto el riesgo, porque se sabía parte de un tejido –el tejido de nosotras y nosotros, incluso de nosotres– donde ella, como nos pudimos dar cuenta en las redes ese sábado de agosto, era una de las hebras que nos unía. 

Escribo desde el nosotras. Desde el nosotros. Incluso desde el nosotres. Por eso, a pesar de que no pude ir personalmente por razones sanitarias, puedo imaginarme como parte del colectivo –ese tejido– que pudo asistir a su velorio y a la ceremonia de despedida en la iglesia ortodoxa de Pedro de Valdivia con Providencia. (No creo que sea coincidencia que haya sido en la esquina del barrio de las librerías de Santiago. Chile es un país pobre en ese aspecto, pero ese barrio específico es el de mayor densidad de librerías de todo el país. No era raro ver a Malala en ellas, entregando novedades, reposiciones, verificando que tal o cual autor o autora, tal o cual libro, estuviera bien ubicado en vitrinas y mesones. No era raro topársela y hablar a la rápida, despedirse con un beso, decirnos te quiero, quitarnos valiosísimos minutos para un valiosísimo y hoy atesorado café. No creo que sea coincidencia, digo, que la despidamos ahí. Aunque lo más lógico habría sido despedirla rodeada de libros y con un cóctel y champaña, como si estuviéramos todos y todas y todes en un literario lanzamiento que habría de cambiar para siempre la historia de la literatura chilena.)

Digo, me imagino –como parte del tejido del nosotras y nosotras y nosotres– en esa ceremonia, tratando de obedecer las normas sanitarias, pero de todas maneras llegando, porque a muchas y muchos nos resulta imposible pensar que no despediremos a la Malala como corresponde. Sin pandemia, sin virus, habríamos sido cientos y la pena se habría mezclado con la fiesta, porque la Malala siempre era una fiesta. Pero ahora, entre los y las que estamos, domina el desconcierto y la tristeza.

Hay una imagen que a todos nos cruza en esta rarísima despedida. Es una foto que ha circulado por redes sociales y que podría haber tomado cualquiera de nosotras o nosotros o nosotres. La Malala está en Plaza Dignidad, en el epicentro de Santiago. (Las autoridades siguen llamándola con su nombre oficial,  Plaza Italia o Plaza Baquedano, pero eso nos importa un bledo. Para nosotras y nosotros y nosotres, que la bautizamos, seguirá siendo para siempre Plaza Dignidad.)  Todos y todas y todes recordamos habernos topado con la Malala en el medio de la multitud. Ahí, en medio de la fiesta más o menos desorganizada donde el pueblo de Chile dijo Basta, y empezamos a sentar las bases para destituir la constitución de Pinochet y empezar a soñar un nuevo Chile, la Malala sonríe a la cámara con un cartel de cartón, como los miles que vimos por la plaza y por el país en esos días, con cada una de nuestras máximas y demandas. 

Fuera Piñera, decían algunos de esos carteles. 

Abajo la constitución pinochetista, decían otros. 

Pacos culiaos y asesinos, circulaba por ahí en letras rojas. 

No era depresión era capitalismo, sentenciaban más allá.

El de la Malala era el que debía llevar ella, porque tenía el libro en la sangre:

Cuando se lee poco, se dispara mucho.

Mientras la Malala sonriente levantaba ese cartel, la policía nos disparaba.

En tu recuerdo Malala, dispararemos de vuelta.

Con palabras, en los libros.

Y como una fiesta, porque eso te gustaba.

Nos va a faltar tu hebra. Y por eso te vamos a echar –todas y todos y todes– muchísimo de menos.

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