Los tres grandes grupos de acreedores rechazan la oferta “definitiva” del Gobierno argentino


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Los tres grandes grupos de acreedores rechazan la oferta “definitiva” del Gobierno argentino

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El presidente argentino, Alberto Fernández, y la vicepresidente Cristina Kirchner participan en la inauguración de las sesiones ordinarias en el Congreso, el 1 de marzo de 2020 en Buenos Aires.El presidente argentino, Alberto Fernández, y la vicepresidente Cristina Kirchner participan en la inauguración de las sesiones ordinarias en el Congreso, el 1 de marzo de 2020 en Buenos Aires.Juan Ignacio Roncoroni / EFE

Alberto Fernández ha vivido la semana más difícil de su mandato. En plena crisis sanitaria y económica, el presidente argentino ha recibido duras críticas públicas desde los sectores que responden a su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner. Se le acusa, entre otras cosas, de confraternizar demasiado con los empresarios. Muchos temen que la expresidenta y hoy vicepresidenta quiera demostrar quién manda realmente. El fantasma de la división parece amenazar de nuevo al peronismo.

“Los peronistas siempre fuimos tumultuosos, siempre discutimos de esta forma”, ironiza Eduardo Valdés, diputado, dirigente justicialista, exembajador ante la Santa Sede y una de las personas que más contribuyeron a la reconciliación del kirchnerismo con el resto del peronismo. “Pero nunca más vamos a dividirnos”, asegura. Para él, Alberto Fernández está haciendo un buen trabajo, buscando ensanchar la base del gobierno (por ejemplo con su aproximación a opositores como el jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta) y forjando consensos. En cuanto a Cristina Fernández de Kirchner, “la Doctora”, dice, “es como es”.

Las tensiones empezaron a agudizarse hace ya algún tiempo. Sergio Berni, personaje peculiar (médico, abogado, teniente coronel de Ejército, paracaidista, submarinista) y ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, hizo el 8 de junio una declaración estruendosa: “En nuestro espacio la que conduce es Cristina Kirchner”. El mismo día, el dirigente social Juan Grabois dijo sentirse “desencantado con el Gobierno” por su falta de liderazgo y añadió que Alberto Fernández “no corta el bacalao”.

El 9 de julio, fiesta de la independencia argentina, Alberto Fernández invitó a la residencia presidencial a los más conspicuos representantes del empresariado y al líder de la Confederación General del Trabajo. A Hebe de Bonafini, presidenta de la Asociación Madres de la Plaza de Mayo, emblema de la lucha contra la dictadura militar e icono del kirchnerismo, la convocatoria le pareció indignante: “Usted sentó en su mesa”, escribió en una carta pública, “a todos los que explotan a nuestros trabajadores y trabajadoras y a los que saquearon el país. Y lo más grave de todo: a los que secuestraron a muchos de nuestros hijos e hijas que luchaban por una Patria liberada”.

Más trascendente fue un gesto de la vicepresidenta. Cristina Fernández de Kirchner apenas se deja ver y mide cada una de sus declaraciones públicas. El 12 de julio retuiteó, con el comentario “el mejor análisis que he leído en mucho tiempo”, un artículo del economista Alfredo Zaiat en el diario kirchnerista Página 12. Zaiat cargaba contra el empresariado exportador argentino y lo enfrentaba al proyecto político peronista. “Cuando gran parte del patrimonio de ese grupo de empresarios poderosos está en el exterior, ya sea en propiedades, empresas, activos bursátiles o capitales líquidos, y su principal actividad se encuentra en servicios monopólicos o producción de materias primas exportables, su propio destino queda escindido del general”, escribió Zaiat.

Alberto Fernández tuvo que calmar los ánimos, escribir una cariñosa carta de disculpa a Hebe de Bonafini y llamar al “diálogo interno”. El ministro de Defensa, Agustín Rossi, pidió a todo el peronismo que apoyara al presidente. La autoridad de Alberto Fernández, sin embargo, quedó dañada. “Fernández es el jefe de la Administración, pero la jefa del poder y quien tiene el respaldo de los electores es Cristina”, comenta Ricardo Romano, militante justicialista desde 1969, dirigente del partido durante décadas y exvicepresidente de la Internacional de Partidos de Centro.

Romano considera que Cristina Fernández de Kirchner tuvo la lucidez de armar la candidatura con Alberto Fernández para ganar las elecciones, “pero ahora degrada al gobierno”. Según él, la bicefalia es perniciosa y cita una frase de Juan Domingo Perón: “Es mejor un mal general que dos buenos”. Su opinión sobre los motivos de la vicepresidenta coincide casi exactamente con la de Eduardo Valdés: “Está en su naturaleza, ella es así”.

Los diagnósticos, sin embargo, son muy distintos. Valdés subraya los buenos resultados gubernamentales en la lucha contra la pandemia (Argentina sólo ha sufrido hasta ahora algo más de 2.200 víctimas mortales), la distribución de ayudas a través de los programas Alimentar y Remediar y el pago de subsidios a 10 millones de personas para paliar los efectos de la crisis sanitaria. Y recuerda que, según los sondeos, la popularidad del presidente se mantiene elevada, pese a las protestas de la oposición macrista más radical. “Cada sábado nos acusan de una cosa distinta: de tiranía por el confinamiento, de querer ser Venezuela por la expropiación de la empresa Vicentin, de excarcelar presos, e incluso [tras el homicidio de un ex secretario de Cristina Fernández de Kirchner] de asesinato”, se lamenta.

El diputado matiza el retuiteo anticapitalista de la vicepresidenta: “Dos días antes de la polémica reunión del presidente con los empresarios, el propio hijo de Cristina, Máximo Kirchner [jefe de la mayoría peronista en la Cámara de Diputados], y el presidente de la Cámara, Sergio Massa, cenaron con empresarios, por lo que si hay crítica no se dirige sólo al presidente. Quizá sí haya demasiada inclinación hacia el empresariado. Quizá por un error de protocolo no se invitó a la residencia presidencial a Hugo Yaski [líder de la Central de Trabajadores de Argentina], el único sindicalista que nos apoyó cuando estábamos en la oposición”.

Ricardo Romano ve las cosas de forma diferente: “La economía cae un 12%, el déficit fiscal alcanza el 8%, el desempleo ronda el 20%, la pobreza afecta a la mitad de la población, no se consigue un acuerdo sobre la deuda y no hay otra cosa que gasto público financiado con la emisión de moneda”, dice. Frente a esto, “el gobierno no formula ni una sola propuesta estructurada”. Hay un comité de crisis para la pandemia, “pero ningún comité para la recuperación económica”, y “todo es imprevisible porque no tenemos ni estabilidad ni seguridad jurídica”. El antiguo dirigente justicialista se hace una pregunta: “¿Cómo vamos a reconstruir el país si seguimos estigmatizando a los empresarios?”.

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