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Lo de la tristeza

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Una vez otro periodista me preguntó cuál había sido mi ideología en la adolescencia. La pregunta me desconcertó un poco, porque de esa época solo recuerdo a cuatro personas que se identificaran de manera consciente con una ideología: el nieto de un falangista, una hija de comunistas chinos, la hija de un exlíder sindical y un personaje muy confuso. Este último combinaba el estalinismo con llegar a clase de natación con el bañador de Borat, hecho por el que fue apercibido.

“No sé”, respondí, “como del PSOE, socialdemócrata, supongo”. “¿En serio?” Mi respuesta le dio risa al compañero. “Yo militaba en un grupo trotskista”, dijo. Nos reímos otra vez.

“Era el ambiente que tenía en casa y en el barrio”, me expliqué, “mis padres compraban El País todos los domingos”. “Ya, bueno”, me dijo él, “el mío trabajaba en El País”.

Durante bastantes años, lo más parecido que tuve a una verdadera ideología fue una vaga tristeza que a veces pinchaba un poco y otras ni se notaba, pero estaba ahí. No era por nada en concreto, mi vida era y es relativamente cómoda.

Hace poco mi madre me preguntó por una experiencia laboral fallida. “No te llevaste una buena impresión de esa empresa, ¿verdad?” me dijo. Yo le respondí que no había ningún problema particular con la empresa, pero que yo en ese momento no estaba bien, y como no estaba bien, aquello no podía salir bien del todo. Ese verano, mi tristeza alcanzaba su máximo histórico. Mi madre me preguntó por qué no estaba bien.

Hice memoria. Es difícil recordar la amargura, porque el cerebro tiende a borrarla, y entonces los recuerdos se convierten en una especie de ensoñación absurda. Pensé en la soledad del primer verano en Madrid (yo, que este año he pasado el confinamiento tan pancha). El vértigo de terminar la carrera y no saber qué iba a pasar conmigo, y sospechar lo que iba a pasar con los demás, la culpa de pensar que no me había esforzado lo suficiente o que había cometido errores irreversibles, y el atasco que tenía con un TFG que debía hacer pero que todo el mundo me recomendaba que no hiciese (para alargar los estudios y poder seguir de becaria). Le recordé que una de mis compañeras de piso pasó todo el verano sin dirigirle la palabra a la otra, cuya situación general no era buena. Le conté anécdotas, detalles, porque creo que esa tristeza se componía de detalles.

Se hizo el silencio.

Añadí que en Madrid hace mucho calor en verano. Esta última causa le pareció la más convincente a mi madre.

Es difícil entender algo que a ti nunca te ha pasado. Bajo el punto de vista del padre o la madre, tiene que ser especialmente incómodo. Supongo que el hecho de que un hijo o hija no le encuentre sentido a su vida le quita un poco de sentido a la tuya. Y aún lo hace mucho peor que la causa sea inconcreta, que no haya un exnovio al que despreciar o un profesor al que montarle el pollo.

(Nota: mi madre no monta pollos a profesores, estoy generalizando).

Sobre el papel, todo va muy bien. Hicisteis lo mejor que pudisteis con la niña, era la prioridad. La apuntasteis a idiomas. Ha viajado mucho más que tú a su edad. Le pagasteis una carrera en una ciudad cara, la que ella eligió, porque “lo que haga, lo hará bien”. Vive en un piso grande en un barrio bonito. Y, sin embargo, la princesa está triste. Encima todo le pesa, es como el fichaje estrella fallando a puerta vacía.

Me costó transformar la tristeza en otra cosa. No sabría decir cómo ocurrió. Un día, de repente, me di cuenta de que ya no estaba. Supongo que ayudaron un par de golpes de suerte, atar unos cuantos cabos y rodearme de gente buena, que eso también tiene una parte de suerte.

Tengo amistades que se encuentran en estados mentales similares al mío anterior. A veces sus actitudes me resultan absurdas. Tengo que esforzarme en recordar que eso pasa, que a mí me pasaba algo parecido, y que te hace frágil. Es una mierda, pero es lo que hay, no puedo comportarme como si no fuese así, porque es así.

Hay una canción de la Velvet Underground y Nico que se llama I’ll be your mirror. Me gustaría poder hacer lo que dice la canción, elegiría ese superpoder.

Todos nos parecemos mucho a nuestros padres, incluso los que se llevan mal con ellos. Esta observación me abruma. Hay una parte de la vida que va por inercia, y no sé si yo dentro de 30 años empatizaré con las historias del telediario de Antena 3 o su equivalente de entonces, quién sabe.

Ahora no pienso que el mundo me deba nada, pero sí que todo es manifiestamente mejorable.

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