Intromisión en el BID


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Intromisión en el BID

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El presidente de EEUU, Donald Trump.El presidente de EEUU, Donald Trump.Carlo Allegri / Reuters

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, ha dado una vez más una desagradable lección de inoportunidad al proponer como candidato a la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) al estadounidense de origen cubano Mauricio Claver-Carone. El BID ha estado gobernado durante sus sesenta años de vida por directivos latinoamericanos, como una muestra del equilibrio que quería alcanzar la institución entre su carácter financiero y sus funciones sociales, esenciales para el desarrollo en el espacio del continente. No es una cuestión de historia ni de precedentes; se trata de que el BID cumple un propósito democrático y social. Y en ese propósito es esencial que la institución no se polarice en términos políticos o ideológicos.

Dice Steven Mnuchin, secretario del Tesoro, que Latinoamérica se encuentra en una situación delicada y que es necesario que sus economías nacionales afronten desafíos considerables. Pero la peor manera de afrontar esos retos hoy es la de imponer un candidato estadounidense, sujeto, tal como reflejan los precedentes, a los caprichos y arbitrariedades de una Administración incapaz de desarrollar conceptos básicos para el buen funcionamiento de la economía mundial como la libertad de comercio, los convenios interregionales o los factores de desarrollo que van un poco más allá de su concepción paleoliberal de la economía. Claver-Carone abre una brecha de desconfianza política en un banco que ha sido decisivo para sostener el desarrollo en la región y para mitigar la pobreza galopante en algunos de ellos.

La inoportunidad se convierte en lacerante cuando se advierte que la epidemia de la covid-19 va a causar enormes daños en las economías de la región. Las proyecciones del FMI estiman caídas del PIB superiores al 10% en algunos países, con el agravante de que su estructura institucional transforma con rapidez la recesión en pobreza aguda. La recuperación de las economías latinoamericanas, fuertemente tocadas por la deuda y sin recursos de inversión propios, va a requerir un esfuerzo económico agudo para sostener el tejido empresarial y el empleo. Lo que menos se necesita es la vuelta a un paleoliberalismo generador de pobreza, actuando a través de una institución que es más que un banco.

Washington ha aprovechado la debilidad de los Gobiernos latinoamericanos para programar una intervención que no suscita sino desconfianzas. Europa debe oponerse a este golpe de mano y jugar la carta de la racionalidad. Porque si la salida de la crisis en Latinoamérica no se gestiona con gasto social e inversión productiva, y se recurre a la salida made in Trump, podemos estar ante los prolegómenos de otra convulsión financiera global. O, por lo menos, estaremos alimentando sus causas.

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