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Dulceida o las pruebas de la existencia de la multitud

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Querida Dulceida: 

Seguramente te sorprenda esta carta, pero eso es parte del juego. Te preguntarás tal vez por qué te escribo. Pero es que necesitaba hablar contigo. Necesitaba hablar contigo de manera que tú no hablaras conmigo, esto es, hablar contigo de mentirijillas. Ahora mismo formas parte de un truco retórico: el género epistolar. ¿Qué te parece? Si te hubiera mandado un mensaje por Instagram o te hubiera etiquetado en Twitter (¿sigues teniendo cuenta en Twitter?), podrías dejarme en visto, bloquearme o ignorarme. De este modo, no hace falta. El género epistolar es como hacerte ghosting pero al revés: parece que me estoy comunicando contigo pero en realidad no hay comunicación alguna. Me estoy dirigiendo a un tú que no eres tú. Lo hacía Séneca dos mil años antes de internet. Se suicidó. Se hizo ghosting a sí mismo. Una tragedia.

Querida Dulceida: 

Hablar contigo así es como dirigirse a un público invisible, lo que no hace mucho se llamaba “la multitud”. ¿Existe la multitud? Parece que no, que ya no. La multitud ha muerto, igual que dios y el miriñaque. La mató una pandemia. Existen, en su defecto, aglomeraciones. Ahora la gente se aglomera, se apiña, se concentra, pero esas concentraciones son como nudos que hay que deshacer por razones sanitarias o de política sanitaria (que no es lo mismo). La sociedad de masas aparentemente ha pasado a la historia y con ella esas estampas multitudinarias que resumían el escenario político y sentimental del siglo XX.

Querida Dulceida: 

Antes de que tú nacieras, la multitud asaltaba palacios y cuarteles, se hacinaba en trincheras y refugios antiaéreos, bailaba en discotecas y atiborraba cines y teatros. Sí, sé que lo sabes, sé que lo viviste, recuerda que eres parte de un truco retórico: me estoy dirigiendo a ti pero saltando por encima de ti, hacia donde están tus seguidores, a muchos de los cuales doblas en edad. En cuanto a ti, aun habiéndolo vivido, no tengo muy claro que lo hayas experimentado: ¿de qué porción de multitud te tocó ser partícipe en los primeros compases del siglo XXI? ¿Olía a sudor, a tabaco, a pavor? ¿Era la multitud del tren repleto hasta los topes de pasajeros pobres que se caen en un recodo de la vía y son inmediatamente sustituidos por otros que ni pestañean? ¿Era la multitud del carnaval, olía a alegría, también a tabaco, también a sudor? No hace falta que contestes, no tiene importancia. Era simple curiosidad y por poner algo antes del siguiente punto y aparte.

Querida Dulceida: 

Los puntos y aparte son importantes en las cartas. También en la historia de la humanidad: cogemos aire, pestañeamos, reflexionamos unos instantes antes de seguir escribiendo, miramos al vacío como Carrie Bradshaw en Sexo en Nueva York. ¿En qué punto nos encontramos? ¿Falta mucho para el “Suyo afectísimo” o el “Atentamente” o el “Un saludo cordial”? ¿Le pondremos posdata a la historia universal? ¿Emoticonos de frutas y hortalizas? Esta pandemia ha sido un punto y aparte, eso parece, pero ¿cómo seguir? ¿Retomamos la carta donde la habíamos dejado?

Querida Dulceida: 

En cierto sentido, una parte muy importante de la economía fantasmal de la que formas parte no se está dando por enterada de que ha habido una interrupción traumática. Esa interrupción está afectando, sobre todo, a lo que queda de las multitudes que iban a cambiar el mundo y que de hecho lo cambiaron. Ahora en esas multitudes se ceba el virus, pero es el virus de siempre, el de la pobreza. El coronavirus no ha hecho más que incrementar sus efectos, hacer más trágicas sus consecuencias. En las primeras semanas de la pandemia parecía que esta enfermedad afectaba sobre todo, y por primera vez, a las clases acomodadas. Era un espejismo: al final el capitalismo ha conseguido cargar los costes sobre las espaldas de los de siempre y los beneficios sobre las de Jeff Bezos. Trece mil millones de dólares incrementó su fortuna durante los primeros seis meses de 2020, ¿cómo lo ves? Y sin necesidad de hacerse fotos con los masáis.

Querida Dulceida: 

Lo sé, para que Bezos obtenga sus ganancias, tú tienes que hacerte tus fotos con los masáis. Hagamos un briefing para los que se hayan incorporado en los últimos minutos a nuestro canal: la destinataria de esta carta ficticia protagonizó hace un par de años una polémica sesión fotográfica en la que no estaba claro ni dónde estaba ni qué hacía, pero en la que parecía claramente que a) estaba en África, b) haciéndose las típicas fotos de turista blanca con pasta, c) haciéndose las típicas fotos de turista blanca con pasta y difundiéndolas urbi et orbi aunque en ellas salieran menores y d) dándose un baño de espuma en una ciudad que atravesaba una sequía dramática. Son sus costumbres y hay que respetarlas. Hasta aquí el briefing, Dulceida, disculpa. Me decías que Bezos carda la lana y tú te llevas la fama. Correcto. También es verdad que la motivación principal de Bezos es la lana (el dinero, bebés) mientras que la tuya, o la del personaje que interpretas, es la fama. O la notoriedad, más bien, puesto que la fama es otra cosa, tiene que ver con multitudes, y ya no hay multitudes. Han muerto. ¿Resucitarán? Es probable, pero no sin que el imaginario político y afectivo se haya reconstruido hasta el punto de volverlas otra vez imprevisibles.

Querida Dulceida: 

Sabemos que te importa el dinero, igual que a la mayoría de la gente, y sospechamos que el afán de notoriedad es solo un medio. ¿Nos equivocamos? No sé, yo tengo la sospecha de que los famosos, no hace mucho, obtenían poder, además de dinero, y que era el disfrute del poder el que ponía especias al sabor del dinero. En cambio, el atractivo de la notoriedad fugaz que tú ejerces se me escapa. Es como si el dinero hubiera domesticado a la fama y la hubiera despojado de su condición de arma. ¿Te sirve de algo decir que eres Dulceida, te abre puertas que no te abriría una visa oro? Si es que no, entonces gana Bezos, otra vez.

Querida Dulceida: 

No siempre fue así. Hubo una época en que la fama era más poderosa que el dinero, no solo porque proporcionaba dinero sino porque el poder fascinaba por sí mismo. Fue una ilusión, seguramente. El siglo XX. Te voy a contar una anécdota. En 1935, cuando en Francia temían una invasión alemana, el ministro francés de Asuntos Exteriores, Pierre Laval, se entrevistó con Stalin. Le explicó cuántas divisiones militares serían necesarias para defender Francia de la amenaza de Hitler y dejó caer que tal vez la Unión Soviética se las podría proporcionar. Luego le pidió que no fuera tan duro con los católicos, que eso le facilitaría las relaciones con el Papa. La respuesta de Stalin fue célebre: “¡Ah, el Papa! ¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”. Una posible respuesta sería: “Ninguna, pero la Unión Soviética ya no existe y en cambio sigue habiendo un Papa en Roma”.

Querida Dulceida: 

Lo he intentado. He intentado comprender qué resto de poder, de fama o carisma puede haber detrás de tu condición de fenómeno viral, pero me rindo. El tú a tú del compadreo digital en que se basa tu condición de personaje público es demasiado frágil, ten en cuenta que también Stalin, como el Papa, era capaz de convocar y manejar multitudes chasqueando los dedos. Una influencer con suerte, en estos tiempos que corren, es capaz de convocar apenas a una docena de agentes publicitarios, si es que no están todos trabajando para Bezos. Bezos no convoca multitudes, pero las contiene, igual que Walt Whitman.

Suyo afectísimo, atentamente, un saludo cordial, emoticonos varios.

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