Cuadernos de cuarentena (y V)


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Cuadernos de cuarentena (y V)

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- y V-

Resumen de lo publicado:

Luis y Galia recorren la Riviera italiana y la Costa Azul de vuelta a España, escapando de una cuarentena en un hotel de Roma. Hay rumores de confinamientos. Uno y otro saben que no quieren llegar a la frontera, al final del viaje, que cada vez está más cerca. Una extraña e intensa afinidad ha ido creciendo en un momento que se prolonga en la irrealidad.

Galia

Montpellier sabe todavía a los veintipocos años, a descubrimientos, a amores libres y rápidos, cada uno distinto, intenso, breve, algunos bonitos, otros no. Me he sumergido en esa época a medida que se la iba contando a Luis. Le he dicho que no sé si soy la misma. Entonces todo era romper, probar, empezar, abrir; ahora me siento confinada en un pasado que fue estrechándose. Me parezco en que quiero salir de él, igual que entonces quería salir de mi casa y todo lo que mi casa significaba. No me gustan las casas que se prolongan más allá de su ciclo natural. Necesito mudanzas. Por eso me aterra la cuarentena que nos espera en España. Acaban de anunciar que se declara el Estado de alarma, y que sólo se puede salir para comprar comida o pasear un perro. No voy a volverme a España. Luis dice que en La Junquera podrá alquilar un vehículo. 

Place de la Comédie. |  Wolfgang Staudt

Me ha pasado una cosa. A medida que le contaba a Luis cosas de Montpellier y de lo que vino después, es como si se las estuviera dando. Está siendo todo muy rápido, y no lo entiendo. En un momento va él y me pregunta dónde había estado el resto de su vida, y me he puesto nerviosa. Me han dado ganas de decirle: “Buscándote”, pero sólo le he dicho: “Tú sabrás”. Es como si a cada momento estuviésemos extendiendo una manta en el suelo y mezclando las cosas de uno y de otro, y esa mezcla diera una nueva forma a todo lo que ya sentía gastado y viejo. 

Catedral de Saint-Pierre de Montpellier. | Wolfgang Staudt

Después de un rato en el hotel, donde hemos vuelto a amarnos con urgencia pero sin prisas, hemos salido a tomar algo, y ha sido él quien no ha parado de hablar. Él también ha vivido mucho, pero tiene la suerte de escribir, y escribiendo remueve, recicla, reinventa y agita todo su mundo de experiencias. Eso me da envidia. Yo sólo escribo posts de plástico que no remueven nada dentro de mí. Me ha estado hablando de su última novela. Se esforzaba en conseguir que me gustase. Y sí, me parecía muy interesante, pero lo que me ha gustado de verdad ha sido mirarlo, cogerle la mano, asomarme dentro de él. Qué inoportuna soy, enamorarme de un hombre del que estoy a punto de despedirme. Aunque ya sé, eso no es más que una palabra. No quiero enamorarme de él, pero sí, es verdad, cuando esta mañana me he despertado y al abrir los ojos lo he visto mirándome, me han dado unas ganas enormes de vivir con él este nuevo día. Eso es lo que quiero.

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Luis

Dormir con ella, y despertar a su lado. Esta mañana me he despertado yo antes, y he estado mirándola mientras dormía. “Un día por delante”, ha dicho Galia, cuando ha abierto un ojo. 

Galia contándome historias de amor joven en Montpellier. Galia recordando nombres de calles, de bares y de comercios. Galia dándome la mano para llevarme a la otra plaza, donde ocurrió no recuerdo qué. Galia riendo cuando nos ha caído la lluvia, y besándome en el dintel de una puerta. 

Galia preocupada por el Estado de alarma en España, que al menos va a durar quince días, seguro que más. Mañana deberíamos llegar a la frontera. No sé si habrá problemas para entrar. Supongo que permitirán volver a casa, pero no me importaría que un pelotón de guardias civiles se interpusiera sediciosamente contra la legalidad de permitirme el paso. Galia ha decidido quedarse en Francia. Irse a París, o a Bretaña, una vez que me deje en la frontera. Tiene una casa junto al mar en Bretaña. Mientras esperamos el postre, yo pienso en lo absurdo que puede ser quedarme en el otro lado de la frontera. Pero no me he atrevido todavía a decirle que quiero confinarme con ella en el coche, dando vueltas sin rumbo. No lo hago porque tengo muchas dudas. No de mí, sino de ella. Creo que ella ahora necesita libertad y anchura. Me ha dicho que ha vendido su empresa y que se siente como si acabara de salir de un confinamiento que ha durado años, y que quiere respirar aire libre. Quizás no hay por qué prolongar estos días llenos de felicidad, que no necesitan un mañana para tener sentido. ¿No sería mejor decirse adiós y conformarse con este esplendor intenso y breve? ¿Por qué ese empeño en alargar lo que ya ha sido definitivo? ¿Es que no hay belleza en la fugacidad? 

En realidad estas preguntas me las hago por temor. Son preguntas resignadas, temerosas. Son defensas frente a un “Luis, es mejor que nos despidamos ahora”. Pero he mirado el mapa. Podríamos ir a Burdeos, y luego a La Rochelle, a Nantes, a la Bretaña. Eso es lo que yo quiero, y no encerrarme en la soledad de las paredes de mi apartamento, que ni siquiera tiene terraza. ¿Por qué no la sinceridad de decírselo?

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 Galia

Hemos decidido quedarnos el día entero en Montpellier. Pero no es Montpellier. Es que no queremos llegar a la frontera. Cómo ha cambiado esto en tres días y tres noches. Imaginé un viaje cordial y ahora me siento atrapada. Sé que mañana no tendremos más excusas, conducirá hasta Hendaya y será una despedida triste. Subiré, kilómetros y kilómetros, hacia el norte, y él bajará hacia el sur con el coche que logre alquilar. Solos. Nos echaremos de menos, nos llamaremos, nos mandaremos mensajes de whatsapp diciéndonos cosas amables y bonitas, diremos de vernos en Barcelona o en Madrid y, seguramente, más pronto de lo que creo, Luis volverá a ser nada más que el hombre con el que me fugué de Roma y pasé cuatro días inolvidables. Alguna vez hablaré de él, alguna vez hablará de mí, puede que alguna vez nos veamos, pero no nos encontraremos como sí nos hemos encontrado en este extrañísimo viaje. 

Place de Thessalie. | Arnaud Matar

Pero no queda más que respirar hondo y aprovechar el último día. No voy a proponerle que se venga conmigo. Si él no lo dice será porque no puede hacerlo. Ni siquiera sé si sería una buena idea. Me he dicho que esto ha sido un regalo, y los regalos se disfrutan y punto. Lo que ocurre es que este hombre hace que me sienta única. No sé cómo lo consigue. Es por cómo me mira. Sé que no finge, que no lo hace por agradar ni para que me sienta bien, y por eso me gusta. Cuando hablo, cuando vuelvo del baño, después de un beso, por la mañana al despertar, o al abrir la puerta de la habitación del hotel. Sabe mirarme. Hay algo más: sabe tocarme el cuerpo y el alma. Hace de mí una diana continua. 

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Luis

La tarde había sido triste por dentro y risueña por fuera, como las vísperas de las despedidas. Una risa triste, de esas que en cuanto acaban, sin transición, caen a plomo en un gesto serio, o en un suspiro. Ninguno de los dos hablaba de mañana, pero los silencios sí. El aire era húmedo y fresco, y anticipamos la hora de la cena, quizás para hacer más larga la última noche en el cobijo del hotel. Cayó una botella de Côte de Rhône. Qué guapa estaba Galia. Muchas frases se quedaban calladas con un beso. “¿En qué piensas?”, le he preguntado después de un silencio, y ella ha contestado que en mañana. “Nos vamos a echar de menos, quién lo iba a decir hace tres días, cuando nos vimos en el Hotel Il Faro”, ha dicho. 

Los dos sabemos lo que es una escapada, un viaje con buena compañía, una despedida que pone fin a un buen fin de semana, pero esto ha sido diferente. “No tenía ningún interés en viajar contigo, sólo quería salir de Roma”, me dice. Pero eso ya lo sabía yo. Lo que ocurre es que a mí me sedujo desde que se durmió, nada más arrancar, a la salida de Roma. Pero han sido cuatro días que han ido abriendo y desplegando todo y no cerrando nada, y por eso ahora el portazo de una despedida se me hace tan duro.  

Volvimos andando al hotel, que no estaba cerca del restaurante. Abrazados, porque hacía frío. Demasiado callados. Como si ya se tratase de ir recogiendo. 

De pronto, se me ocurrió un juego.  

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 Galia

De pronto, se le ocurrió un juego. Habíamos llegado a la habitación del hotel, tras un paseo largo y callado. Yo ya había decidido ir a Bretaña, y no a París. Me convencí a mí misma de que me vendrían bien unos días en la casa del mar. En la cena se lo estuve contando, y él simplemente asentía. Varias veces estuvo a punto de salir de mi boca un “podrías venirte, si quisieras”, pero no llegué a decirlo. Él únicamente decía que era un buen plan y que dónde mejor para confinarse. Que él en su casa no tenía ni siquiera una terraza. Pues vente, idiota, pensaba yo, pero Luis no es un chaval al que haya que invitar, porque él sabe pedir. Te dejaré en la frontera, Luis, y cuando nos echemos de menos ya no habrá vuelta atrás, será fácil mirar hacia adelante y convencernos de que hicimos bien en decirnos adiós. 

Cogió un folio y lo rompió en varios trozos. Me dio la mitad, y la otra mitad se los quedó. Cuatro y cuatro. Me propuso que cada uno lanzara cuatro dardos. Dijo que si alguno daba en la diana, el otro tendría que notarlo en la cara, y entonces había que enseñarlo. Los que no dieran en la diana, podían guardarse, romperse y arrojarse a la papelera. Acepté el juego. Le pedí que pudiéramos elegir el orden en el que debían ser leídos. Él dudó, pero aceptó. Y fuimos leyéndolos uno a uno. “Volver’, fue mi primer dardo, y el suyo fue “Secuéstrame alguna otra vez”. No hicieron diana. Leí yo el segundo suyo:  “El mejor abrazo”, y él leyó el mío: “Ojalá”. Sé que este le gustó, pero sólo se quedó rozando la diana; no dio de lleno. “Te quiero”, fue su tercero. Igual que el mío. No nos dio apenas tiempo de mirar la cara del otro, porque ya estábamos abriendo el cuarto. “Vente conmigo a Bretaña”. “Llévame contigo a Bretaña”.

Y si no llegaron a clavarse en la diana fue porque chocaron en el aire uno con otro estrepitosamente, y se estrellaron en un abrazo total que duró una larga cuarentena en la que él empezó a escribir en mi cuaderno, yo en el suyo, y ambos seguimos escribiendo en el que compramos en Brest. Luis lo ha rotulado así: “Felicità off line”. 

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