Borboneo en Las Gaunas


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Cuando había prensa republicana –años 20, El Sol, por ejemplo–, sólo se informaba de la agenda real cuando atañía a sus funciones de Estado. Apertura del año judicial, pues atañía. Concurso hípico o regata, pues no atañía. Discurso en el Congreso, atañía. Enlace matrimonial de una prima, pues no atañía. Informe Picasso, que explicaba la intervención de Alfonso XIII en la disciplina del desastre militar en el Rif, así como la asociación del rey con varios empresarios para acceder al pelotazo durante esa guerra, atañía, pero no se escribía nada, que para eso había censura posterior al golpe de Estado de Primo, realizado a tales efectos y el mismo día en el que se tenía que leer el informe en el Congreso. De esta estilización democrática, realizada por nuestros bisabuelos, de lo que es el trato a la monarquía en la prensa, se deduce que la monarquía solo puede aparecer en ella en caso de a) cumplimiento de sus funciones, o b) incumplimiento de sus funciones, o intensificación de sus funciones informales/huelga japonesa de pelotazos. 

El acto del viernes en BCN entraba en la categoría a). Una entrega de despachos a una promoción de jueces es un acto de Estado como una casa. Es una función del rey. Va con el sueldo. El año pasado hubo, no obstante, un escaqueo. El acto se hizo en MAD. La razón oficial fue un aniversario. La razón oculta tras la razón era el mal-rollito en BCN por la cosa rey. Un divorcio en toda regla, tal vez ya sin solución, tras el discurso real del 3-O en 2017. Recordemos los entresijos de aquel discurso, útiles para observar el concepto refrendo, básico en la historia del viernes. El 3-O de 2017 el rey se descuelga con un discurso. En ese momento, en la Gene se estaba estudiando convocar elecciones, tras el éxito del 1-O. El éxito de aquella protesta consistió, precisamente, en la participación del Estado, con una violencia inaudita, exagerada y fuera de madre. A su vez, en Moncloa, Rajoy estaba evaluando, visto lo visto, rebajar la tensión. Fue en ese momento cuando llegó el discurso del rey. Un gesto que impidió la convocatoria de elecciones en Cat, y rebajar el marrón en Moncloa. Un discurso que, leído fuera de su contexto –su contexto: aquellos días de octubre– no parece gran cosa. Pero que en su contexto supone la apuesta por la violencia, la renuncia al diálogo y la cronificación de un problema que aún no había adquirido forma definitiva. Un jalón. Una decisión fudamentada en mitos, y una apuesta por el conflicto a tutiplén y por todo lo alto.  Que fue, zas, refrendada, sin cambiar una palabra –potestad del Gobierno–, por Rajoy.

Todos los actos del rey –todos– deben ser refrendados por el Gobierno. No refrendo, no acto. La irresponsabilidad del rey el 3-O tiene dos responsables. El rey, que mantuvo una iniciativa gore más allá del deber, y el Gobierno que lo refrendó. Pues bien, esta semana el Gobierno no refrendó el acto del rey en BCN. Algo importante –recuerden, hablamos de un acto del tipo a)–. Por lo que deben ser importantes, por tanto, las razones. Por lo visto, no fue por seguridad. En una manifestación contra el rey peligra más la seguridad del manifestante que la del rey. La razón, a la que aluden fuentes gubernamentales, fue que en el acto estaba previsto tratar la sentencia a Torra, que ya sería pública. Y que en ese tratamiento político sería colaborador necesario el rey. Para ello era necesaria una entente, un acuerdo, una predisposición, una coordinación entre el rey y Lesmes, presi del CGPJ –cargo caducado, lo que confiere al conjunto un carácter caduco– y, por ello, del TS. La cosa, vamos, tendría una estética muy del Senado de la Guerra de las Galaxias. Sánchez, que informó de la movida a sus socios de Gobierno, decidió no refrendar el acto, observado como una suerte de confusión entre el Judicial y el Jefe del Estado, una parcialidad propagandística. Una quema de la neutralidad de dos objetos. Otro 3-O. Y ya van dos. Sería lo que en el siglo XIX y XX se denominaba un borboneo. El acceso del rey a la política, a través de la intensificación de sus funciones –lo a)– y de atajos no decorosos, para potenciar un bloque político más acorde a su modo de vida –lo b–. Para evitarlo bastó denegar el refrendo, potestad del Gobierno en Esp, UK, Holanda, Bélgica, Escandinavia. Y a otra cosa, mariposa. Los medios públicos y concertados informan de ello como de un ataque a la libertad del rey, libertad que –sus actos están refrendados– no existe.

Si todo esto es así, el rey luchó contra la decisión gubernamental –una potestad cósmica del los gobiernos en monarquía y una dinámica establecida en la CE78, con cuyo lomo tanto se nos ha arreado en la frente–, a través de filtraciones desde mediados de semana, para dibujar el hecho de que el Gobierno no le permitía una actividad escolar en BCN, y a través de las declaraciones que hizo Lesmes en el acto, citando al rey. El rey, vamos, no entendió, nuevamente, la neutralidad de la institución. Ni la neutralidad hipotética del Poder Judicial. Ni la monarquía constitucional. Y selló, estéticamente, un bloque con el Judicial. Un bloque netamente antigubernamental, visualizado en la invitación de un vocal del PP, al final del acto, a proferir un viva al rey. Un tanto obsceno. Los jueces, si bien pueden, no deben gritar vivas. Al Betis. O al rey. Los jueces no deben gritar, en general.

La situación se enturbia. Más. El Poder Judicial, en el que prima el constitucionalismo –dos partidos y pico, y una de las dos ultraderechas disponibles en la sala, fundamentada en una lectura preconstitucional de la CE, y en la potenciación del nacionalismo–, gana la intensificación de su asociación con el Jefe del Estado, que da estética neutral a un posicionamiento radical y que acota la democracia. Todo ello en la semana que se apuntan soluciones, vía indulto o reforma legal, para canalizar el conflicto cat. El rey, a su vez, sella una relación con un estamento muy valioso en caso de que se confirme la corrupción estructural de la institución, a través de una política extractiva tan intensa que le hace fatalmente necesaria la permanencia, la posesión de la irresponsabilidad jurídica.

Crisis económica, crisis social, crisis sanitaria, crisis democrática y de Régimen, un Judicial fuerte, que parece ver en la socialdemocracia moderada y en un patriotismo laxo un gran enemigo. Y, al fondo, crisis Picasso. ¿Qué puede salir mal?

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