Amores regios. La historia de dos Alfonsos y sus favoritas


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Amores regios. La historia de dos Alfonsos y sus favoritas

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En la historia de España, los amores regios podrían constituir un subgénero propio. El exilio/huida de Juan Carlos I (r. 1975-2014) este verano, resultado indirecto de su relación extramatrimonial con Corinna Larsen, es un episodio más de un serial que tiene visos de continuar y que goza de una dilatada tradición. En ese sentido, las veleidades del rey emérito muestran similitudes con las andanzas de muchos de sus ancestros, tanto cercanos, como su abuelo y bisabuelo, como las de sus antepasados de época medieval y moderna. Las tórridas aventuras de los Borbones son bastante célebres, pero las de los reyes más remotos no resultan tan familiares al gran público, como, por ejemplo, la larga relación entre Alfonso XI de Castilla (r. 1312-1350) y Leonor de Guzmán (1310-1351). Este caso concreto presenta además una particularidad: el Onceno y su lejano descendiente Alfonso XII (r. 1874-1885), a pesar de los siglos que les separan, compartieron la “misma” amante.

El reinado de Alfonso XI fue importante si se compara con el de sus homólogos medievales, pero está lejos de ser un personaje célebre en la actualidad. Si le gusta la literatura medieval, seguramente esté al tanto de la inquina que Don Juan Manuel sentía por el monarca. Si ha estudiado Derecho, quizás recuerde el Ordenamiento de Alcalá (1348), ya que algunas de sus disposiciones pervivieron en los códigos civiles decimonónicos. Los habitantes de Alcalá la Real (Jaén) y Algeciras (Cádiz) saben que sus localidades fueron conquistadas por este monarca; y los de Álava que fueron incorporados entonces al realengo, tras disolver la Cofradía de Arriaga. De manera similar, los tarifeños están al tanto de que a sus puertas se celebró la batalla del Salado (1340) frente a los benimerines. El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe o la pequeña iglesia de San Hipólito en Córdoba, donde el monarca fue finalmente enterrado tras varias vicisitudes, son edificios asociados a la memoria de dicha batalla. Por otra parte, es posible que en su localidad haya una calle dedicada a tal evento (en el caso de Madrid, está en Delicias).

Leonor de Guzmán desempeñó un rol importante en los éxitos de Alfonso XI. Gracias a ella el monarca estrechó los lazos con la nobleza andaluza

Alfonso XI también organizó una compleja y fascinante ceremonia de coronación en 1332, en la que, previamente, el rey recibió la caballería del mismísimo apóstol Santiago (la escultura que hoy día se conserva en el monasterio de Las Huelgas no parece que fuese la utilizada en dicha ceremonia). El Onceno fue un apasionado de la caza, actividad que desempeñó sobre todo en la sierra de Madrid, y muy activo militarmente. Además de los triunfos ya citados, Alfonso XI también tuvo el dudoso honor de ser el único monarca de la Europa medieval en fallecer a causa de la Peste Negra, en 1350, mientras asediaba Gibraltar. El Onceno es sobre todo conocido por la Guerra Civil Castellana (1366-1369) que libraron sus dos hijos y que terminó con el asesinato de Pedro I el Cruel (o el Justiciero) a manos de su hermanastro Enrique, hijo del monarca y Leonor de Guzmán, propiciando el comienzo de la dinastía Trastámara (una creación historiográfica, pues estos monarcas nunca se consideraron un linaje diferente al de sus predecesores).

De manera tradicional, la historiografía ha analizado de forma muy negativa la relación que mantuvieron Alfonso XI y la noble andaluza. Se consideraba que el propio monarca había sembrado la semilla que provocaría la futura lucha fratricida y el fracaso de su proyecto de fortalecimiento del poder regio. La excesiva generosidad del monarca con Leonor y su prole los habría enriquecido de manera desmesurada, preparándolos para asaltar el trono en la próxima generación. Por otra parte, el triunfo de Enrique de Trastámara se interpretaba como un retroceso de la autoridad real frente a la nobleza, colmada de mercedes por apoyar al pretendiente. Resulta de enorme simplismo interpretar la dinámica política medieval como un enfrentamiento monarquía-nobleza, ya que ambas tenían una relación simbiótica, si bien no exenta de conflictos, y el fortalecimiento de la autoridad regia necesitaba del concurso de una nobleza que, por otra parte, se veía enormemente beneficiada de este proceso. En el caso concreto de Alfonso XI, Leonor de Guzmán desempeñó un rol importante en los éxitos del monarca. Gracias a ella el monarca estrechó los lazos con la nobleza andaluza, que jugó un papel clave en los enfrentamientos del Onceno contra los nobles rebeldes, encabezados por Don Juan Manuel, y en las campañas contra los musulmanes.

La Santa Sede exhortó de manera constante al monarca a que pusiera fin a su adulterio, advirtiendo del castigo divino que sufriría el reino

La Crónica de Alfonso XI, compuesta por Fernán Sánchez de Valladolid por encargo del monarca, justificaba el adulterio a través de varias razones. En primer lugar, indicaba que Leonor de Guzmán era la mujer más hermosa del reino y que procedía de un linaje impecable. Leonor era una joven viuda, descendiente de las principales familias nobiliarias andaluzas (entre sus antepasados destacaba su tío abuelo Alfonso de Guzmán, el conocido como Guzmán el Bueno).

Además de su belleza, la crónica resalta su inteligencia (era bien entendida) y que sirvió al rey en todo lo que estuvo a su alcance. La relación entre Leonor de Guzmán y Alfonso XI era pública y notoria incluso más allá de las fronteras de Castilla. La Santa Sede exhortó de manera constante al monarca a que pusiera fin a su adulterio, advirtiendo del castigo divino que sufriría el reino si no volvía con su legítima mujer, María de Portugal, sin éxito. Por otra parte, la Corona inglesa le envió varias cartas a Leonor y en sus registros de cancillería aparece como concubina del rey de Castilla –concubinam regis castellae–, lo que refleja su preeminencia en la corte. Por su parte, Don Juan Manuel refería a ella como “esa mala mujer”, sin sospechar que su hija Juana terminaría casándose con un vástago de Leonor y se convertiría en reina de Castilla.

El motivo principal que la Crónica de Alfonso XI utilizó como argumento para explicar el inicio del adulterio fue el deseo del monarca de tener hijos, lo que aún no había conseguido con la reina, María de Portugal, y por lo que se sentía “menguado”. Si ese fue el principal objetivo de la relación entre el rey y Leonor de Guzmán, se puede considerar un éxito rotundo. El monarca sólo concibió dos hijos con la reina; Fernando, que murió al poco de nacer en 1332, y Pedro (1334-1369), pero tuvo una extensísima prole con la noble andaluza.

Por poner ejemplos cercanos a la época de Alfonso XI, Alfonso X, Sancho IV (r. 1284-1295) y, especialmente, Pedro I (r. 1350-1369), de quien el cronista Pedro López de Ayala dijo que “dormia poco e amo muchas mugeres”, concibieron varios vástagos con diversas amantes. No obstante, la relación entre Alfonso XI y Leonor de Guzmán fue diferente a la que mantuvieron otros reyes castellanos. Además de su estabilidad, ya que se prolongó durante dos décadas –hasta la muerte del monarca–, resultó en el nacimiento de diez hijos, dos de ellos mellizos (Enrique y Fadrique). Por otro lado, el número de varones fue tan inusitadamente alto (nueve) que se “agotaron” los nombres regios y los dos últimos tuvieron que recibir la misma onomástica que habían tenido los dos mayores, ya fallecidos en el momento de nacer sus hermanos. La lista completa la componían: Pedro (1331-1338), Sancho (1332-1343), Enrique (1334-1379), Fadrique (1334-1358), Fernando (1336-1350), Tello (1337-1370), Juan (1341-1359), Juana (1342-1383), Sancho (1343-1374) y Pedro (1345-1359).

Una historia tan excepcional como la relación entre Alfonso XI y Leonor de Guzmán ofrecía un material idóneo para el Romanticismo decimonónico, que evidentemente no dejó pasar la oportunidad. En 1840, el italiano Gaetano Donizetti compuso una ópera en cuatro actos titulada La favorita. La obra presenta una enrevesada trama alrededor de un cuadrado amoroso entre el rey Alfonso XI, su esposa, Leonor de Guzmán y un monje que abandona los hábitos, Fernando. La lucha contra los musulmanes, como no podía ser menos, es el telón de fondo de una sucesión de romances, mentiras, malentendidos y muertes trágicas con nulo parecido con la historia de Alfonso XI y Leonor de Guzmán. Todo esto no resta valor a una ópera enormemente célebre. La favorita fue la obra elegida para la inauguración del Teatro Real, el 19 de noviembre de 1850, y ha sido representada en dicho escenario en centenares de ocasiones; la más reciente, en noviembre de 2017.

La favorita fue también la ópera escogida para el estreno de la temporada 1877-1878 en el Real. No fue una casualidad: la célebre Elena Sanz (1844-1898) encarnaba a la protagonista Leonor de Guzmán (voz de mezzosoprano). Sanz era una cantante de gran talento y prestigio internacional, pero, además, fue la amante de Alfonso XII.

El breve reinado de Alfonso XII resulta más familiar, y se estudia en segundo de Bachillerato, así que tampoco merece la pena detenerse mucho en él. El pronunciamiento militar de Martínez Campos a finales de 1874 liquidó el gobierno dictatorial de Serrano y facilitó la (Primera) Restauración borbónica. En el nuevo régimen, el joven monarca era presentado como una figura que modernizaría el país, instaurando un régimen liberal (pero de orden), y acabaría con los conflictos internos (Tercera Guerra Carlista) y externos (Guerra de Cuba). Su temprana muerte en 1885, antes de cumplir los 28 años, hizo que su memoria no quedara estrechamente asociada a los elementos negativos más visibles de la Restauración, como el caciquismo y la rampante corrupción o los amaños electorales que facilitaban el turnismo político. La evolución y colapso del régimen pergeñado por Cánovas, así como los notables paralelismos que se pueden establecer con la Transición/Régimen del 78/Segunda Restauración, son de sobra conocidos, así que pasemos a la historia de Elena Sanz.

Podría imaginarse que el jovencísimo Alfonso XII se quedó prendado de Elena Sanz al verla encarnar a Leonor de Guzmán en el Teatro Real y que había un impulso, aunque fuera inconsciente, de emular a su regio antepasado. No obstante, el monarca ya conocía a la cantante desde años atrás, por lo que la elección de La favorita en 1877 para el arranque de la temporada no parece casual. De hecho, aunque en los siguientes años continuó siendo representada, la obra perdió importancia en la programación del Real tras la salida de Elena Sanz. En cualquier caso, la asociación entre ambas mujeres resultaba aparente: Benito Pérez Galdós (1843-1920) también se refirió a la cantante como Doña Leonor de Guzmán.

Elena Sanz ha sido objeto en tiempos recientes de algunos trabajos de variada índole. No obstante, ya adquirió notoria celebridad en vida y su figura fue inmortalizada en Cánovas (1912), el último de los Episodios Nacionales que escribió Galdós. El escritor canario habla con admiración y cariño de Elena Sanz, resaltando su belleza, talento y bondad. Según Galdós, en París “el pueblo la titulaba, con sobrada razón, la madre de los pobres”. No obstante, un siglo más tarde, no todas las apreciaciones del autor han envejecido bien (“era una moza espléndida, admirablemente dotada por la Naturaleza en todo lo que atañe al recreo de los ojos, completando así lo que Dios le había dado para goce y encanto de los oídos”).

La continuidad del affaire hizo que Elena Sanz tuviera que abandonar su carrera musical para ser la “bella del Rey”, como decía Galdós, quien veía un error tal decisión

Elena Sanz nació en Castellón, pero pronto se trasladó a Madrid con su familia. Formada en el Colegio de las Niñas de Leganés, el apoyo de Isabel II le permitió estudiar en el Real Conservatorio de Madrid. De hecho, fue la propia reina, quien posteriormente se referiría a ella como “su nuera ante Dios” según Galdós, la que hizo que su hijo conociese a la cantante. En 1872, aprovechando que Elena Sanz iba a actuar en Viena (a cantar, entre otras óperas, La favorita), la depuesta monarca le pidió que visitara a su hijo, quien estudiaba a la sazón allí. En el relato del escritor canario, la visita de “la diva” causó una indeleble impresión en todo el colegio y, en especial, en el joven Alfonso.

Alfonso XII se casó en 1878 con su prima María de las Mercedes de Orleans, pero la jovencísima reina murió a los pocos meses. En noviembre de 1879, el monarca volvió a contraer nupcias, en esta ocasión con María Cristina de Habsburgo. Según Galdós el segundo matrimonio del monarca fue concertado a toda prisa por Cánovas, alarmado porque “dejaron de ser platónicas las relaciones de Alfonso XI con Doña Leonor de Guzmán”.

El segundo matrimonio del monarca no acabó con la relación entre Alfonso XII y Elena Sanz. El escritor canario señala que el rey estaba tan enamorado de la cantante que, pese a lastimarse la mano en un accidente de caza (otra vetusta tradición monárquica), siguió mandándole cartas a través de un mediador. La continuidad del affaire hizo que Elena Sanz tuviera que abandonar su carrera musical para ser la “bella del Rey”, como decía Galdós, quien veía un error tal decisión, por la pérdida económica y social que le comportaba a la cantante. Elena Sanz tuvo dos hijos con el monarca, Alfonso (1880) y Fernando (1881), quien ganaría una medalla de plata en ciclismo en los Juegos Olímpicos de París de 1900, representando a Francia. En ese país se instaló Elena Sanz tras la muerte de Alfonso XII, en 1885, quien nunca reconoció a sus hijos. Además, la regente María Cristina le retiró la pensión que había recibido al marchar al exilio.

Hay un notable contraste entre la naturalidad con la que la crónica regia habla de la amante de Alfonso XI frente al secretismo oficial de la relación entre Alfonso XII y Elena Sanz

El final de Leonor de Guzmán fue aún más triste que el de su alter ego. Tras volver a Sevilla en 1350 con el cadáver de Alfonso XI, fue inmediatamente apresada por el nuevo rey, Pedro I. Murió asesinada al año siguiente en Talavera de la Reina, por orden de la reina madre, María de Portugal.

Resulta llamativo observar la muy distinta manera en que Sánchez de Valladolid y Galdós se refieren a los respectivos adulterios de los monarcas. Además, hay un notable contraste entre la naturalidad con la que la crónica regia habla de la amante de Alfonso XI frente al secretismo oficial de la relación entre Alfonso XII y Elena Sanz. Estas diferencias nos remiten a sociedades muy distintas en las que, entre otros muchos aspectos, las formas de construir y representar el poder mostraban notables diferencias.

No obstante, también se pueden analizar continuidades entre las dos épocas y que nos sirven para conectar con el presente. Se puede especular sobre la verdadera naturaleza de la relación entre estas mujeres y hombres más poderosos que ellas o bromear sobre el gusto por la caza y las relaciones extramatrimoniales de los monarcas hispánicos desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, creo que resulta más pertinente acabar con una reflexión sobre la imposibilidad de deslindar la esfera pública de la privada en la institución regia. Esta distinción, con claras resonancias weberianas, resulta enormemente problemática al referirse a la época medieval, pero también provoca disonancias en sistemas liberales –Galdós señalaba cómo la “Razón de Estado” condenaba a Elena Sanz a la oscuridad– o democráticos. Por ello, más que preguntarse dónde está la frontera entre ambas en la figura de los reyes en la actualidad, sería más pertinente cuestionarse sobre la necesidad de mantener en el siglo XXI una institución absurda y anacrónica como la monarquía.

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Fernando Arias Guillén es contratado Ramón y Cajal de la Universidad de Valladolid y autor del libro The triumph of an accursed lineage, que se publicará próximamente. 

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