Alimentación sana y protección a la infancia en los barrios más pobres de Argentina


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Alimentación sana y protección a la infancia en los barrios más pobres de Argentina

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Vecinos de Ensenada, en las afueras de Buenos Aires, hacen fila frente a un puesto de ventas de pastas instalado en el club Alumni.Vecinos de Ensenada, en las afueras de Buenos Aires, hacen fila frente a un puesto de ventas de pastas instalado en el club Alumni.Federico rivas

El club Alumni de Ensenada fue alguna vez un agitado centro de conciertos. En sus paredes pintadas de rojo hay murales con motivos de rock y los restos de un escenario de madera. Una puerta ancha abre a un patio trasero de piso de cemento. La maleza que crece sin control es evidencia del abandono. Hace dos años, un club del trueque resucitó el Alumni como sitio de encuentro del barrio. Estamos a 60 kilómetros de Buenos Aires y aquí funciona uno de los 200 centros que hay en Argentina. Cada martes, un centenar de socios intercambia aquí lo que produce y suma un ingreso extra a casa. Pero las reuniones se cortaron de un día para el otro con la cuarentena decretada el 20 de marzo. Hoy, los socios se resisten a perder el trueque y reinventan el club con herramientas virtuales.

Los clubes del truque nacieron en 1995, como un sistema de intercambio sin dinero. El socio que hornea pan lo cambia mano a mano por el tejido que hace otro socio, y así. Si los valores no son comparables o las necesidades no coinciden, se paga con créditos que solo sirven dentro de la comunidad. Cuando la crisis del corralito dejó en 2002 a cientos de miles de argentinos en la pobreza, el trueque ya estaba allí para ayudarlos. “Ese fue el año del boom, con 6.000 clubes del trueque en iglesias, sinagogas, salones o clubes. En nuestra red había 2,2 millones de personas”, dice Rubén Ravena, uno de los fundadores del sistema.

Los encuentros del club del trueque llegaron a reunir a 10.000 personas en un mismo lugar, y los créditos comenzaron a circular sin control. El sistema cayó víctima por su propio éxito y por la presión indisimulada de cámaras de comercio y bancos. Llovieron causas judiciales sobre los organizadores y los clubes se replegaron. Hace dos años, la crisis del Gobierno de Mauricio Macri les devolvió el impulso. “Tuvimos que bajar el perfil. Sabiendo el nivel de sabotaje que sufrimos y los sentimientos controvertidos que generamos en 2002, propiciamos grupos chicos. Ahora hay 200 clubes y recomendamos que no tengan más de 50 personas, cuando durante la crisis del corralito llegaron a tener 30.000 socios”, explica Ravena.

Ensenada es una ciudad pequeña de casa bajas, satélite de La Plata, la capital de la provincia de Buenos Aires. Sus vecinos son de clase media y media baja, trabajadores con salarios medios o muchos otros informales que viven al día. En Ensenada hay tres clubes del trueque. Daniel Branda coordina el que funciona en Alumni. Todo su esfuerzo está ahora en salvarlo de la parálisis en que lo sumió el miedo al coronavirus. “En la primera etapa de la cuarentena cortamos todo, pensando que en 15 días retomábamos. Luego nuestro problema fue que ya no podíamos juntar gente en el club, porque hay 50 participantes por trueque. Entonces reactivamos el trueque por pedido”, explica. Encerrados como están en sus casas, los socios toman encargos por WhatsApp y los entregan en un punto de encuentro. Así evitan la aglomeración de gente.

El sistema está de estreno y los socios confían en que funcionará. Como Patricia Amado, una socia de 52 años entró al club en 2018 “por necesidad”, luego de quedar viuda. “Me acerqué al trueque por medio de mi hija, porque era la única entrada que teníamos. Traíamos ropa y elaborados y nos llevábamos mercadería para seguir produciendo. Ahora hago pan”, dice. “Yo vivo solo de esto; ahora que está todo parado trabajo una vez por semana en casas de familia, pero necesito que el trueque se reactive cuanto antes, al menos por teléfono”, agrega.

Argentina cerrará este año con la tercera caída consecutiva de su PIB, inflación por encima del 50% y temerosa de un nuevo default de su deuda externa. La incertidumbre es tal que muchos ya piensa en un derrumbe de dimensiones similares al del corralito. Carmen Deboe, de 52 años, es una superviviente de aquellos clubes del trueque de 2002. Hace dos años volvió al ruedo en Alumni, acorralada por la crisis, como Amado. “Siempre fui independiente y esto ayuda, porque hoy está todo paralizado y con la pandemia se complicó más. Vendo lo que traigo por créditos y los cambio por otra cosa que necesito. Ahora nos están mandando mensajes para coordinar los intercambios”, explica.

Hoy es también día de feria de productores, una alternativa al trueque pero de intercambio en pesos y abierta a todos los vecinos del barrio. Los organizadores son los socios del club, que tienen en la feria otra alternativa de venta. Los precios son bajos y los clientes hacen fila sobre la vereda. Mantienen un metro de distancia entre ellos y usan barbijos. Lamentan que ya no puedan ir a las chacras cercanas a comprar la verdura y se quejan de cómo ha aumentado todo. El puesto de pastas frescas despacha sin parar. “Se vende muy barato en la feria y a último momento lo que queda se pone en créditos de trueque, porque la gente no tiene dinero”, dice Amado. “El pan que vendo a 40 pesos (60 centavos de dólar) en la feria lo pongo a 60 créditos para los socios del trueque”. La crisis busca puertas de salida en Argentina, y la del trueque siempre ha estado abierta para quien la necesite.

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